Cuando vivir no es necesario, lo que es necesario es crear

Anteayer se cumplió un año más de la muerte de Horacio Quiroga. El mayor cuentista en lengua española decidió poner fin a su vida en la madrugada del 19 de febrero de 1937, en Buenos Aires, luego de enterarse de su enfermedad terminal, cáncer gástrico. Había nacido en Salto el 31 de diciembre de 1878 y parece haber traído a la realidad, con su última acción, aquellos versos que unos años antes había escrito el portugués Fernando Pessoa: Vivir no es necesario, lo que es necesario es crear. Quiroga vivió cincuenta y nueve años, y escribió más de doscientos cuentos, además de novelas, guiones cinematográficos, obras para teatro, poemas y ensayos de todo tipo. Hoy, a 76 años de su muerte, las reediciones de sus libros y traducciones a los más variados e impensados idiomas, son incesantes. Es que su obra no murió, sigue viva y creciendo, porque vale por sí misma, porque se impone sola.
La muerte en la realidad y en la ficción
La muerte estuvo presente en su escritura y en su vida. Innumerables son sus narraciones que incluyen el tema de la muerte, como varias son las muertes que le tocó vivir muy de cerca. Como bien señala el crítico Pablo Rocca, Quiroga nunca escribió una autobiografía, pero la fue haciendo en algunas de sus ficciones y en sus cartas incesantes. Los suicidios, especialmente, fueron una constante: Larga es la lista de sus recuerdos olvidables, de episodios rechazados y reprimidos en su inconsciente y, para su infortunio, también en la conciencia ajena. Esa lista empieza con la vertiginosa carrera de suicidios que ocurren en su familia desde sus primeros años (padre, padrastro, la primera mujer) y que lo sobrevivieron, puesto que sus tres hijos se quitaron la vida en 1939, 1954 y 1988. También se manifiesta en el accidente en el que mata a su amigo Ferrando, reflexiona el propio Rocca en su libro Horacio Quiroga. El escritor y el mito. Revisiones (Ed. Banda Oriental, Montevideo, 2007).
Quiroga es romántico en su obsesión por la muerte y los estados exaltados de conciencia (&) Al enfrentar a la muerte sofrena su fantasía con las riendas de la razón, caracolea en los meandros del horror y la psicología para detenerse cuidadosamente, en una coherente concepción del mundo, apunta Leonardo Garet en su libro Encuentro con Quiroga (Editores Asociados – Academia Uruguaya de Letras, Montevideo, 1994).
Quiroga reposa en el corazón de un árbol indígena
Como es sabido, al fallecer el escritor, el gran escultor ruso Stefan Erzia, amigo suyo, talló en raíz de algarrobo la cabeza de Quiroga, para que dentro de ella fuera colocada la urna con sus cenizas. Esta obra, estuvo algunos años en el Museo Histórico de Salto y, finalmente, desde el año 2004, se halla en el Mausoleo del Museo Casa Quiroga, ubicado en la intersección de avenida Viera y calle Maciel, de esta ciudad.
Los escritores Alberto Brígnole y José María Delgado, en su libro Vida y obra de Horacio Quiroga, cuentan: Se le incinera, según había sido su deseo, en el crematorio de la Chacarita. Sus restos son depositados en una urna labrada sobre un tronco de algarrobo, y en una de cuyas caras, Stefan Erzia esculpe apresuradamente, trabajando dos días sin dormir, la cabeza de Quiroga. ¡Al menos se pregona si no puede descansar en el medio de la selva, como era su anhelo, que repose en el corazón de uno de sus árboles indígenas! Es una idea bien pensada, original y conmovedora.
La urna que nunca se pagó
Contundentes son estas palabras escritas por Enrique Amorim: La urna en que se guardan sus restos, tallada en una noche, cosa inaudita, por el gran Stefan Erzia, nunca se pagó. No es porque alguien se haya quedado con el dinero. No, es porque esas cosas todavía no se pagan, no se pagarán mientras no se reconozca el valor del trabajo artístico y se siga dando premios a las comparsas de carnaval (Palabras que pueden leerse en la pared norte del Mausoleo de Casa Quiroga).
Se fue el Hermano
Anaconda
Acaso las selvas de Misiones estén llorando nadie conoce la voz, la inteligencia y la sensibilidad de las cosas y tal vez el gran rumor del Paraná sea hoy clamor elegíaco por la muerte de Horacio Quiroga, que los amó como un enamorado. Se fue el Hermano Anaconda y quizás en un postrero gesto de su humor extraño, se fue en una de sus piraguas ahuecadas por su propio fuego. Caronte, que esperaría al extraño pasajero barbado como él, habrá batido furioso sus remos en las espesas aguas eternas. (Juana de Ibarbourou).
Versos leídos la noche del funeral
Ante la muerte de Horacio Quiroga, el poeta argentino Baldomero Fernández Moreno escribió algunos versos que incluso fueron leídos durante las exequias en Salto. Son los siguientes:
He aquí las cenizas, Salto, de tu gran hijo
De ti salió y es justo y es natural que vuelva.
El corazón de un árbol ya es tu eterno cobijo:
el silencio, la sombra y el pavor de la selva.
Años antes, Fernández Moreno le había dedicado estos otros:
Amigos, os lo presento:
es don Horacio Quiroga
ara, siembra, talla, boga,
y es además rey del cuento.
A Horacio Quiroga
Morir como tú, Horacio, en tus cabales,
y así como siempre en tus cuentos, no está mal;
un rayo a tiempo y se acabó la feria …
Allá dirán.
No se vive en la selva impunemente,
ni cara al Paraná.
Bien por tu mano firme, gran Horacio …
Allá dirán.
No hiere cada hora queda escrito-,
nos mata la final.
Unos minutos menos … ¿quién te acusa?
Allá dirán.
Más pudre el miedo, Horacio que la muerte
que a las espaldas va.
Bebiste bien, que luego sonreías …
Allá dirán.
Sé que la mano obrera te estrecharon,
mas no si Alguno o simplemente Pan,
que no es de fuertes renegar su obra …
(Más que tú mismo es fuerte quien dirá.)
Alfonsina Storni

Anteayer se cumplió un año más de la muerte de Horacio Quiroga. El mayor cuentista en lengua española decidió poner fin a su vida en la madrugada del 19 de febrero de 1937, en Buenos Aires, luego de enterarse de su enfermedad terminal, cáncer gástrico. Había nacido en Salto el 31 de diciembre de 1878 y parece haber traído a la realidad, con su última acción, aquellos versos que unos años antes había escrito el portugués Fernando Pessoa: Vivir no es necesario, lo que es necesario es crear. Quiroga vivió cincuenta y nueve años, y escribió más de doscientos cuentos, además de novelas, guiones cinematográficos, obras para teatro, poemas y ensayos de todo tipo. Hoy, a 76 años de su muerte, las reediciones de sus libros y traducciones a los más variados e impensados idiomas, son incesantes. Es que su obra no murió, sigue viva y creciendo, porque vale por sí misma, porque se impone sola.

La muerte en la realidad y en la ficción

La muerte estuvo presente en su escritura y en su vida. Innumerables son sus narraciones que incluyen el tema de laHoracio Quirogamuerte, como varias son las muertes que le tocó vivir muy de cerca. Como bien señala el crítico Pablo Rocca, Quiroga nunca escribió una autobiografía, pero la fue haciendo en algunas de sus ficciones y en sus cartas incesantes. Los suicidios, especialmente, fueron una constante: Larga es la lista de sus recuerdos olvidables, de episodios rechazados y reprimidos en su inconsciente y, para su infortunio, también en la conciencia ajena. Esa lista empieza con la vertiginosa carrera de suicidios que ocurren en su familia desde sus primeros años (padre, padrastro, la primera mujer) y que lo sobrevivieron, puesto que sus tres hijos se quitaron la vida en 1939, 1954 y 1988. También se manifiesta en el accidente en el que mata a su amigo Ferrando, reflexiona el propio Rocca en su libro Horacio Quiroga. El escritor y el mito. Revisiones (Ed. Banda Oriental, Montevideo, 2007).

Quiroga es romántico en su obsesión por la muerte y los estados exaltados de conciencia (&) Al enfrentar a la muerte sofrena su fantasía con las riendas de la razón, caracolea en los meandros del horror y la psicología para detenerse cuidadosamente, en una coherente concepción del mundo, apunta Leonardo Garet en su libro Encuentro con Quiroga (Editores Asociados – Academia Uruguaya de Letras, Montevideo, 1994).

Quiroga reposa en el corazón de un árbol indígena

Como es sabido, al fallecer el escritor, el gran escultor ruso Stefan Erzia, amigo suyo, talló en raíz de algarrobo la cabeza de Quiroga, para que dentro de ella fuera colocada la urna con sus cenizas. Esta obra, estuvo algunos años en el Museo Histórico de Salto y, finalmente, desde el año 2004, se halla en el Mausoleo del Museo Casa Quiroga, ubicado en la intersección de avenida Viera y calle Maciel, de esta ciudad.

Los escritores Alberto Brígnole y José María Delgado, en su libro Vida y obra de Horacio Quiroga, cuentan: Se le incinera, según había sido su deseo, en el crematorio de la Chacarita. Sus restos son depositados en una urna labrada sobre un tronco de algarrobo, y en una de cuyas caras, Stefan Erzia esculpe apresuradamente, trabajando dos días sin dormir, la cabeza de Quiroga. ¡Al menos se pregona si no puede descansar en el medio de la selva, como era su anhelo, que repose en el corazón de uno de sus árboles indígenas! Es una idea bien pensada, original y conmovedora.

La urna que nunca se pagó

Contundentes son estas palabras escritas por Enrique Amorim: La urna en que se guardan sus restos, tallada en una noche, cosa inaudita, por el gran Stefan Erzia, nunca se pagó. No es porque alguien se haya quedado con el dinero. No, es porque esas cosas todavía no se pagan, no se pagarán mientras no se reconozca el valor del trabajo artístico y se siga dando premios a las comparsas de carnaval (Palabras que pueden leerse en la pared norte del Mausoleo de Casa Quiroga).

Se fue el Hermano

Anaconda

Acaso las selvas de Misiones estén llorando nadie conoce la voz, la inteligencia y la sensibilidad de las cosas y tal vez el gran rumor del Paraná sea hoy clamor elegíaco por la muerte de Horacio Quiroga, que los amó como un enamorado. Se fue el Hermano Anaconda y quizás en un postrero gesto de su humor extraño, se fue en una de sus piraguas ahuecadas por su propio fuego. Caronte, que esperaría al extraño pasajero barbado como él, habrá batido furioso sus remos en las espesas aguas eternas. (Juana de Ibarbourou).

Versos leídos la noche del funeral

Ante la muerte de Horacio Quiroga, el poeta argentino Baldomero Fernández Moreno escribió algunos versos que incluso fueron leídos durante las exequias en Salto. Son los siguientes:

He aquí las cenizas, Salto, de tu gran hijo

De ti salió y es justo y es natural que vuelva.

El corazón de un árbol ya es tu eterno cobijo:

el silencio, la sombra y el pavor de la selva.

Años antes, Fernández Moreno le había dedicado estos otros:

Amigos, os lo presento:

es don Horacio Quiroga

ara, siembra, talla, boga,

y es además rey del cuento.

A Horacio Quiroga

Morir como tú, Horacio, en tus cabales,

y así como siempre en tus cuentos, no está mal;

un rayo a tiempo y se acabó la feria …

Allá dirán.

No se vive en la selva impunemente,

ni cara al Paraná.

Bien por tu mano firme, gran Horacio …

Allá dirán.

No hiere cada hora queda escrito-,

nos mata la final.

Unos minutos menos … ¿quién te acusa?

Allá dirán.

Más pudre el miedo, Horacio que la muerte

que a las espaldas va.

Bebiste bien, que luego sonreías …

Allá dirán.

Sé que la mano obrera te estrecharon,

mas no si Alguno o simplemente Pan,

que no es de fuertes renegar su obra …

(Más que tú mismo es fuerte quien dirá.)

Alfonsina Storni







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