El calvario de algunas mujeres reclusas y sus hijos… Crecer en prisión

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los hijos que viven la experiencia de
Crecer en prisión
El calvario de las mujeres reclusas y  los hijos que viven la experiencia de
Crecer en prisión
El sistema carcelario siempre es el mismo. La situación es compleja, hay escasas posibilidades de recuperación, no existe la contención y las condiciones de reclusión son sumamente precarias. Esta situación se cumple tanto para los hombres como para las mujeres. Ya que después de la visita que EL PUEBLO realizó a la Cárcel de Mujeres de Salto el viernes por la mañana, pudimos comprobarlo.
Hacinadas, molestas, ansiosas y angustiadas, así están las 25 mujeres que conviven en un espacio sumamente reducido, con graves carencias edilicias y con escasos recursos. Encima, algunas de ellas llevan consigo a sus hijos, que actualmente en total son cinco. Uno de ellos de 9 meses y otros de 3 años de edad.  21 9 12 112
La ley penitenciaria se los permite, pero solamente eso, ya que no crea mecanismos de contención para que el pequeño, que es un preso más, no viva la misma situación por la que debe atravesar su madre y por lo tanto, evitar crecer con la misma angustia que ellas.
En el patio había juguetes tirados, pocos y viejos. En la cuerda de ropa, colgaban zapatitos de niños que delataban su condición de presos de una situación injusta que los tiene allí. Sus madres, en gran parte de los casos, están pagando una pena por dedicarse al delito como medio de vida.
La mayoría llegó allí por vender drogas, changa que a varias les pasaron sus respectivas parejas, hijos o vecinos, después de haber caído presos y por eso se ven con ellos en el horario de visita.
Un reducido patio es su única ventana al mundo. Desde allí ven como levantan polvo quienes circulan por la calle Defensa, que son los que están “afuera” y que algunas veces vienen a visitarlas. Sus manos están ocupadas con cigarrillos, tareas domésticas, ropa de niños y hasta la preparación de alimentos.
Todas las camas estaban ordenadas. Solamente una de ellas aún dormía mientras el sol del mediodía se estaba haciendo sentir. El resto ya ocupaba las horas de patio aprovechando el día primaveral. Otras con los niños en brazos decían que ellos las hacían levantarse temprano.
Reclamos por todos lados, pero mejorar las condiciones es el único planteo. La diferencia con los hombres, es el orden, la preocupación por el resto de los integrantes de su familia, y la intención de querer mejorar las condiciones de reclusión de todas para convivir más tranquilas.
La cárcel de Mujeres de Salto nunca había estado así. Se trataba de un lugar donde se pensaba albergar apenas a cinco reclusas como máximo y hoy hay cinco veces más que eso. Y encima hay niños. Copia de 21 9 12 103
Esa fue una de las razones por las cuales EL PUEBLO entró al lugar para corroborar cómo son las condiciones de prisión de las 25 mujeres salteñas que están presas, madres de muchos niños, algunas presos con ellas, jefas de hogar, educadoras en sus hogares, que hoy viven el calvario de estar encerradas y que cuando salgan, no saben si la situación será mejor.
Esto y más, en el siguiente informe de EL PUEBLO.
La cárcel por dentro
Unas 25 mujeres y 5 niños conviven en un espacio reducido con una serie interminable de carencias
on lágrimas en los ojos, una de las reclusas se dirigió a EL PUEBLO para narrar sus vivencias en la cárcel. Hace 3 meses que está privada de libertad por comercialización de estupefacientes, su esposo también se encuentra recluido por el mismo delito, “esto es feo”, exclamó con voz temblorosa, “pero, son cosas de la vida…” agregó.21 9 12 090
Mientras algunas fumaban sentadas al sol, otra lavaba ropa en una pileta de hormigón, ubicada en el patio del recinto carcelario, al tiempo que atendía a su pequeño hijo de 2 años y medio que lloraba porque había tenido un desencuentro con otra niña de su edad que comparte el mismo estado de reclusión con él.
A la sombra, una presa le daba el pecho a su bebé de once meses, mientras otras cocinaban, tomaban mate, y las menos abiertas permanecieron por el tiempo que EL PUEBLO estuvo en el lugar, en el interior de la vivienda donde son alojadas.
Son actualmente 25 mujeres y 5 niños los que conviven en el denominado Centro de Rehabilitación, pero que de esto, por las condiciones en las que se encuentran las presas, solo tiene el nombre. Las edades de las mujeres presas en la Cárcel de Salto, oscilan entre los 18 y los 70 años de edad, mientras que la de los niños que les acompañan está entre los 9 meses y los 2 años y medio de vida.
“No somos inocentes, porque por algo estamos acá”, coincidieron en expresar varias de ellas, “pero eso no es motivo para que no nos tengan en cuenta, queremos hacer algo, trabajar, ocupar el tiempo, no hacemos nada acá”, dijo una de ellas, molesta con la situación que le toca vivir.
Apoyada sobre el hombro de una compañera, una mujer de 31 años cuestionó; “¿cree que se podrá hacer algo (para mejorar las condiciones de reclusión?”, nos inquirió refiriéndose a la presencia de EL PUEBLO, ya que a través de este medio expusieron sus mayores carencias, con la esperanza de recibir donaciones, o lograr algunas mejoras en las condiciones que viven e intentan rehabilitarse.
COMO ES SU DÍA
Por la mañana, a las ocho, la Policía abre la puerta del local en el cual se encuentran encerradas para que puedan salir al reducido patio que tienen, el cual está separado por un alambrado del patio interno de la cárcel de hombres y a partir de las diez, las policías femeninas que son sus guardias les entregan sus teléfonos celulares y a las once de la noche se los retiran.
Pero a las dos y media de la tarde, se termina la salida al patio y las “encierran”, por una medida de seguridad interna de la Cárcel, ya que al patio salen los hombres, (sector que está contiguo al de las mujeres).
Reciben visitas los días jueves, sábados y domingos. Desde las 11 de la mañana hasta las cinco de la tarde. Hasta allí llegan sus familiares y generalmente, a las reclusas las visitan sus hijos.
Actualmente, solamente cuatro de las veinticinco mujeres que están cumpliendo reclusión están trabajando. Dos desempeñan tareas en la chacra policial junto a los reclusos hombres que están allí, una de ellas lo hace con su esposo en un invernáculo que está a pocos metros de un alambrado común, bajo, de apenas un metro de altura, que da hacia la chacra de un particular.
“Acá no te vas porque no querés, esa es la realidad, estamos a metros de la calle y al alambrado lo cruzamos cuando queremos si es que tuviéramos esa mentalidad, pero sabemos que estamos pagando algo y preferimos terminar con esto de una vez”, dijeron a EL PUEBLO.
Una de ellas tiene salida transitoria los fines de semana. Está “pagando un homicidio”. Junto a su compañera la que está recluida junto a su esposo por “comercialización de estupefacientes”, permanecen allí todo el día, desde las siete y media de la mañana, hasta las seis y media de la tarde, aproximadamente, realizando tareas de campo.
Aunque algunas de las otras reclusas, trabajan en el sector de albañilería del Ministerio de Desarrollo Social. Sin embargo, la mayoría no realiza actividad alguna y reclama por más oportunidades para llevar adelante alguna tarea.
Reclaman sombra y juguetes para los niños
“Nos dan un pollo y 8 papas, y tenemos que cocinar para todas, pero somos 25”, dijeron las reclusas
a mayoría de las reclusas consultadas, manifestaron que su mayor inquietud en este momento, es la falta de espacio, ya que el lugar está atiborrado de cuchetas, bolsos con ropa, cableados precarios donde enchufan lámparas, cargadores de teléfonos celulares o radios, hasta que el sistema eléctrico no aguanta la sobrecarga y todo se apaga. Lo que algunas veces ha dado lugar a tensos conflictos entre las internas.21 9 12 086
Una de las presas con las que habló EL PUEBLO dijo que “duerme en la cocina, porque cedió su cama a una reclusa que ahora está embarazada” y que necesita tener cuidados especiales. No solo porque la ley penitenciaria lo dice, sino además por una cuestión de solidaridad. Aunque la situación, dadas las circunstancias, se complejiza aún más.
Otra carencia que las reclusas consultadas por este diario hicieron saber, son los comestibles que reciben para poder alimentarse. “Nos dan un pollo y 8 papas, con eso tenemos que cocinar para todas y somos 25”, dijeron.
La mayoría de ellas no tiene dinero, ni cuenta con el apoyo de alguien que le suministre víveres, “después que entrás acá los de afuera se olvidan porque tienen sus propios problemas”, indicaron.
Empero, otras de ellas manifestaron que cocinan en grupo. Hay algunas que tienen un poco de alimento que les compran sus familiares y con eso se arreglan. “Nos armamos entre dos o tres y al menos un poquito de arroz, o algo tenemos”, dijeron.
EL SOL Y LOS NIÑOS
No obstante, los meses de verano se vuelven insoportables en las condiciones en las que se encuentran. “El calor se hace intenso, los ventiladores no resisten y encima no tenemos un árbol que nos ayude a tener un poco de sombra en el patio, no podemos dejar a nuestros hijos jugando al rayo del sol porque se van a enfermar, pero tampoco los podemos tener encerrados”, dijo una de las presas que tiene hijos en el lugar.
En ese caso, plantearon la necesidad de contar con un “sol y sombra” al menos para el patio, ya que en el reducido espacio que tienen para convivir, es muy complicado poder mantener a los niños adentro del lugar con las altas temperaturas.
Asimismo, hicieron saber que uno de los aspectos más importantes para llevar adelante la convivencia con sus pequeños en ese modo de vida reducido que tienen en la cárcel “nos gustaría contar con algunos juegos para los niños”, con la finalidad de que ellos se entretengan, ya que algo tienen y lo poco que hay lo comparten.
Así como también reseñaron la posibilidad de tener “algo de ropa”, por lo cual reclamaron poder recibir ayuda en ese sentido. Al tiempo que una joven reclusa, que circulaba por el lugar algo nerviosa agregó: “yo quisiera que las que tienen hijos estuvieran aparte, porque por ejemplo casi todas somos consumidoras, de cigarro -aclaró rápidamente- y tenemos muy poco tiempo de patio”, entonces fuman por unas pequeñas ventanas que tiene la vivienda, y eso perjudica a los pequeños.
La falta de un implemento de cocina es otro de los problemas. La que está allí no funciona, algunas disponen de cocinillas, “pero las que no tienen nada y encima cuentan con niños a los que deben prepararles algo de comer, se les complica porque tienen un calentador eléctrico solamente”.
“El locutorio y el patio… proponemos que los abran de mañana durante los días de visita, porque después usted no sabe lo que es eso…”, dijo haciendo referencia a la falta de espacio que existe en el lugar. “Yo necesito un colchón”, fue otro de los pedidos que hicieron las reclusas.
Todas cuentan con cuchetas de madera que fueron donadas por la Intendencia de Salto, destacaron las autoridades carcelarias, quienes señalaron que esa donación “permitió organizar mejor este pabellón donde como pueden ver está repleto y tratamos de tenerlo, pese a las carencias edilicias y al esfuerzo que se está haciendo desde el Comando por colaborar con ésta unidad, tratamos de tenerlo lo mejor que podemos”, dijeron.
El tráfico de drogas es el delito cometido por la
mayoría «lo hicimos por no tener trabajo», aclaran
l mayor porcentaje de causas que dio lugar al procesamiento de las reclusas es la comercialización de estupefacientes, aunque algunas de ellas, una franja mínima están cumpliendo delitos de rapiña y una franja mínima está por homicidio. La más antigua es justamente una mujer mayor de edad que se encuentra recluida hace 5 años y 6 meses por haber cometido ese delito y ya firmó 15 años de condena.
La mayoría evitan hablar del tema. Muchas no saben en qué estado está su causa, puesto que una vez que ingresan al sistema penitenciario, el juicio penal en su contra sigue, pero la mayoría no recibe información. Solamente si les cae una condena o si ocurre algo que deben aclarar. Pero así es el sistema.
PUNTOS DE VISTA
Las opiniones recogidas por EL PUEBLO en el lugar fueron variadas. Algunas de las reclusas se muestran arrepentidas, consideran que están allí «para pagar una pena», y en el mejor de los casos hasta le ven el lado positivo al asunto, ya que concurren a las clases de primaria y secundaria que se dictan en el lugar. Y confiesan que a su edad «no se hubieran imaginado la posibilidad» de poder estudiar. «Si no estuviera acá, nunca hubiera ido al liceo, siempre me gustó estudiar», comenta mientras exhibe orgullosa los certificados de aprobación de exámenes- aprobados con buenas notas.
Respecto a la relación con las demás, indicó que «es difícil, siempre hay un problema», y no se trata de que haya muchas o pocas, «siempre pasa algo» pero ella prefiere «respetar para que me respeten», tanto a sus compañeras como a las guardias.
«La mayoría de las que estamos acá estamos pagando delitos de drogas. Es que no tenemos trabajo, y nos daban droga para vender y era una manera de ganar unos pesos para mantener a nuestros hijos, esa es la verdad. Sabíamos que corríamos el riesgo de que nos atraparan y bueno, caímos, pero no podíamos quedarnos de brazos cruzados en casa, esperando, mientras nuestros hijos pasaban hambre», admitieron.
Entretanto, otras de las reclusas consultadas no dudaron en responder firmemente: «¿Rehabilitación? No, faltan muchas cosas para que uno se pueda rehabilitar… «La gente dice ‘que paguen’, pero no nos dan una oportunidad al salir, porque nos estigmatizan. Entonces muchas veces se da que uno reincide», opinó una presa.
HACINAMIENTO
Hay dos baños, uno de ellos con termofón. El patronato les brinda una barra de jabón, un rollo de papel higiénico y una pasta dental por mes a cada una. «Pero todos sabemos que eso no alcanza, aunque tenemos que conformarnos y arreglarnos con los que hay».21 9 12 074
LOS NIÑOS
Una dura realidad es la que viven los cinco niños que están allí con sus madres, juegan entre ellos pero dicen que «ya están acostumbrados».
«La casa de ella es ésta», indicó una madre refiriéndose a su hija. Uno de ellos nació cuando su madre ya estaba recluida. Ahora tiene un año, otro tiene nueve meses y llegó al lugar con cuatro meses de vida.
Concurren al CAIF del barrio Williams, que está a pocas cuadras del centro penitenciario, además que una médico pediatra, controla a cada uno de los niños cada mes. Pero cuando alguno de los pequeños cumple años, realizan una pequeña reunión entre todos para festejar.
ALGUNOS CASOS
Una de las reclusas tiene a toda su familia privada de libertad, de manera que no cuenta con el apoyo de «nadie afuera», según afirmó. Entonces sus hijos se encuentran al cuidado de su suegra en este momento. Más de una tiene a su esposo en el edificio contiguo donde está ubicada la cárcel de hombres, al tiempo que la mayoría de las reclusas aún espera su sentencia de condena mientras cumple la prisión.
Una de ellas tiene 70 años, dijo que fue «chivera» (bagayera) durante 25 años y con eso «mantenía a mi familia, nunca pensé caer presa, que horrible que es esto, espero irme pronto de acá», subrayó.
NUEVA
CONSTRUCCIÓN
Asimismo, recorrimos la nueva construcción que se está llevando a cabo en una casa que está ubicada por la calle Defensa, a pocos metros de la entrada principal de la cárcel, frente a la puerta de ingreso de la chacra policial. Algunas carencias se verán aplacadas con la construcción del nuevo recinto que está destinado a las mujeres.
Está previsto que en el mismo puedan ser alojadas unas 30 mujeres. La obra que está siendo llevada adelante por presos y algunas reclusas que también dan una mano, contará con un sector para madres con niños, un baño con tres duchas, 4 gabinetes y un lavatorio, una cocina comedor y un sala de estar bastante amplio. También tendrá otro sector con baño para la guardia y un patio más amplio.
Aunque la obra va lenta por la falta de materiales, la Jefatura compra lo que puede y los presos y dos policías van trabajando en este lugar.
Ley penitenciaria permite que niños de 0 a 4 años permanezcan con la madre en prisión
El mismo año que la dictadura militar estableció que en Uruguay se celebraría el Año de la Orientalidad, en 1975, el entonces autodenominado Consejo de Estado, con sus autoproclamadas autoridades de entonces, dictaron un decreto que en el retorno de la democracia se convertiría en tal como la conocemos hoy, la ley Nº 14.470 que regula las condiciones del sistema penitenciario uruguayo.
Allí se establece un régimen especial para contemplar la situación de los niños cuyas madres están presas y no tienen con quien criarse, sino es con ellas mismas. Por lo cual la ley permite que hasta los 4 años de edad, el niño pueda quedarse con su madre y después de esa edad, las autoridades competentes deben tomar cartas en el asunto. Aunque en los casos que así se amerite, los pequeños podrán estar con sus madres hasta los 8 años de edad.
Para las reclusas, estar con sus hijos en prisión es un doble desafío, porque deben cuidarse ellas y cumplir con las metas de intentar superarse, además de cuidar que sus hijos no carguen con el calvario de crecer entre rejas. Mientras tanto, el sistema les da lo que puede.
Y muchas veces eso no alcanza, ya que el perjuicio que puede llegar a causársele a un niño de pocos meses de vida, el hecho de estar en un establecimiento que es el último reducto para la sanción de un ser humano, como el hecho de quitarle la libertad ambulatoria, y hacerlo vivir en condiciones paupérrimas, puede llegar a ser mucho peor que la solución que se pretende brindar. Aunque para las presas tener sus hijos a su lado, es algo que “no lo cambian por nada porque nos ayuda a estar bien de la cabeza”, dijeron a EL PUEBLO al menos dos de las cinco madres que están con sus pequeños en prisión.
El artículo 29 de la ley penitenciaria dice que “La reclusa con hijos menores de cuatro años podrá tenerlos consigo en el establecimiento. En casos especiales previo dictamen de técnicos, sicólogo o siquiatra del Consejo del Niño (ahora INAU) o del Instituto de Criminología, y con informe fundado de la autoridad carcelaria, podrá extenderse la edad hasta los ocho años. En todos estos casos la madre y el hijo se mantendrán bajo control técnico que se ejercerá periódicamente”.
La norma es clara. Los menores pueden permanecer con sus madres hasta los 4 años de pleno derecho y hasta los 8 en los casos que las circunstancias así lo ameriten siempre y cuando no haya riesgos para el menor.
Al tiempo que el artículo 30 de la misma ley, señala que “al cumplir el menor los cuatro años (de edad), si el progenitor libre no pudiera hacerse cargo del mismo, la administración carcelaria dará intervención a la autoridad que corresponda”.
En este caso corresponde la intervención de oficio del INAU y de la Justicia de Familia para determinar si el niño que creció en la Cárcel con su madre, al ser más grande siga su vida normal junto a algún familiar, o en caso contrario, deberá ser internado en algún Hogar de Amparo del INAU hasta que la madre salga de la cárcel y pueda reencontrarse con éste.