El hombre fue enviado a prisión preventiva por 180 días

«Yo de las rejas salgo, pero vos del cajón no»: la odisea de una mujer que evitó un femicidio

Hija de puta, me las vas a pagar», le gritó a la mujer quien había sido su marido durante 14 años. Estaba parado enfrente y sostenía un cuchillo de cocina de 30 centímetros de largo.

Ella se había levantado –eran las cinco de la mañana de este domingo– porque había escuchado los ruidos que generó el hombre al romper la puerta de la casa en donde ambos vivían hasta hacía pocos días, en Cerrito de la Victoria. El 11 de setiembre, ella tomó coraje y denunció la pesadilla que había sufrido hasta entonces.
«Durante años ejerció violencia física y psicológica», relató la fiscal del caso, Sandra Boragno, durante una audiencia en la tarde de este lunes en la que la Justicia imputó al agresor de un delito de femicidio en grado de tentativa. «Recién se decidió el 11 de setiembre a formularle una denuncia porque le tenía mucho miedo», siguió diciendo Boragno. La perseguía, le controlaba el celular y le revisaba todas sus pertenencias.
Sentado en una mesa a su costado, acompañado de la abogada defensora Andrea Bravo, el acusado escuchaba ahora sin inmutarse los detalles de lo que hizo aquella madrugada. Vestía un pantalón deportivo roto y sucio, una campera en iguales condiciones y championes desatados.
Un ataque en la madrugada y una llamada al 911 que evitó la tragedia
Luego de insultarla, y de que la mujer intentara calmarla, él la agarró de las solapas y comenzó a agitarla. No lo conmovió la súplica de su hija de 14 años que estaba durmiendo con su madre y que se despertó de golpe para detener el ataque. «Le suplicaba que dejara a su madre, que la iba a matar», contó Boragno.
La mujer también intentaba tranquilizar a su esposo –estaba en trámite el divorcio– diciéndole que al final había dejado sin efecto la denuncia, pero no había caso: en medio del forcejeo, él logró sujetarle la cabeza y lastimarle el cuello con el cuchillo. Acto seguido, dejó el arma y agarró un machete y arrastró a la víctima por la casa: la empujaba contra todos los muebles. «No hay vuelta de hoja; estoy jugado», le gritó. «Yo de las rejas salgo, pero vos del cajón no», le volvió a gritar.
El imputado mantenía la misma expresión en la audiencia dijera lo que dijera la fiscal: alternaba su mirada entre un punto fijo y los ojos de Boragno, y en alguna que otra vez murmuró algo a su abogada, con voz grave y potente. Tenía la mano izquierda enyesada, y la derecha con una vía intravenosa.
La hija de ambos, ya desesperada, le dijo esa noche a su padre «que si no paraba iba a llamar a la Policía». Y como no paró, sacó su celular y comenzó a marcar. Su padre le gritó que no se metiera, que el asesinato de su madre no era asunto suyo.
La mujer vio en ese momento una oportunidad, y aprovechó esa distracción. Intentó escapar, descalza, hacia el jardín.
La siguiente escena es la que vio la policía al llegar, cerca de tres minutos luego de que la adolescente llamara el 911.
En el frente de la casa había un árbol hasta donde quería llegar la mujer porque el portón que daba a la vereda estaba cerrado con llave . Finalmente, pese a ser derribada por su expareja, llegó hasta el árbol y comenzó a correr en círculo, algo protegida por sus dos perros, que al creer que los adultos estaban jugando saltaban y se interponían entre ambos, obstaculizando el ataque.
Pero él, que la corría de atrás lanzando estocadas –la mayoría hacia el aire– logró alcanzarla: le asestó la hoja del machete en la pierna izquierda de su víctima, aunque no la hirió de gravedad.
Fue entonces que llegaron dos policías y dieron enseguida la voz de alto, pero él, de nuevo, hizo oídos sordos, hasta que desistió del ataque y escapó hacia dentro de la casa –su hija ya estaba en el jardín.
El hombre esperó a los policías armado otra vez con su cuchillo y, cuando entraron, los atacó. Los funcionarios realizaron unos pocos disparos en dirección a sus piernas, hasta que lograron detenerlo.
(EL OBSERVADOR)