El escritor peruano y Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, el sobreviviente del Boom latinoamericano

Para el nobel peruano, escribir siempre ha sido un arma contra la desesperanza y el despotismo. Su obra más reciente parece su intento de repeler las olas de nacionalismo y populismo que inundan el mundo hoy en día

“¿Nos sentamos afuera?”, me preguntó Mario Vargas Llosa, haciendo un gesto hacia las ventanas de piso a techo de la biblioteca en esa brillante tarde de septiembre. vargas llosaVargas Llosa, el único peruano que ha ganado el premio Nobel, vive ahora en una mansión de ocho habitaciones en la periferia de Madrid, en un vecindario conocido como Puerta de Hierro. Cuando llegué, un mayordomo con saco blanco me condujo a través del recibidor de dos pisos, sobre brillantes baldosas blancas y negras, hacia una biblioteca con filas de estantes de madera oscura. Había un cenicero de cristal junto a bandejas de plata con chocolates y cigarrillos. Esta imponente casona parecía la residencia adecuada para el último gigante vivo de una época de oro de la literatura latinoamericana, un hombre que bien puede ser el novelista más importante de nuestros tiempos en términos políticos… pero la casa no es propiedad de Vargas Llosa. Sobre la chimenea de la biblioteca cuelga un retrato de su dueña, Isabel Preysler, enfundada en un vestido rojo.Preysler, quien nació en las Filipinas pero ha vivido en España desde que tenía 16 años, construyó esa casa con su tercer esposo, el exministro de Economía y Hacienda de España Miguel Boyer, quien murió en 2014. A menudo los paparazzi merodean por sus puertas; Preysler, de 67 años, ha sido objeto de la fascinación de los tabloides en español desde que se casó con su primer marido, la estrella del pop Julio Iglesias, en 1971. (Su segundo esposo era un marqués español). Fue un pequeño escándalo que Vargas Llosa tuviese ahora un escritorio con ordenadas pilas de libros y un busto de Honoré de Balzac en un pequeño rincón de su biblioteca, en medio de los viejos libros de ciencias y matemáticas de Boyer. Antes vivía en un apartamento de un piso en el corazón del Madrid histórico, a solo unos pasos del Teatro Real, donde las calles son tan estrechas como trincheras. Sin embargo, en 2015 dejó a su esposa, con quien había estado casado durante cincuenta años, por Preysler. Cuando lo seguí hacia la terraza, por un momento me pregunté si parte del atractivo de Preysler había sido su capacidad de envolverlo en tal lujo.

Los secretos de Costa Rica detrás de un decorado de lujo
Nos sentamos debajo de un toldo blanco, en un par de sillones del mismo color frente a una piscina aguamarina. Mi café llegó en una delicada taza de porcelana rosa. Mientras hablamos, el sol fue ocultándose detrás de un estrecho bosque de árboles densamente plantados que tapaban la calle. Las altas paredes de piedra y la larga entrada de grava para autos daban al jardín la apariencia de un parque. Conversamos durante más de dos horas sobre el modernista de Misisipi William Faulkner y la superagente española Carmen Balcells, así como sobre las series de televisión The Wire y Vikingos. Durante la mayor parte de nuestra conversación, Vargas Llosa estuvo impresionantemente contenido. Apenas tocó su vaso de agua y prácticamente no movió las manos, aunque dijo todo con una sonrisa y terminó muchas oraciones con una risa. Era como la casa misma: una fortaleza camuflada con la calidez de la gracia social. “Puede dar la impresión de ser una persona muy formal y ha cultivado eso hasta cierto punto”, dijo Marie Arana, una escritora peruana-estadounidense y exeditora de la sección de libros de The Washington Post. “La gente enormemente atractiva lo compensa tratando de ser formal, de verse seria”. A finales de marzo Vargas Llosa cumplirá 82 años. Alguna vez lució como un John Travolta de ojos oscuros: labios carnosos, una barbilla fuerte, cabello negro y abundante. Ahora su pelo es blanco, pero sus modales serenos y su prodigiosa autodisciplina permanecen. Ha escrito casi todas las mañanas de su vida; ha publicado 59 libros en 55 años, entre ellos algunas de las más grandes novelas del último medio siglo: La ciudad y los perros, Conversación en La Catedral, La tía Julia y el escribidor, La fiesta del Chivo. “Si no escribiera”, dijo a The Paris Review en 1990, “me volaría los sesos, sin ninguna duda”. La última semana de febrero salieron a la venta tres libros de Vargas Llosa: la traducción al inglés de una novela (Cinco esquinas) y de una colección de ensayos políticos (Sables y utopías), así como un nuevo libro en España, La llamada de la tribu. Se trata de la historia condensada de tres siglos de pensamiento clásico liberal, de Adam Smith a Jean-François Revel, que tiene la doble función de ser también una especie de autobiografía intelectual. Para Vargas Llosa, escribir siempre ha sido un arma contra la desesperanza y el despotismo. La llamada de la tribu parece su intento de repeler las olas de nacionalismo y populismo que inundan el mundo hoy en día. Es un defensor de la libertad individual y la democracia en Latinoamérica. Sus ataques en contra de los autoritarios le han granjeado enemigos entre socialistas y conservadores por igual. Lo que más respeta de una persona, según me dijo, es la integridad: “Coherencia en lo que crees, lo que dices y lo que haces”. Y aunque su insistencia en decir y hacer exactamente lo que él cree ha dejado un rastro de quemaduras en su vida personal, también ha sido lo que ha forjado su carrera.
Vargas Llosa con una amiga en Lima en la década de los cincuenta Credit De Mario Vargas Llosa
Hasta sus 10 años, Vargas Llosa disfrutó de una infancia mimada en una casa llena de miembros de la familia sociable y de clase media de su madre, que puede rastrear su ascendencia a los primeros colonizadores españoles. Sus abuelos, tías y tíos toleraban con indulgencia sus travesuras: espiar a las mujeres desde los árboles, traer a todos sus compañeros de aula a casa para tomar té. Jugaba a ser Tarzán con sus primos y memorizaba poesía con su abuelo. Le decían que su padre vivía en el cielo. Besaba una foto de él todas las noches antes de dormir. La verdad era que Ernesto Vargas estaba vivito y coleando, pero había abandonado a la madre de Mario, Dora Llosa, varios meses antes de que este naciera. Luego, en 1946, Ernesto y Dora se reconciliaron y se llevaron a Mario a Lima. “Cuando yo fui a vivir con mi padre, que me sentía solo, que me sentía completamente aislado, separado de la gente que sentía que era mi familia, la lectura me salvó”, me dijo. Se sumergió en las novelas de Alejandro Dumas, Victor Hugo, Charles Dickens y Honoré de Balzac, a través de las cuales soñaba con una vida llena de aventuras. “Era una forma maravillosa de no vivir la vida horrible que tenía”. “Cuando [mi padre] me pegaba”, escribe en El pez en el agua, sus memorias publicadas en 1993, “yo perdía totalmente los papeles y el terror me hacía muchas veces humillarme ante él y pedirle perdón con las manos juntas. Pero ni eso lo calmaba. Y seguía golpeando, vociferando y amenazándome con meterme al Ejército de soldado raso apenas tuviera la edad reglamentaria, para que me pusieran en vereda. Cuando aquello terminaba y podía encerrarme en mi cuarto, no eran los golpes, sino la rabia y el asco conmigo mismo por haberle tenido tanto miedo y haberme humillado ante él de esa manera, lo que me mantenía desvelado, llorando en silencio”. La narrativa y la poesía eran el refugio de Mario contra el despotismo doméstico de Ernesto. También eran su resistencia. “Mi padre vio la literatura como algo peligrosísimo”, dijo Vargas Llosa en el jardín, barriendo sus viejos traumas con una risa. “Pensaba que la literatura era un pasaporte para el fracaso en la vida, que la literatura era para morirse de hambre”. Las novelas, también creía Ernesto, eran obra de homosexuales y bohemios borrachos. Empeñado en hacer de Mario un hombre de verdad, Ernesto lo inscribió en el Colegio Militar Leoncio Prado cuando tenía 14 años. “Yo fui a Leoncio Prado porque mi padre pensó que los militares eran la mejor cura contra la literatura y contra esas actividades que él entendía muy marginales”. Vargas Llosa se ríe ante la paradoja: “Y, al contrario, ¡me dio el tema de mi primera novela!”.
Incluso ahora, La ciudad y los perros (1963) tiene el poder de impactar con sus escenas de acoso y disipación de los cadetes, entre las que destacan la violación en grupo de una gallina, recibir sexo oral a cambio de licor, oficiales que patean a los estudiantes y el asesinato de un chico apodado Esclavo, quien se marca a sí mismo como objeto de humillación especial cuando comete el error de suplicar por clemencia con las manos entrelazadas. Enfurecidos por tal exposición, los administradores del Colegio Militar Leoncio Prado hicieron una pira con mil copias del libro y les prendieron fuego en una ceremonia oficial. Sin embargo, un juez del prestigioso Premio Biblioteca Breve de España la llamó “la mejor novela en lengua española de los últimos treinta años”. La ciudad y los perros fue una de las primeras sensaciones de una época transformadora de la literatura latinoamericana conocida como el boom latinoamericano (sus otros autores principales —Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Carlos Fuentes, José Donoso, Juan Rulfo, Miguel Ángel Asturias y Guillermo Cabrera Infante— ya murieron).
La obra maestra de Vargas Llosa es Conversación en La Catedral (1966). Es Faulkner entrecruzado con Balzac, técnicas modernistas usadas para retratar un extenso panorama histórico. La estructura de la novela se desarrolla en espiral a partir de un solo punto: un encuentro inesperado en la Lima de la década de los sesenta entre Santiago Zavala, un reportero de 30 años separado de su familia pudiente, y Ambrosio, el exchofer de la familia. Los dos se encuentran en una perrera, donde Ambrosio mata perros a cambio de dinero. Juntos, los hombres se emborrachan en un bar de mala reputación llamado La Catedral y de su conversación surge una visión despiadada de Perú bajo la dictadura militar de ocho años del general Manuel Odría en la década de los cincuenta. Vargas Llosa implica a todos en la catástrofe moral, desde los pendencieros estudiantes disidentes hasta los medios cobardes, pasando por las mujeres de dinero que se ahogan en el chisme y el alcohol. Es indignante que en Estados Unidos Conversación en La Catedral nunca haya atraído la atención que merece. La traducción al inglés de la novela tiene parte de la culpa. Gregory Rabassa —cuya increíble traducción de Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, ayudó a la novela a convertirse en un éxito de ventas en Estados Unidos— da tumbos contra el estilo más complejo de Vargas Llosa, que cambia constantemente entre lo sinuoso y lo coloquial. Conversación en La Catedral nunca será una lectura fácil en ninguna lengua —es un libro para fanáticos de Faulkner, Proust y Bolaño—, pero los errores de Rabassa acartonan su pátina negra y oscurecen sus emocionantes rápidos tonales. Dos días después de nuestra reunión en el jardín de Preysler, vi a Vargas Llosa en una conferencia de prensa celebrada dentro de la Casa de América en Madrid, un pequeño salón de decoración barroca, con querubines desnudos y chapa de oro.  Un busto de Simón Bolívar miraba desde su posición a un lado de las cámaras de televisión.
(The New York Times en Español, Marcela Valdez)