Don Bosco y la Educación con alegría

Doscientos años se cumplieron recientemente del nacimiento de Juan Melchor Bosco Occhiena, más conocido como Don Bosco, aquel excepcional sacerdote, educador y escritor italiano del siglo XIX, nacido en I Becchi el 16 de agosto de 1815 y fallecido en Turín el 31 de enero de 1888. Entregado muy pronto a la educación y promoción de los jóvenes de las clases trabajadoras, fundó en 1854 la Sociedad San Francisco de Sales que cuatro años después recibió la aprobación del Papa Pío IX. Educar con alegría fue uno de sus principios; y al respecto hemos escrito la reflexión que a continuación transcribimos a modo de recuerdo y homenaje.

EN LA EDUCACIÓN Y EN LA LITERATURA, LA ALEGRÍA DE LA CREACIÓN
Quizás no haya alegría mayor para un ser humano que sentir la experiencia de crear. La Literatura es creación y estudiarla es acercarse a ese acto que, a su vez, nos acerca al misterio y a la maravilla de la Creación (con mayúscula), a esa Creación con la palabra y desde la nada, como enseña el Génesis. El caos primitivo es igual al papel en blanco y sobre él llegan palabras constructoras de un mundo, llámese poema, cuento, novela o pieza teatral. Es que “El poeta es un pequeño Dios”, como cierra el chileno Vicente Huidobro uno de sus poemas. Dios y el poeta crean, de ahí la sencilla pero honda metáfora. Dios crea el mundo original o primero y el poeta los otros múltiples y paralelos, aunque en definitiva “están todos en éste”, al decir de Paul Elluard.
Pero también crea quien lee y relee, quien comprende y asimila, quien analiza e interpreta, porque eso es reelaborar (re-crear) el texto. Asumamos pues, que una clase de Literatura es, o debería ser siempre, un ámbito de creación, para alumnos y docente, a partir de la creación de “pequeños dioses”. Asumamos pues, que un ámbito de clase no tiene sentido si no se llega a descubrir la alegría de esa creación. La alegría siempre, como quería y no se cansó de proclamar Don Bosco.
“La poesía es el vocablo virgen de todo prejuicio; el verbo creado y creador, la palabra recién nacida”: no parece haber otra definición que acerque más la Literatura a la voz del Demiurgo que esta que nos da el mismo Huidobro. No le quitemos nunca a nuestros alumnos el derecho a asombrarse al recorrer los mundos que abren las palabras. No les robemos el derecho a ver en la luna una princesa encaprichada o gladiolos caminando como hombres por el jardín, como vio Marosa. “Quien haya perdido la capacidad de asombro, es como si fuera por la vida con los ojos empañados”, sentenció Einstein.
Nada más inmaterial y valioso que la Educación. Y en ella, quizás nada más inmaterial y valioso que el descubrimiento de nuestras capacidades creativas. Educar esas capacidades es fortalecer al individuo, entregarle nada menos que el timón de su propia existencia (cuyos límites solo dependerán de la amplitud de sentimientos e imaginación). Fomentar la creación es también cultivar su sensibilidad (que también se educa, no lo olvidemos) despertándole la alegría de conocerse a sí mismo. Un referente en la enseñanza de Literatura en Salesiano en las últimas décadas, el profesor José Luis Guarino, reflexionó alguna vez: “Educar la sensibilidad: ahí está la clave. Es como ajustar la afinación de las cuerdas de un violín. El espíritu afinado vibra armoniosamente ante las maravillas de la creación (…) Educar la sensibilidad es un proceso indispensable para valorar la verdad, para experimentar la fascinación ante el bien y la belleza” (Boletín Salesiano, octubre de 2011). Y también Guarino escribió en otra oportunidad: “Que el educando se conozca a sí mismo le permite trazarse planes acordes a sus posibilidades, encauzar sus energías, orientarse en la vida, superar las debilidades, corregir sus defectos. Vivir sin conocerse hace pensar en un constructor que va edificando improvisadamente, sin un plano previo; o a un conductor que pone en marcha su vehículo, sin controlar el estado del combustible, de la dirección, de los frenos (…) Qué triste desperdiciar, por desconocimiento o por negligencia, tesoros de inteligencia, riqueza imaginativa, posibilidades creativas…” (Boletín Salesiano, julio de 2011).
Atrevámonos entonces, con responsabilidad, pero sin perder nunca la alegría que reclamó y sembró Don Bosco, a que nuestros alumnos desafíen la mezquina razón y los estrechos límites de la realidad que lo mundano nos impone. Para ello, la Literatura es, creo, uno de los caminos más fértiles. Y entonces vuelvo a Vicente Huidobro: “La Poesía es un desafío a la Razón, el único desafío que la razón puede aceptar, pues una crea su realidad en el mundo que ‘es’ y la otra en el que ‘está siendo’. La Poesía está antes del principio del hombre y después del fin del hombre. Ella es el lenguaje del Paraíso y el lenguaje del Juicio Final, ella ordeña las ubres de la eternidad, ella es intangible como el tabú del cielo”.