Don Quijote y Facebook

Hace más de 400 años, un español llamado Miguel de Cervantes escribió una novela que tituló “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”. El argumento es muy sencillo: un hombre que “frisaba los cincuenta años”, llamado Alonso Quijano –o Quijada o Quijana o Quesada- lee tanto novelas de caballerías, se enfrasca tanto en esa lectura que se olvida de sus quehaceres, de sus responsabilidades y hasta deja de dormir por leer. ¿Cuál es el resultado? Enloquece. “Se le secó el cerebro”, escribió Cervantes. Y en esa locura llegó a pensar que su realidad era la de las novelas que leía, es decir, sustituyó su “realidad real” por la “realidad de ilusión” que le mostraban las novelas. Se olvidó que era una persona real y se creyó un caballero andante, un personaje de ficción.
Y hoy, a más de 400 años, estamos asistiendo a algo similar. Pero ya no son las novelas de caballería en donde se enfrasca la gente y hasta se olvida de las cosas importantes de la vida, son las redes sociales, sobre todo Facebook y Whatsapp. Lo invito a hacer una prueba. Salga a la calle y pida a la gente que le nombre rápidamente a tres ministros uruguayos actuales. Pida que le nombren rápidamente a diez presidentes del Uruguay, a cuatro de los EEUU…pregunte en qué valor está el salario mínimo en nuestro país hoy en día… Seguramente un porcentaje altísimo no sabrá responderle. Pero esos mismos que no saben, seguro que sí saben qué está cocinando el muchacho que vive en la otra cuadra, a qué hora sacó a pasear el perro o fue al baño la vecina de más acá o a qué playa está planeando ir a pasear en el verano el muchacho de más allá. Sucede que todo se publica en facebook. Nuestra vida íntima se volvió, tristemente, una farándula. -Y agreguemos algo: el muchacho o la muchacha cuando esté en la playa va a estar más preocupado por avisar a todos que está allí, y subirá decenas de fotos, porque cuanto más se enteren mejor, va estar más preocupado por eso que por disfrutar de la playa. Como dice un periodista argentino, Marcelo Marchese: “Hay una ausencia de espiritualidad. Ha desaparecido el concepto de lo sagrado. Es la primera y más evidente de las virtudes del progreso. Llenamos el vacío consumiendo y exponiéndonos. Los mensajes llegan cada vez más rápido pero para no decir nada. La comunicación ha avanzado increíblemente… pero ¿para qué? Para desnudar nuestro vacío. Si el goce de estar con una mujer o con un hombre que usted ama es trasladado a que los demás sepan que está gozando de estar con esa persona, se altera la razón misma del amor”.
Es que se está perdiendo la noción de lo trascendente. Se va dejando de lado lo importante por dar lugar a lo efímero e insignificante, se busca evadir la realidad con puro entretenimiento, con facilismos, con lo que menos posible nos haga razonar, en vez de ocuparnos por conocer cada día un poquito más de la realidad, para intentar comprenderla y mejorarla. Sería bueno volver a mirar la realidad de frente, la verdadera, no seguir evadiéndola a través de la falsa ilusión que muestran las pantallas, a las que se le presta una atención prácticamente de 24 horas por día.
Sería bueno dejar un poco las pantallas… pero ya. Sería bueno poder frenar la actual tendencia de mostrarnos o exhibirnos a toda costa. Sería bueno comprender que la realidad también pasa por el aroma de una comida hecha en casa, por el color de un amanecer, por esa magnífica lámpara salvaje que en cada atardecer cae allá del otro lado de nuestro Río Uruguay. Que también pasa por escuchar a las personas que están cerca y por hablarles, por conversar. Pero en vivo y en directo, mirándonos a los ojos, con una piel cerca de la otra, una piel que también habla y siente, como una mirada o como el silencio.
Sería bueno decir basta a esto de sentarnos a comer en familia o entre amigos y que algunos tengan en una mano el tenedor y en la otra las teclas del celular. Esto aliena, deshumaniza, enajena. Esto limita y condiciona nuestra personalidad, nos trastorna intelectualmente, genera un estado mental en el que perdemos hasta el sentimiento de nuestra propia identidad. Esto es trágico.
Al final del Quijote, cuando el personaje ya agoniza en su lecho, su fiel escudero Sancho Panza, llorando, le dice: “No se deje morir, porque la mayor locura que puede cometer un hombre en esta vida es dejarse morir sin más ni más, sin que nadie le mate ni otras manos le acaben que las de la melancolía. No sea perezoso sino levántese de esa cama y vámonos al campo vestidos de pastores”. Entonces, cabría decir, especialmente a las generaciones más jóvenes: no se dejen matar por las manos de la mediocridad y de la mentira que nos quieren vender a toda costa. Levántense de esa silla frente a la computadora. Salgan a la vida vestidos de personas auténticas, pero con la imaginación y la creatividad al desnudo. Recuerdo que una vez dijo García Márquez: “Las cosas de ese mundo, desde los trasplantes de corazón hasta los cuartetos de Beethoven estuvieron en la mente de sus creadores antes de estar en la realidad”. Así que… creen, imaginen, sueñen, vivan, y no esperen nada del futuro, es el futuro el que espera de nosotros, de nosotros como seres pensantes, inteligentes y sobre todo libres, no como esclavos de los aparatos. La vida es mucho, pero mucho más que esa ilusión que se enciende con un botón. Por eso hay que vivirla y no dejar que pase por el costado.