El fútbol es teatro, danza, escultura, narrativa, y algo más…

Juan Villoro e Ilan Stavans jugaron al fútbol, pero dejaron por diferentes razones. Igual es motivo para una conversación a la vieja usanza que Anagrama les publica con el título El ojo en la nuca. Va aquí un adelanto exclusivo. Ambos son mexicanos, y ambos de Ciudad de México. Stavans es ensayista, traductor, cuentista y columnista con más de 30 libros publicados. Es corresponsal de El País Cultural en Estados Unidos. Villoro es sociólogo, traductor, periodista, escritor, guionista de radio y ensayista con varias decenas de libros publicados. Ha colaborado con El País Cultural. En este adelanto del libro El ojo en la nuca (Anagrama), de próxima publicación, dialogan sobre fútbol y literatura:
Ilan Stavans: Hablaste ya del fútbol en uno de nuestros diálogos anteriores. Quiero profundizar en el tema. No solamente en el fútbol sino en los deportes en general. Déjame empezar con una pregunta: ¿jugaste fútbol alguna vez? O más bien, voy a extender esa pregunta: ¿haces deporte diariamente?
Juan Villoro: Jugué fútbol con mucha pasión hasta los 16 años. Pasé por Juvenil AA en los Pumas de la Universidad y luego me probé con la reserva especial. Ya sabía que mis facultades no eran suficientes (lo notas por la forma en que te superan otros compañeros), pero quise constatarlo. A partir de entonces seguí jugando por afición. Me retiré en una cancha de fútbol rápido, cercana al Estadio Azteca, a los 46 o 47 años. Perdíamos por goleada, en un equipo donde todos eran más jóvenes que yo. El equipo contrario hizo un cambio y un jugador veloz rebasó a varios compañeros. Supe que solo podía detenerlo con una falta y le metí una zancadilla. El jugador salió por los aires y cayó aparatosamente. Me entró un apuro enorme de haberlo lastimado, mi instinto depredador se suspendió y fui a socorrerlo. Le tendí las manos para que se incorporara. Casi sin aire, me dijo: “Maestro”. ¡Había pateado a un alumno mío! Fue una lección pedagógica: no podía seguir jugando.
También practiqué el tenis, el ping-pong (mi hermana Carmen fue campeona nacional y viajó a China), el squash y el basquetbol. Durante años corrí en los Viveros de Coyoacán, pero una amiga bailarina me alertó contra mis posibles lesiones en las rodillas. Desde entonces camino mucho. Es algo que siempre me ha gustado y que nunca vi como ejercicio. Voy como un zombi por la ciudad, sin reconocer a las personas, como si caminara más por mis pensamientos que por la calle. Lo significativo es que no sé en qué pienso. Es un deporte Zen.
Por la energía y la velocidad con que contestas los correos electrónicos imagino que tú corres todas las mañanas o te entrenas en un gimnasio. ¿Me equivoco?
IS: Eres de una inteligencia aguda, Juan. Sí, corro todos los días, de 7 a 8:30. Bolaño, en Entre paréntesis, se ríe del Vargas Llosa que hace deporte. Obviamente, para Bolaño el ejercicio deportivo debió haber sido como una visita a la cámara de tortura. Para mí, esa hora y media es mía, absolutamente mía. Mi esposa Alison practica yoga. De vez en cuando me lleva con ella. Pero rara vez llego a un estado de tranquilidad similar al que se apodera de mí cuando mi cuerpo está en pleno movimiento.
Nunca he pensado mucho mi relación con los deportes. Jugué fútbol de joven en un equipo. Era delantero derecho. No fui muy diestro. Pero siempre me ha gustado ver partidos en televisión. La actitud de espectador la tengo con el béisbol. Tengo dos hijos, Joshua e Isaiah. Ambos jugaron fútbol y béisbol. Yo conocía el vocabulario del fútbol así que teníamos mucho de qué hablar. Pero mi conocimiento del béisbol era nulo cuando llegué a los Estados Unidos, en 1985. Para poder ser su padre, tuve que educarme en esa doctrina deportiva. Curiosamente, a ninguno de los dos le interesa ahora ese deporte. El único que lo sigue soy yo.
El béisbol es como el ajedrez: el movimiento físico es menor que el mental. Hay que pensar cada paso, calcular cada estrategia. Es un deporte para jugadores pobres y espectadores ricos. Claro, esto es un decir porque los jugadores de béisbol, por lo menos muchos de ellos, terminaron ricos. ¿Y los espectadores? No sé si pobres pero sí agotados.
A ti te gusta ver partidos de fútbol en televisión, ¿verdad?
JV: Me gusta más ir al estadio, pero no siempre es posible. Uno de los grandes problemas de la televisión es que sólo se ocupa de la pelota y el futbol también sucede en otras partes. En la pantalla ves sólo el resultado de una jugada que estuvo hecha de fintas, preparativos, huecos que se abrían y cerraban. En el teatro es decisivo ver a los actores cuando no están hablando ni guiando la conversación. El fútbol televisivo sólo capta a los actores cuando hablan, es decir, cuando tienen la pelota. Por otra parte, me gusta mucho –aunque a veces también me repugna- la forma en que un estadio vibra. He ido a partidos en muchos lugares diferentes y siempre me asombra la variedad tribal de los espectadores.
Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 9 años. Para un papá, la manera más fácil de entretener a sus hijos en sus domingos de divorciado es llevarlo al zoológico, al cine o al fútbol. Pero el zoo se acaba pronto, no puedes ir ahí cada semana y no siempre hay cosas buenas con clasificación infantil para los niños. El fútbol, en cambio, te acompaña casi el año entero. El estadio es el sitio en el que veía a mi padre. Él dejó de ir al fútbol cuando yo crecí y esto enfatizó que se trataba de un acuerdo sentimental conmigo, el sitio donde podíamos vernos.
No tuve una familia en forma, pero en el estadio tuve un padre.
Por cierto, mi esposa también hace yoga. A últimas fechas, todas las mujeres interesantes que conozco hacen yoga. De manera sigilosa, se formó una extensa subcultura del yoga. De ahí, mi mujer pasó al budismo y la meditación. Hago algunos ejercicios que ella me pone, para aliviar tensiones musculares, pero no me interesa ir más lejos por una razón profundamente neurótica: odio relajarme. El deporte para mí tiene que ver con cierta dureza e incluso con cierto dolor. No pain, no gain, dice el lema de los gimnasios, digno de un seminario estoico.
IS: Para mí ver un buen partido de fútbol es como presenciar una escenificación excelente de una obra de Shakespeare: aprecio los sonidos, los colores, la armonía física, el espectáculo.
Me gusta escuchar la narración, detenerme en alguna palabra.
JV: El deporte tiene mucho de dramaturgia pero la actitud definitiva del espectador es su disposición a la irracionalidad, su capacidad de asociarse con un mundo previo, primario, ajeno a la sensatez. Una historia de Fontanarrosa lo ilustra muy bien. Me parece que se llama “El viejo y el árbol”.
Un escritor va todas las tardes a ver los entrenamientos de un equipo pobretón, pero que, por lo visto le interesa. Un muchacho que lo admira se anima a hablar un día con él y le pregunta cómo es posible que alguien tan sensible pase tanto tiempo viendo partidos que, la verdad sea dicha, no son la gran cosa. “¿Acaso el fútbol es un arte?”, pregunta.
El viejo escritor le responde que el fútbol tiene mucho de teatralidad porque se trata de una fragorosa puesta en escena donde hay escenas sumamente gestuales y donde el público funge de coro griego, de danza por los lances estéticos del cuerpo, de pintura por los colores de las camisetas y el cromatismo del ambiente, de relato porque se busca un desenlace en el que intervienen héroes y villanos.
(EL PAIS CULTURAL)

Juan Villoro e Ilan Stavans jugaron al fútbol, pero dejaron por diferentes razones. Igual es motivo para una conversación a la vieja usanza que Anagrama les publica con el título El ojo en la nuca. Va aquí un adelanto exclusivo. Ambos son mexicanos, y ambos de Ciudad de México. Stavans es ensayista, traductor, cuentista y columnista con más de 30 libros publicados. Es corresponsal de El País Cultural en Estados Unidos. Villoro es sociólogo, traductor, periodista, escritor, guionista de radio y ensayista con varias decenas de libros publicados. Ha colaborado con El País Cultural. En este adelanto del libro El ojo en la nuca (Anagrama), de próxima publicación, dialogan sobre fútbol y literatura:

Ilan Stavans: Hablaste ya del fútbol en uno de nuestros diálogos anteriores. Quiero profundizar en el tema. No solamente en el fútbol sino en los deportes en general. Déjame empezar con una pregunta: ¿jugaste fútbol alguna vez? O más bien, voy a extender esa pregunta: ¿haces deporte diariamente?

Juan Villoro: Jugué fútbol con mucha pasión hasta los 16 años. Pasé por Juvenil AA en los Pumas de la Universidad y luego me probé con la reserva especial. Ya sabía que mis facultades no eran suficientes (lo notas por la forma en que te superan otros compañeros), pero quise constatarlo. A partir de entonces seguí jugando por afición. Me retiré en una cancha de fútbol rápido, cercana al Estadio Azteca, a los 46 o 47 años. Perdíamos por goleada, en un equipo donde todos eran más jóvenes que yo. El equipo contrario hizo un cambio y un jugador veloz rebasó a varios compañeros. Supe que solo podía detenerlo con una falta y le metí una zancadilla. El jugador salió por los aires y cayó aparatosamente. Me entró un apuro enorme de haberlo lastimado, mi instinto depredador se suspendió y fui a socorrerlo. Le tendí las manos para que se incorporara. Casi sin aire, me dijo: “Maestro”. ¡Había pateado a un alumno mío! Fue una lección pedagógica: no podía seguir jugando.

También practiqué el tenis, el ping-pong (mi hermana Carmen fue campeona nacional y viajó a China), el squash y el basquetbol. Durante años corrí en los Viveros de Coyoacán, pero una amiga bailarina me alertó contra mis posibles lesiones en las rodillas. Desde entonces camino mucho. Es algo que siempre me ha gustado y que nunca vi como ejercicio. Voy como un zombi por la ciudad, sin reconocer a las personas, como si caminara más por mis pensamientos que por la calle. Lo significativo es que no sé en qué pienso. Es un deporte Zen.

Por la energía y la velocidad con que contestas los correos electrónicos imagino que tú corres todas las mañanas o te entrenas en un gimnasio. ¿Me equivoco?

IS: Eres de una inteligencia aguda, Juan. Sí, corro todos los días, de 7 a 8:30. Bolaño, en Entre paréntesis, se ríe del Vargas Llosa que hace deporte. Obviamente, para Bolaño el ejercicio deportivo debió haber sido como una visita a la cámara de tortura. Para mí, esa hora y media es mía, absolutamente mía. Mi esposa Alison practica yoga. De vez en cuando me lleva con ella. Pero rara vez llego a un estado de tranquilidad similar al que se apodera de mí cuando mi cuerpo está en pleno movimiento.

Nunca he pensado mucho mi relación con los deportes. Jugué fútbol de joven en un equipo. Era delantero derecho. No fui muy diestro. Pero siempre me ha gustado ver partidos en televisión. La actitud de espectador la tengo con el béisbol. Tengo dos hijos, Joshua e Isaiah. Ambos jugaron fútbol y béisbol. Yo conocía el vocabulario del fútbol así que teníamos mucho de qué hablar. Pero mi conocimiento del béisbol era nulo cuando llegué a los Estados Unidos, en 1985. Para poder ser su padre, tuve que educarme en esa doctrina deportiva. Curiosamente, a ninguno de los dos le interesa ahora ese deporte. El único que lo sigue soy yo.

El béisbol es como el ajedrez: el movimiento físico es menor que el mental. Hay que pensar cada paso, calcular cada estrategia. Es un deporte para jugadores pobres y espectadores ricos. Claro, esto es un decir porque los jugadores de béisbol, por lo menos muchos de ellos, terminaron ricos. ¿Y los espectadores? No sé si pobres pero sí agotados.

A ti te gusta ver partidos de fútbol en televisión, ¿verdad?

JV: Me gusta más ir al estadio, pero no siempre es posible. Uno de los grandes problemas de la televisión es que sólo se ocupa de la pelota y el futbol también sucede en otras partes. En la pantalla ves sólo el resultado de una jugada que estuvo hecha de fintas, preparativos, huecos que se abrían y cerraban. En el teatro es decisivo ver a los actores cuando no están hablando ni guiando la conversación. El fútbol televisivo sólo capta a los actores cuando hablan, es decir, cuando tienen la pelota. Por otra parte, me gusta mucho –aunque a veces también me repugna- la forma en que un estadio vibra. He ido a partidos en muchos lugares diferentes y siempre me asombra la variedad tribal de los espectadores.

Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 9 años. Para un papá, la manera más fácil de entretener a sus hijos en sus domingos de divorciado es llevarlo al zoológico, al cine o al fútbol. Pero el zoo se acaba pronto, no puedes ir ahí cada semana y no siempre hay cosas buenas con clasificación infantil para los niños. El fútbol, en cambio, te acompaña casi el año entero. El estadio es el sitio en el que veía a mi padre. Él dejó de ir al fútbol cuando yo crecí y esto enfatizó que se trataba de un acuerdo sentimental conmigo, el sitio donde podíamos vernos.

No tuve una familia en forma, pero en el estadio tuve un padre.

Por cierto, mi esposa también hace yoga. A últimas fechas, todas las mujeres interesantes que conozco hacen yoga. De manera sigilosa, se formó una extensa subcultura del yoga. De ahí, mi mujer pasó al budismo y la meditación. Hago algunos ejercicios que ella me pone, para aliviar tensiones musculares, pero no me interesa ir más lejos por una razón profundamente neurótica: odio relajarme. El deporte para mí tiene que ver con cierta dureza e incluso con cierto dolor. No pain, no gain, dice el lema de los gimnasios, digno de un seminario estoico.

IS: Para mí ver un buen partido de fútbol es como presenciar una escenificación excelente de una obra de Shakespeare: aprecio los sonidos, los colores, la armonía física, el espectáculo.

Me gusta escuchar la narración, detenerme en alguna palabra.

JV: El deporte tiene mucho de dramaturgia pero la actitud definitiva del espectador es su disposición a la irracionalidad, su capacidad de asociarse con un mundo previo, primario, ajeno a la sensatez. Una historia de Fontanarrosa lo ilustra muy bien. Me parece que se llama “El viejo y el árbol”.

Un escritor va todas las tardes a ver los entrenamientos de un equipo pobretón, pero que, por lo visto le interesa. Un muchacho que lo admira se anima a hablar un día con él y le pregunta cómo es posible que alguien tan sensible pase tanto tiempo viendo partidos que, la verdad sea dicha, no son la gran cosa. “¿Acaso el fútbol es un arte?”, pregunta.

El viejo escritor le responde que el fútbol tiene mucho de teatralidad porque se trata de una fragorosa puesta en escena donde hay escenas sumamente gestuales y donde el público funge de coro griego, de danza por los lances estéticos del cuerpo, de pintura por los colores de las camisetas y el cromatismo del ambiente, de relato porque se busca un desenlace en el que intervienen héroes y villanos.

(EL PAIS CULTURAL)







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