El Diego Rivera escondido tras el gran Diego Rivera

437 obras del autor

· Burgos redescubre la exquisita faceta como pintor de cuadros del artista

· Su gran éxito como muralista ensombreció y eclipsó esta vertiente

· Cultural Cordón cuelga 37 obras propiedad del Gobierno de Veracruz

· Una exposición ‘contra los topicos’, según el comisario Javier Del Campo

Miguel Ángel Vergaz | Burgos

Diego María Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez. Ese era el nombre completo del artista conocido como Diego Rivera. Con esa filiación multitudinaria, ya desde su nacimiento, en 1886, parecía destinado a ser mucho más que un hombre. Fue un coloso.

Incluso con la distancia de más medio siglo desde su muerte, una visión panorámica de su vida y obra resulta inabarcable. Sus murales suman miles de metros cuadrados repartidos por edificios públicos mexicanos y norteamericanos. Un torrente de color dedicado al hombre, el trabajo y el deseo de libertad, que el pintor encarnó con un compromiso tan sólo superado por su falta de sometimiento. Su fama atrajo por igual a Stalin y a Rockefeller y por igual les enfureció su integridad.

Nada sospechoso de coincidir con la ideología comunista de su compatriota, Octavio Paz aportó razones de su admiración estética. Consideró a Rivera como el más aventajado alumno de los frescos del Quattrocento, aquel que trasladó a un muro a Gauguin y extendió las ideas de Cézanne en una «seductora combinación de naturaleza física, animal y humana».

Y, tal vez, esas mismas palabras sirvan para entender al hombre. Rivera era un planeta rojo cuya órbita atraía y expulsaba con fuerza cósmica. Solo la artista Frida Kahlo caminó a su lado con tormentosa igualdad, en un romance legendario, sin que el enorme Rivera la eclipsara.

Un mérito, desde luego, nada desdeñable, ya que la grandeza de Diego Rivera llegó incluso a ensombrecer al propio Diego Rivera. Tras el muralista aclamado se escondía, también, un pintor de cuadros que frecuentó el caballete en tiempos de intimidad con temas y seres queridos, en periodos de aprendizaje y de experimentación y en los intervalos entre grandes encargos. Ese exquisito off, es el Rivera escondido y ahora redescubierto en Burgos.

La próxima semana, el espacio cultural de Caja de Burgos Cultural Cordón abre las puertas de Diego Rivera. Arte y Revolución, una exposición biográfica, hasta el 8 de enero del próximo año.

El Diego esencial

La muestra se compone de 37 obras propiedad del Gobierno de Veracruz, buena parte en pago del artista por las becas que recibió de esa entidad en los años de formación. Como señala su comisario, Javier Del Campo, se trata de una exposición «contra los tópicos» y esencial para conocer los primeros años del genio, pero que también logra tocar todas las épocas de su vida.

Estas se dividen en cinco capítulos y arrancan con el Rivera que, con apenas 20 años, triunfa en México. Del Campo destaca la ocasión de poder contemplar ‘Barranca de Mixcoac’, «su primera pintura importante». Bajo el barniz académico subyace un enorme potencial simbólico: ese es un paisaje en el que se encontraron importantes restos arqueológicos. Un terreno que permanece, también, como a la espera de la riquísima imaginería mitológica, dialéctica y folclórica que Rivera alzaría sobre México. El recorrido continúa con el intenso periodo de Rivera en Europa. Un espacio de tiempo en que su patria se sumerge en la revolución, el mundo en su primera gran guerra y el joven pintor en un aprendizaje bipolar que va de clásicos como El Greco y Velázquez a las vanguardias, con especial énfasis en el cubismo.

Muerte del hijo

Su difícil vida queda estremecedoramente intuida por el espectador ante el retrato -gélido y la vez traspasado de amor- de su primera esposa, Angelina Beloff, con la que tuvo un hijo, Dieguito, que murió de gripe y hambre.

La muestra recala después en el regreso a México –tras estudiar con detenimiento los frescos de Renacimiento italiano– ya que el autor aún tuvo tiempo para realizar magníficos retratos, como el de segunda esposa, Lupe Martín.

Ya en los años 30, repletos de éxitos artísticos y residiendo con Kahlo en el mítico domicilio conyugal de la Casa Azul, pintar en lienzo le apega con ternura a la realidad cotidiana de su país, de la que es ejemplo Niño campesino.

Las décadas siguientes se cargan de madurez. A ellas pertenece el soberbio Desnudo con Girasoles que es emblema de la exposición. Pero también llega el choque con un poder contra el que nada vale rebelarse. En 1954, la muerte le separa de Khalo. Un año después se le diagnóstica cáncer.

Un pequeño dibujo 

Existe un colofón visual memorable. El pintor que fue capaz de crear 253 cuadros murales a lo largo de 1.585 metros cuadrados de la Secretaría de Educación Pública de México y allí plasmar la Visión Política del Pueblo Mexicano, se detiene, camino de recibir un tratamiento en Rusia, a captar a unos trabajadores polacos colocando traviesas para contener las crecidas del Danubio. Un dibujo a carbón y acuarela de apenas 21×29 centímetros titulado Transportando Durmientes.

Es un dibujo dentro de las coordenadas del realismo socialista. Pero ya no hay allí ninguna épica, solo el esfuerzo y la irreductible dignidad del trabajo en un mundo desprovisto ya de colores vivos. Un año después, en 1957, él mismo se sumergió en el río de sombras.

«Nos enfrentamos a otro artista, como si fuera nuevo, como si fuera casi la primera vez que lo vemos», relata Javier Del Campo. A un Diego Rivera que ni siquiera se sometió al gran Diego Rivera.

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‘Niño campesino’ de Diego Rivera.

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‘Transportando Durmientes’.

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Retrato de Angelina Beffof.