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Doctor Ariel Villar a sus 90 años, “he vivido, sí”

Ariel Villar se recibió de médico a los 24 años, especializándose luego como urólogo. Reconocido ciudadano salteño por haber cumplido recientemente 90 años de vida, la que ha aprovechado para desarrollar plenamente su vocación de servicio en nuestra sociedad, destacándose como médico, director del Hospital Regional Salto y del Centro Médico, docente, rotario, integrante de la Comisión del Patrimonio Histórico y de UNICEF, realizando una ardua tarea por los niños a través de dos Centros CAIF en el Barrio Horacio Quiroga. Reafirma que nunca tuvo un cargo político y que la dirección del Hospital la obtuvo en una asamblea.

“No soy muy afín a dar notas, pero si es para EL PUEBLO, venga nomás, a EL PUEBLO no le puedo negar nada”, nos dijo el día que nos contactamos telefónicamente con él para solicitarle la entrevista de la que aquí apenas compartimos con nuestros lectores un resumen de más de una hora de charla plagada de anécdotas y recuerdos, como haber jugado al fútbol de estudiante universitario con quien más tarde sería presidente de la República, Don Luis Batlle Berres.

- No se cumplen 90 años todos los días… ha vivido…
– He vivido, sí.

- ¿Qué recuerda de su Belén natal?
– Mi padre era policía, lo trasladaron enseguida, así que allá estuve de bebé. Pero le voy a contar un episodio cuando cumplí 50 años de médico. La Junta Local de Belén me quería hacer un homenaje, me llamaron, allí había algunos problemitas de carácter político con mi abuelo Villar. Les dije que no podían negar que en la casa donde funciona la Junta, la hizo mi otro abuelo, que era albañil, era el viejo Eduardo Grassi, que fue quien hizo la mayoría de las construcciones grandes de Belén. Es decir que yo estuve allá de bebé, después mi padre se vino para Salto.

- Y desde entonces pasaron 90 años, ¿qué recuerdos tiene de aquel Salto?
– Le voy a contar que tuve que aprender a leer y a escribir con maestra particular. En aquellos años hubo una gran epidemia de parálisis infantil, y se habían suspendido todas las clases. Las hermanas Amaro Nieto me enseñaron a leer y a escribir.

- ¿Iba a su casa o ellas venían a la suya?
– No, vivían al lado. Con los años a la mayor, Elena, la operé. Entonces, cuando entré al colegio Sagrada Familia, ya ingresé a 2º. Yo soy zurdo, y me acuerdo que con las enseñanzas con la regla del Hermano de aquella época, porque aún estaba permitido, aprendí a trabajar con la derecha. Uso las dos manos, es decir que como cirujano me vino bien trabajar con la izquierda y con la derecha. Aprendí de niño debido a que en aquel momento nos hicieron escribir con la derecha, y ahí cambié, porque eran muy estrictos.

- También podría haber salido entonces concertista de piano…
– También, también, pero para la música me decían, “por favor, no cante Villar” (risas), yo era algo tremendo!

- ¿Y cómo descubre su vocación por la medicina?
– Le voy a contar. En aquella época para entrar al liceo, había que hacer un examen, no se entraba así nomás de pase, y era un examen tremendo, escrito y práctico. Y en eso le debo mucho a mi madre, que a pesar que tenía solo Enseñanza Primaria, tenía una educación fabulosa. En aquella época las mujeres tenían su propio colegio enfrente a la Plaza Artigas. Bueno, yo y otros, entre ellos ese que lleva el nombre del Estadio de Tigre, Tomás Green, que también fue discípulo de mi madre cuando ingresamos al liceo, dimos ese examen de ingreso al liceo. Cuando estábamos para decidir las vocaciones, se plantearon varias cosas, yo estaba más por la parte de este muchachito militar (señala a su espalda un impresionante cuadro con la imagen de su abuelo), José Villar, hay una calle con su nombre. Él fue un hombre de confianza de aquella época de Idiarte Borda, de (Máximo) Santos. Murió jovencito, a los 55 años, en 1903. Estuvo en la guerra del 97 (1897) y en el Quebracho (1886) donde era capitán.
Entonces se planteó que yo entrara a la Escuela Militar, y varios compañeros míos, el Dr. Fernández, el Dr. Irasusta, me dijeron “no, vení con nosotros”. Hicimos en aquella época Preparatorios, de donde podíamos agarrar para la medicina, para veterinaria o para químico. Después teníamos el problema de poder ir a Montevideo, en aquella época había un hombre muy bueno que era el Cónsul argentino, don Augusto Curubeto, sanjuanino él, un hombre de provincia. Nos facilitó junto con otra gente el pasaje de ómnibus de ONDA , que en ese momento, en 1946, costaba $ 15. Así que nos fuimos en la ONDA, en aquel tiempo no se salía de madrugada, se salía a las 5 o 6 de la mañana, se iba a Mercedes por la Ruta 2, ahí se pasaba en balsa, almorzábamos en el Brisas del Hum. Seguíamos, la merienda la tomábamos en Rosario, Colonia, y llegábamos a la Plaza Libertad en Montevideo a eso de las 7 o a las 8 de la noche. En Paysandú teníamos que bajarnos para abrir las porteras porque había litigio porque todavía no estaba hecha la carretera. Ese era el viaje que hacíamos, época divina, tenía 18 años.

- Y cuando llegó a Montevideo, ¿qué pasó?
– Ah sí, de todo. Cuando llegamos a Montevideo andábamos de sombrero, éramos los canarios de sombrero, todos nos miraban. Al principio tuvimos problemas de dónde parar. Yo tenía un pariente, Juan Carlos Villar, que nos contó que en ese momento se estaba formando un grupo de estudiantes en Dante y República, se llamaba Centro General de Estudios y de Instrucción Militar, y además se estaba formando el Liceo Militar. Justo nosotros calzábamos, el Dr. Zaldúa, yo y el Dr. Green, estábamos ahí en el cuartel. Como éramos universitarios no teníamos que hacer guardia, uno de los jefes era Gestido, que jugaba al fútbol…

- ¿El que luego fue presidente?
– El hermano. Entonces íbamos a jugar, pero si llegaba a perder nos metía presos (risas). Después un cura, también pariente mío, nos consiguió una pensión de curas, y nos fuimos a la calle Agraciada, ¿sabe quién vivía enfrente? Un muchacho que después iba a ser nada menos que presidente, Luis Batlle. Jugaba con nosotros a la pelota. El único problema estaba que los militares nos hacían practicar la parte militar, y los curas nos hacían ir a misa y teníamos que ir los domingos de monaguillo (risas)…

– ¿Cómo era Luis Batlle jugando al fútbol?
– ¡Un desastre! (risas) y además retobado (risas). Él tuvo la suerte que el viejo Berretta se muriera y él quedar de presidente. Él era periodista, y enfrentó al Batllismo ultra conservador de los del diario El Día, él ya era un poquito progresista, le daba otro valor al Batllismo, con la 15.

- Don Luis Batlle hablaba mucho con su tío, Don Pepe Batlle…
– Si, pero yo le estoy hablando de cuando él era pichi (risas), vivía nada más que del periodismo, no sé cómo está ahora el periodismo pero en aquel entonces estaba muy mal.

- En estos 90 años de vida ha tenido una trayectoria muy importante como médico, rotario, integrante de la Comisión del Patrimonio Histórico, en la docencia, ¿de dónde sale esa vocación de servicio para con la sociedad salteña?
– De la misma sociedad. Nuestros padres eran pobres, fue la misma sociedad que con su servicio nos permitió estudiar y progresar en la vida. Fueron los milicos del Liceo Militar que nos recibió y después los curas. Le quiero mostrar algo que tengo por ahí (busca en su escritorio, elige una carpeta con recortes de diario y cartas), porque además de lo que usted nombró, también formamos UNICEF en Salto, con quien hicimos mucha obra. Tengo dos recuerdos imborrables de mi carrera, los CAIF y UNICEF…
Cuando se trató el tema de la educación, dijimos que en este país cambió sustancialmente y es única por dos cosas, por los CAIF y por las escuelas de tiempo completo. No la tienen ni Brasil ni Argentina, la tiene nada más que Chile, y los CAIF vinieron de Japón, porque no podían concebir que a los 3 años un niño ya supiera leer y escribir, y tuvieran sus mentes más abiertas, como la tienen los niños del CAIF. Cuando fuimos a Estados Unidos con Mendizabal, los gringos no podían creer lo que era CAIF, pero como era algo con Japón no le tuvieron mucha confianza, y hasta ahora en Estados Unidos no hay. Se trata de un sistema único en el que el niño, siendo prácticamente un bebé, es increíble que aprendan tan temprano, y además con sorpresa empiezan a tener psicomotricidad porque comienzan a tener otra madurez.

- De tantos años que ha vivido, ¿recuerda alguna anécdota?
– Estando en la intendencia de Montevideo para pagar la contribución de un hermano mío muy pobre, la cola era de dos cuadras. De repente, quien estaba en la punta, el tercero o cuarto, me dice “venga doctor, qué se va a quedar allá, se va a ir a las seis de la tarde si no, porque cuando usted era director del Hospital –me dijo-, y siendo médico del Hospital, se quedaba hasta las tres y cuatro de la tarde, no dejaba sin ver a ningún enfermo, así que venga para acá que le voy a dar mi lugar”.

- ¿Había sido un paciente suyo?
– Resulta que había atendido a toda su familia…

- ¿En la época de los médicos de familia?
– No existían todavía, pero prácticamente lo era, en medicina general.

- ¿Qué le ha quedado por hacer?
– Y por ejemplo, lo que estoy haciendo. Mire cómo tengo la cara quemada y las piernas a la miseria, por estar esperando a la famosa “19 Capitales”, que llegaron a las dos de la tarde a la Plaza Treinta y Tres, un sol de fuego, y yo ahí paradito sin nada que me protegiera, esperando para marcar a cada uno de los coches, porque habíamos hecho un convenio de unas donaciones con Automóvil Club. Aceptábamos las donaciones pero teníamos que poner el tiempo en cada coche. Dos horas estuve al rayo del sol, 140 vehículos, me quemé todo y yo parado, las piernas me quedaron a la miseria, a los 90 años…

- ¿Y cómo es que en Montevideo de estudiante andaba de sombrero y ahora no?
– Bueno, pero éramos los canarios (risas) y en el año 46, allá andábamos los salteños, toditos de sombrero, ¡qué barbaridad! (risas).

- Me contó un pajarito que pasó muy feliz en el festejo de su cumpleaños, ¿qué pasó por su cabeza a la hora de soplar las velitas?
– De seguir igual, jugando a las barajas con mi mujer y disfrutando de la jubilación. Mire, si hay que hacer un homenaje, que no le han hecho, es a mi señora, que ahora en abril va a cumplir 98 años, fundadora del Primer Centro de Anatomía Patológica del Interior del país. Tiene una memoria fabulosa, ¿sabe cuál es el hobby de ella y creo que es la clave? Las palabras cruzadas. Yo recibo el diario y ya se lo recorto para ella, para mí que ese es un ejercicio bárbaro para la memoria.

Perfil de Ariel Villar:

Casado. Tiene dos hijos y cuatro nietos. Es del signo de Acuario. De chiquito quería ser militar. Hincha de Nacional.

¿Una asignatura pendiente? Pescar.
¿Una comida? Las pastas de los domingos.
¿Un libro? Estoy leyendo todo lo que haya sobre Churchill.
¿Un hobby? La pesca.
¿Qué música escucha? Jazz.
¿Qué le gusta de la gente? La sinceridad.
¿Qué no le gusta de la gente? La hipocresía.