El niño que llevamos

Cuando era niño me gustaba cantar. Por supuesto que no lo hacía bien, pero para mí, sonaba fantástico. Recorría el barrio y me paraba en la esquina, cantaba “Sentados al cordón de la vereda…bajo la sombra de algún árbol bonachón…”, y seguía. En realidad era una canción que escuchaba mucho en la radio de la época, hablo del año 85, yo tenía 6 años. Pobres los vecinos, ellos hacían como que les gustaba mi canto, pero ahora los entiendo, cuando mi hijo hace algo yo lo aplaudo, él queda contento, a mi me parece gracioso y todos felices. Ahora que lo pienso ellos querían ser buenos conmigo y me aguantaban cualquier cosa.niño
Me gustaba charlar con todos, contarles cosas y que ellos me las contaran a mi. Y me llevaba bien con cada uno. No concebía no saber quién vivía en la cuadra de mi casa o enfrente, y tenía un trato muy cercano con todos, desde los más grandes hasta los más chicos. Quizás haya sido la ausencia de tíos y primos lo que me llevó a eso, ya que en esta ciudad solamente vivíamos con mis padres y no teníamos parientes, no lo sé. Pero esa relación cálida con la gente fue la que me marcó mucho en mi niñez.
En esa etapa de mi vida tuve de todo, desde la barra con la que jugábamos en el campito detrás del oratorio de la Virgen de Fátima, en la esquina de Cervantes y Morquio, donde todas las tardes después de la escuela y sobre todo en verano se desarrollaban los campeonatos más intensos de fútbol que uno se pudiera imaginar, hasta el Tablado del Club Huracán y el movimiento cotidiano de una zona signada por los comercios, talleres mecánicos y bares que juntaban a personajes ilustres como Cacho La Bandera y hasta en alguna oportunidad al mismísimo Pepe Guerra.
Allí transcurrió mi infancia, entre los amigos del barrio, la escuela pública más cercana, el liceo donde trabajó mi madre, lugar al que mi sentido de pertenencia me llevó a que trabajara mucho por la institución siendo estudiante de la misma y así, siendo extrovertido, alegre y tratando de ser cariñoso con los demás, fui creciendo.
Después vino la difícil etapa de la adolescencia, cambio de barrio y entonces el escenario se modifica, la gente se transforma, ya no es la misma, somos otras personas y nos vamos transformando de a poco. Pero no puedo evitar decir que tuve una infancia rodeada de familias y amigos, tuve la oportunidad de estudiar, un techo y un plato de comida en la mesa. El resto tenía que ponerlo yo.
No me acuerdo si me regalaban mucho o poco en los días festivos como el de ayer, porque eso era otro cantar. Éramos cuatro hermanos, padres funcionarios públicos y encima en una época donde reclamar estaba mal visto y en vez de hacer efecto en las autoridades de turno hacían como que nada pasaba, por lo cual a los sueldos no se les podía llamar ni eso. Y los tiempos cambiaron.
A veces uno se pregunta ¿qué queda de aquel niño que creció cantando en la esquina del barrio con el grupo entero de gente tomando mate y alentando? Y queda lo que hemos construido por nosotros mismos en nuestro ser. Lo que hayamos forjado como manera de pensar, la ideología que por convicción elijamos predicar y cumplir como modo de vida.
Nos queda la inocencia de creer en algunas cosas que aún nos dicen como promesas mucha gente, nos queda la ingenuidad de no saber muchas cosas que le dan sentido a lo que somos y hacemos, pero también el aprendizaje de que no todo aquel que te sonríe te está diciendo la verdad, te está alentando y está tratando de ser tu amigo.
Porque al crecer también se aprende que la vida es lo que nosotros queramos que sea. Que el camino que hacemos es lo que nos determina como personas y lo que nos construye diariamente, somos nosotros mismos los arquitectos de nuestro destino, somos los que decidimos dar cada paso y hacer del mismo la vida que llevamos.
Aunque hay algunos que no tienen la chance de elegir y esos son los niños que hoy navegan en la pobreza en este país, que aún los hay y son muchos y donde la política de asistir a merenderos y darle dinero a organizaciones no gubernamentales o asociaciones civiles que se encarguen del tema, no soluciona el problema, sino que termina aumentando el drama, porque a más asistencialismo la gente que vive en condiciones de pobreza, se aferra a esa ayuda del Estado y no se inserta en la sociedad, generando además una carga que se termina trasladando mentalmente a la generación más próxima.
Cuando vemos a esos niños pobres en las calles, solos, abandonados, pidiendo monedas como los que pueden verse todos los días en el centro de la ciudad y en la zona del Shopping y Terminal, uno piensa quién les enseña a ellos que pueden elegir su camino y salir adelante por sí mismos, si llegan a tener padres que les permiten encontrarse en ese estado de desesperación. Esos niños no los vemos llegar a la escuela, ni siquiera con la mochila más humilde y los cuadernos más baratos del mercado, sino que deambulan de un lado a otro y convierten su vida en ausentismo permanente, vacuidad y carencia de valores, y cuando ellos crecen ¿qué nos queda?
Ayer fue el Día del Niño en nuestro país y afortunadamente la gran mayoría de ellos pasaron bárbaro, con sus familiares al lado y disfrutando de juguetes nuevos. Otros no la pasaron tan bien, por la ausencia de algunos de sus padres y por la falta de oportunidades de estar en un hogar tranquilos y con el apoyo familiar.
Pero también están los que teniendo el mismo derecho a la libertad que los que mencionamos antes, el mismo derecho que cualquiera a caminar por su barrio, a ir a la escuela, a jugar en la plaza y a salir a la vereda cuántas veces quieran, conviven con sus madres en un clima carcelario que nada bien les hace. Pero el hecho es que están ahí para ayudarlas a ellas y no al revés, al menos el sistema está planteado en esos términos. Pero ellos que pueden estar jugando a la pelota, están en el patio de una cárcel.
Quizás esos niños no hayan tenido un feliz día porque solamente se les dio un juguete, que está muy bien que ello ocurra y nadie lo discute, pero no se les cuidó adecuadamente y en el lugar en el que están corren el riesgo de que se les sean vulnerados todos sus derechos. Y eso si sucede es grave, pero más grave es el ausentismos del Estado en la lucha por políticas nuevas que cambien de una buena vez esta realidad que estamos viviendo.
Ojalá que el niño que llevamos dentro con esos recuerdos nos hagan hacer cosas alocadas por un día como por ejemplo ayudar al de al lado, tener un gesto de cariño hacia el vecino y querer evitar con nuestras acciones, sobre todo si estamos en puestos claves, algunos hechos que hagan que ellos sufran como nosotros temimos hacerlo en algún momento.
Y ahí volvemos al sentido de ingenuidad que teníamos cuando éramos niños, el de esperar que los que tienen que hacer algo y pueden transformar las cosas realmente se ocupen y lo hagan. Pero después nos acordamos que al final todos somos adultos y que el mundo no es así, entonces pensamos en ellos, los abrazamos, sentimos a nuestro niño interior y se nos vuelven a caer las medias.

Hugo Lemos







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