El Dr. Pablo Rocca responde carta del Académico Jorge Arbeleche publicada por EL PUEBLO

Continúa la polémica…

Hoy por: Jorge Pignataro

7En edición del pasado domingo dimos a conocer una carta enviada por el poeta y miembro de la Academia Nacional de Letras Prof. Jorge Arbeleche, en la que realiza duras puntualizaciones acerca del libro Juana de Ibarbourou, las palabras y el poder, recientemente publicado por el Prof. Pablo Rocca, Doctor en Literatura, docente de Facultad de Humanidades.

Arbeleche sostiene que el trabajo de Rocca es pobre, no hace aportes al tema y, sobre todo, acusa al autor de pretender denigrar y desprestigiar a Juana a cualquier precio. La respuesta de Pablo Rocca no se hizo esperar; enterado de la situación a través de la lectura de EL PUEBLO, nos envió la nota que a continuación transcribimos:

El poder, las palabras y las malas intenciones

Sres. Redactores de “El Pueblo”.

Haciendo uso del derecho de réplica, ruego incluyan la siguiente carta sobre la carta publicada por el Profesor Jorge Arbeleche.

Cordialmente

Pablo Rocca

C. I. 1.674.267-2

El profesor Arbeleche tiene la deferencia de ocuparse de mi ensayo Juana de Ibarbourou, las palabras y el poder (Montevideo, Yaugurú, 2011). Más vale tarde que nunca, ya que cuando pudo hacerlo en su momento, tomando el que podríamos llamar ur-text del presente trabajo, los artículos publicados en los números 218 y 219 de Brecha, Montevideo, 2 y 9 de febrero de 1990, respectivamente, no se ocupó de salir a cuestionarlos. Al menos no se ocupó de estas perspectivas públicamente.

Tampoco lo hizo con el extenso “Varela, Juana y otros «clandestinos»: El pasado extraviado”, que también salió en Brecha, Nº 367, 10 de diciembre de 1992 (págs. 15 17), en el que reseñé largamente la edición primera del “Acervo del Estado” de las Obras de la escritora, editadas bajo la dirección de Arbeleche. En ese artículo hay numerosas referencias al episodio de censura al texto de Loustaunau. Que se sepa, Arbeleche, entonces, no hizo esta aclaración a posteriori: nada menos que diecinueve años después. No se registró que el autor del texto “Lamé”,  censurado en la ocasión, estaba de acuerdo con que el tomo correspondiente fuera editado sin el mismo. No tengo noticia de que Loustaunau haya dado públicamente su consentimiento en ese momento.

Fuera de estas peculiares maneras de manejar la memoria, el trabajo que ahora enciende tan irritantes adjetivos, en sustancia no es nuevo. Ni, además, es “denigratorio” de Juana de Ibarbourou, contra lo que su más entusiasta y constante apologista dice en su carta. Los puntos 1, 2, 3 y 4 que tanto lo preocupan ya habían sido expuestos en 1990. Ahora, simplemente, se desarrollan con más calma, extensión y pruebas. Que nunca son todas, claro, porque contrariamente a lo que piensa el académico siempre estamos construyendo interpretaciones. En caso contrario, nunca hubiéramos salido de la edad de piedra.

Entiendo que el profesor Arbeleche tiene serias dificultades de comprensión lectora. Dice que digo que “J. de I. aprovecha el falso padrinazgo de Aparicio Saravia cuando el Partido Nacional está cerca del poder. Sin embargo la primera mención a Aparicio hecha por Juana aparece recién en “Chico Carlo”, que se publica en 1944”. No fatigaré repitiendo lo que se desarrolla a lo largo de una decena y pico de páginas. Baste, tal vez, recordar que la interpretación que se propone en el libro (y que se desarrollaba, en germen, en el artículo precitado) apunta al acuerdismo entre los dos partidos tradicionales que, a partir de entonces, y sobre todo desde 1956, procuran eliminar tensiones mutuas y terminan por incorporar al panteón de los héroes nacionales a un caudillo que, hasta entonces, sólo era reivindicado por uno de los bandos. Y luego se aporta pruebas sobre cómo Ibarbourou, no por casualidad, empieza a manifestar su adhesión a Saravia desde entonces.

Otra curiosidad de lo que, por llamarlo de algún modo, se denominaría “razonamientos” del académico Arbeleche es que le parece un acto de persecución tratar de consultar un archivo público, como el del Estado Mayor del Ejército, a los solos efectos de conocer el legajo del Mayor Ibarbourou. Con esta operación se buscaba conocer, por ejemplo, los destinos en los que el marido de la poeta (y, por lo tanto, ella misma) estuvo destacado desde que salió de Melo hasta que se instaló en Montevideo. Eso sí: al señor Arbeleche no le molesta que la petición presentada por escrito nunca haya sido respondida por la autoridad del caso, como se hace saber en nota al pie.

Que Juana de Ibarbourou haya apoyado a la democracia en algunos momentos precisables no invalida las dudas que, durante los años treinta, muchos intelectuales (como los que se reunieron en el Boletín de AIAPE) le hubieran reclamado una definición contra el bando franquista, sobre todo después que publicó un poema en una revista francesa notoriamente fascista. Sobre el punto, Arbeleche pasa como sobre ascuas, es decir, lo ignora: qué mejor forma del arte de injuriar que invalidar los argumentos de quien se condena. Juana de Ibarbourou podía tener las ideas que le pareciera. Hoy corresponde analizarlas fuera de toda premisa puramente encomiástica, en relación con los discursos y los debates de su época.

En suma, si contra algo se escribió (o, mejor, se reescribió) este ensayo, fue contra la actitud acrítica y deliberadamente ocultadora de trabajos como los que Arbeleche hizo sobre Juana o sobre el objeto que fuere desde una perspectiva de este tipo. No es el único caso. Sugiero que se consulte su descacharrante artículo sobre José Enrique Rodó, publicado en el Boletín de la Academia Nacional de Letras, que concluye proponiendo que la lectura de la obra de Rodó sirve como antídoto a la droga, la corrupción y la globalización (sic). Más interesante aún es el argumento esgrimido sobre mi ocultamiento de las visitas de Fidel Castro, Marcos Ana y las opiniones favorables de la poeta sobre Ernesto Che Guevara. Primero, quiero recordarle a mi lector que el objetivo del trabajo se detiene en la linde de 1945 y en los discursos críticos sobre su obra hasta entonces, sobre todo en relación al primer libro, que es de 1919. Segundo: extraño recurso el de reclamar a quien ya reclamó a él, en el artículo de 1992, que en la cronología de las Obras editadas por el Instituto del Libro no había mencionado… la visita de Fidel Castro a casa de Ibarbourou ni las opiniones favorables de la poeta sobre el Che Guevara. Hay un final recurso injurioso. No recuerdo haber ido a las oficinas de la Inspección a felicitar a nadie, sino a pedir un derecho: horas de clase, justamente, en la ciudad de Melo, en el mes de febrero de 1989. Quien me atendió fue el Inspector Arbeleche, como podría, aquella mañana, haberme atendido cualquiera de los otros dos profesores que ostentaban legítimamente ese cargo. Como cualquier profesor interino debía hacer esa gestión, ya que la efectividad en el cargo, que también obtuve por concurso, demoró mucho más de la cuenta. Sólo entonces estuve en condiciones, como cualquiera, de elegir horas en Educación Secundaria en arreglo a un escalafón. El académico Arbeleche dice que este libro no aporta nada nuevo. ¿Por qué, si es así, en sus muchos artículos y recopilaciones que nos propina desde 1979 no hizo la menor mención a los muchos textos (poemas, cuentos, ensayos) que Juana de Ibarbourou publicó antes de 1919, citados con referencia expresa en este trabajo? “El olvido es una forma de la memoria”, dice Borges en un poema. A veces, puede ser una forma de encubrir la mala intención.







Recepción de Avisos Clasificados