El célebre fotógrafo y corresponsal de guerra, Reza Deghati estuvo en Punta del Este, mostró imágenes que conmueven

«No sabía que Uruguay era un país tan desarrollado. Estuve en José Ignacio y me hizo sentir que estaba en el sur de Francia”, dijo

Estuvo en la Revolución Islámica de Irán, en la guerra de Afganistán cuando la invasión de la extinta Unión Soviética, en el Líbano, en los bombardeos a la ciudad de Beirut y cuando sitiaron la ciudad de Sarajevo, en la ex Yugoslavia. En más de 100 oportunidades pensó que la muerte lo alcanzaba. Vio casas destruidas, cuerpos muertos y fue testigo del sufrimiento de los heridos y de los niños abandonados.

Trabajó como corresponsal para las más prestigiosas revistas internacionales cubriendo todos esos conflictos: Time, impactanteLife, Newsweek y National Geographic. Ha recorrido más de 150 países y sacado más de un millón de fotos, todo con un mismo objetivo: mostrarle al mundo, a través de su lente, las atrocidades de la guerra, sus secuelas y sobre todo cómo era la vida de los que lograban sobrevivir. Realizó trabajos humanitarios para las Naciones Unidas y fundó la primera agencia de comunicación independiente en Afganistán. Hasta hoy recorre el mundo enseñándole a los niños y jóvenes de los campos de refugiados y de las zonas marginales de los países a sacar fotografías. «Me di cuenta de que la fotografía era la mejor forma de ayudar a las personas y que el mundo se enterara de lo que estaba sucediendo. Tal vez de esa forma lograría cambiar algo», contó.
Quien habla es uno de los fotoperiodistas más famosos del mundo: Reza Deghati. Estuvo de paso por unos días en Punta del Este, invitado por la mecenas iraní Afshan Almassi, y recibió a El País en la residencia donde se hospeda, cerca de La Barra.
«Yo había escuchado hablar sobre Uruguay, pero nunca había estado», dijo. «No sabía que era un país tan desarrollado. Estuve en José Ignacio y caminar por ahí me hizo sentir que estaba en el sur de Francia; incluso algunos lugares y restaurantes son mejores aquí. Ahora que lo conozco quiero mostrarle al mundo cómo es Uruguay y he estado pensando cuál es la mejor forma de hacerlo».
Reza, como es conocido, nació en la ciudad iraní de Tabriz, en 1952. Su afición por la fotografía comenzó a los 13 años, aunque se formó y trabajó como arquitecto. No fue hasta el comienzo de la revolución islámica en 1979 que decidió dedicarse por completo a su verdadera pasión.
«Todos los edificios donde trabajaba como arquitecto estaban cerrados por lo que empecé a fotografiar la revolución. Llegaron a Irán muchos fotógrafos extranjeros que venían a cubrir lo que estaba sucediendo y cuando vieron mis fotos se sorprendieron. Me dijeron que eran muy buenas. Hablaron con revistas y periódicos en América y Francia y al poco tiempo, el mismo año en el que comenzó la revolución, me llamaron desde una agencia francesa y de la revista Newsweek para que trabajara para ellos. Luego lo hicieron también las revistas Time y Life», contó Reza en la charla con El País en Punta del Este.
Pronto, esa creciente notoriedad le trajo problemas. Sus fotos de la revolución iraní comenzaron a aparecer en cientos de diarios y revistas de todo el mundo y el nuevo régimen islámico que había tomado el poder no veía eso con buenos ojos: «Me querían muerto», cuenta. Por eso, a los 29 años decidió exiliarse.
Primero fue a Nueva York para trabajar en las oficinas de la revista Newsweek, pero al poco tiempo decidió instalarse definitivamente en París.
UNA VIDA EN GUERRA
La guerra de Afganistán, en los años de la invasión soviética, fue una de las más tremendas en las que se desempeñó como fotógrafo, aunque vivió muchas otras, como la del Líbano y aquellas que se sucedían simultáneamente en otros países de esa zona geográfica.
«Cada semana iba a una guerra distinta. Prácticamente estuve 10 años viviendo en un campo de batalla. Aún hoy lo hago. Me pasó por lo menos unas 100 veces que sentí que moría. Viví explosiones al lado mío, tiros por todos lados, incluso tengo algunas heridas en el cuerpo. Recuerdo una vez en Beirut, hubo una explosión tan grande que me tiró al piso y cuando desperté pensé que estaba muerto», dice Reza, y reflexiona: «Hay muchas personas que dicen que cuando morís te vas a otro mundo, y en el momento en que abrí los ojos pensé por 10 segundos: Nos mintieron, el otro mundo en realidad es igual al que estábamos, contó entre risas.
En 1990 las Naciones Unidas lo contactó debido a que sabía lo involucrado que estaba y el conocimiento que tenía de la situación de Afganistán. Querían que trabajara como jefe de operaciones para distribuir los alimentos a los civiles desplazados, entre otras cosas. «Trabajé allí durante un año, pero luego me di cuenta de que la fotografía era más importante que ser jefe de operaciones de distribución. Que a través de la fotografía, mostrando lo que se vivía en Afganistán, podía contribuir más a ayudar a esas personas».
Eso lo supo luego de tener una charla con un funcionario de la ONU. «Recuerdo que fue un día que había ido a Ginebra, a la sede del organismo. Me iban a ofrecer un puesto más alto del que tenía. Estábamos sentados con las principales autoridades de las Naciones Unidas y uno de ellos era un gran defensor y luchador por Afganistán. Le pregunté cuál era su razón para convertirse en defensor de los afganos. Y me contestó que en 1986 había visto varias fotos en la revista Time de la guerra de Afganistán que habían sido sacadas por mí y que lo conmovieron. Esa era la razón por la que estaba ayudando a Afganistán. Luego de escuchar eso renuncié a las Naciones Unidas, porque si con mis fotos podía influir en las personas —como había sucedido con ese miembro de la ONU— entonces la mejor forma de ayudar a la gente de Afganistán era volviendo a sacar fotos», narró.
Enseñanza.
DOS RECUERDOS.
La belleza frente a la crueldad de la guerra.
«Mi objetivo es mostrar la crueldad de la guerra, pero aprendí que fotografiar muertos no lleva a que el mundo se conmueva por lo que está sucediendo en los países en conflicto. Son las personas que sobreviven a una explosión o a una guerra las que van a lograr eso», dice Reza. «Una de las fotos más conmovedoras que saqué fue a una niña que vivía en una villa de Afganistán que fue bombardeada durante cinco años. En la imagen no hay cadáveres; toda la crueldad de la guerra se ve a través de su mirada, de sus ojos», narró el fotógrafo iraní.
Otra de las fotos que más lo emocionó, la tomó en la ciudad de Sarajevo que estuvo sitiada por cuatro años, desde 1992 a 1996. «Había francotiradores por todos lados, las personas corrían de un lado al otro, no había comida y muchas casas estaban destruidas. En uno de los días más complicados fui a sacar fotos. Tenías que correr porque no sabías dónde estaban apostados los francotiradores. En un momento vi a una niña con tres muñecas, parada en una esquina. Le pregunté qué estaba haciendo allí y me contestó que quería vender las muñecas. ¡Imagínate! En medio de la guerra, con cadáveres en las calles, la gente corriendo de un lado a otro, y ella quería vender sus muñecas. Le pregunté para qué quería venderlas y me contestó que era lo más valioso que tenía y quería venderlas para comprar comida, porque su abuela no había comido en cuatro días».
«Esa fue una de las experiencias más impactantes para mí, porque mostraba por un lado la belleza del ser humano —una pequeña niña con sus muñecas— y por otro, toda la crueldad de una guerra que la llevó a vender sus muñecas para comprarle comida a su abuela, a pesar de que ella también debía estar hambrienta».

(EL PAIS)