El Orgullo de ser Cuevas

Con Gabriel Cuevas, padre del mejor tenista uruguayo de la historia

Cuando uno pasa por la esquina de Brasil y Viera, hay un kiosco en el que ocasionalmente pudo haber ingresado alguna vez a comprar o algo, o por el contrario ser asiduo comprador. Al tratar con el comerciante del lugar, uno ve a un hombre alto, corpulento, de voz ronca y que te recibe con la amabilidad típica de todo kiosquero, pero que está imbuido un poco más que el resto en las cosas que pasan en el deporte internacional, sobre todo en el tenis. Ese 22 8 16 010hombre de bigote largo y ojos azules es Gabriel Cuevas, padre del mejor tenista de la historia del país por los logros y posiciones alcanzadas hasta la actualidad, Pablo Cuevas.
Casado con la salteña Lucila Urroz Barrera, a quien conoció en Concordia de donde es oriundo, tiene el “orgullo” de ser padre de dos de los mejores tenistas que ha dado el deporte uruguayo, Pablo y Martín “Bebu” Cuevas. Se ríe de que discutan si su hijo es argentino porque nació en Concordia y se crió en las dos orillas, “Pablo siente la celeste como nadie” dice y admite que le hicieron guiños desde Argentina, pero prefirió su tierra materna y aunque es un poco de los dos lados, no duda en “pelear por Uruguay”. Con Gabriel Cuevas, exfuncionario de Aerolíneas Argentinas, sindicalista y secretario político en Entre Ríos, hoy devenido en comerciante salteño en las Diez Últimas de la Última.

Más allá de su situación actual ¿Usted está muy vinculado a Salto desde siempre?
Nací en Concordia, mis padres son de allá y crecí y viví allí siempre. La conocí a Lucila (Urroz) mi mujer, en la Facultad, donde ella estudiaba Economía en Concordia. Bueno, nos pusimos de novios y ella si bien se recibió de Contadora allá, trabajaba en una de las Obras Sociales más grandes de Entre Ríos, que era la de los empleados rurales. Y aparte tenía el estudio allá y después dejó todo. Mientras tanto yo estaba en Aerolíneas Argentinas cuando era del Estado, hasta que después se privatizó. Nuestros hijos nacieron en Concordia pero vivieron en las dos orillas, porque los abuelos maternos estaban acá en Salto.

¿Viviste épocas conflictivas con tu trabajo en Argentina?
Sí, yo era Secretario Gremial del Departamento de Personal Aeronáutico de Aerolíneas Argentinas y al estar en el sindicato hubo un tiempo que vivía en Buenos Aires de lunes a viernes. Cuando empezaron las privatizaciones en la época de Menem comenzaron a intensificarse los conflictos, y hasta nos intervinieron el sindicato. Entonces se acentuó el hecho de que yo estuviera en Capital (Buenos Aires) y viniera poco. A Pablo prácticamente no lo disfruté de chico, porque yo venía los fines de semana a Concordia o veníamos para Salto, pero estábamos allá prácticamente. A Martín sí porque ya lo agarré en otra etapa.

¿Y cómo terminó ese conflicto?
Con las privatizaciones empezaron a desaparecer un montón de escalas, entre ellas la de Concordia. Y bueno, no me podían echar, además yo estaba en el sindicato, pero negocié un retiro voluntario y me terminé yendo. En esa época los gurises eran chicos todavía y como a Pablo prácticamente no lo había disfrutado nunca, me dije, pucha, tanto sacrificio ¿vale la pena? (La conversación se interrumpía a cada rato por clientes que ingresaban al lugar)

¿Después qué rumbo tomaron como familia?
Bueno, ganó el radicalismo en Argentina con De La Rúa y como yo siempre fui Radical, ganamos en la Provincia de Entre Ríos y fui de Secretario Político del Presidente de la Cámara de Diputados Provinciales, pero estuve tres o cuatro meses y cuando vi que las cosas se complicaban y que no estaban bien, decidí irme. Fue un poco antes de la gran crisis pero eran momentos difíciles. Y le dije a Lucila ‘vámonos de acá’. Y nos vinimos para Salto, pero la idea era irnos a la costa este.

¿Pero por qué se quedaron en Salto?
Anduvimos cerca de Atlántida, nos gustaba mucho la zona y queríamos quedarnos allá. Pero el tema era que nos complicaron con las garantías para alquilar, no servía la garantía de Salto, y nos pidieron mil cosas. Aparte fue el peor año, porque después cayó De La Rúa, no hubo ni un solo argentino que viniera a veranear al este, así que en cierta medida nos salvamos, porque fueron temporadas muy malas. Eran épocas complicadas, además había fallecido mi suegra y estaba solo mi suegro y él se empezó a complicar de salud y nos terminamos viniendo para Salto.

¿Y una vez en Salto qué hicieron?
Nos instalamos en la casa de los padres de Lucila, ella es hija única entonces teníamos que estar nosotros sí o sí. Su padre tenía un bazar en la esquina que se llamaba Rebelión en Uruguay y Córdoba, y más abajo está la casa. Ahora el local está alquilado, pero la casa está igual que es donde vivimos nosotros.

¿Pablo y Martín ya estaban adaptados al medio?
Sí, pero ellos prácticamente ya estaban acá más que nosotros.
Es más, Pablo se instaló definitivamente en Salto con 14 años y nosotros queríamos irnos al sur porque él ya jugaba al tenis y estaba yendo a Montevideo. Pero bueno, al final las cosas salieron así y nos quedamos.
Él pasaba todo el día jugando en el Club Regatas en Concordia y se fue vinculando, en ese momento nos conectamos con el Club Remeros porque había un primo de Lucila que estaba con el tenis y le dijimos que Pablo había jugado los torneos provinciales y siempre los ganaba y que quería probar acá. Y empezó, pero la historia es conocida, venía en la lancha con la bicicleta al hombro y después cruzaba el río con el kayak y llegaba hasta el Remeros, tenía mucho tesón y esa es una virtud.
Y de ahí lo llevamos a Montevideo y jugó un torneo que nos pidieron que lo lleváramos para que lo vieran, todavía vivíamos en Concordia, y él ganó allá y se quedó a jugar en Uruguay, que era lo que él quería.

¿Tuvo un buen recibimiento?
No, mirá, él con Felipe Macció presentaron un montón de proyectos y nunca les dieron un peso, no les dieron ni bolilla. Con 15 años se fue a Río de Janeiro, porque Felipe tenía un amigo en Brasil, venía de salir tercero en un Mundial y estaba buscando esponsorizaciones y tampoco le dieron nada. Por eso me enojo con los de la Asociación de Tenis del Uruguay que ahora pasan hablando, pero nunca le dieron un mango, ni lo apoyaron. Y estuvo a punto de dejar el tenis por falta de apoyo, pero se fue a jugar un torneo a Rosario (Argentina) y lo vio un hombre allá que se interesó por él y terminó siendo su esponsor.

Cómo su padre, estando muchas veces lejos, al prender la televisión y que se hable de tu hijo ¿que le pasa por la cabeza?, ¿está orgulloso, se siente parte de ese proceso? ¿se cuida para que no hablen de usted como el padre del tenista internacional Cuevas?
Yo estoy con él todo lo que puedo, lo acompaño, sigo paso a paso su carrera y me enojo cuando escucho periodistas que hablan de más. Yo trato de mantener una conducta lo más prolija que puedo, porque la gente te ve y mañana dice ‘el padre de Pablo Cuevas esto o aquello’, por él sobre todo y por nuestra familia. Creo que por ahora voy bien (se ríe).

El diario El País de España se refería a su hijo hace pocos días como el ‘argentino’ Pablo Cuevas ¿cómo lo toma usted a esto de las nacionalidades?
No nos preocupa ni le damos bolilla a ese tema. A Pablo el entrenador del equipo argentino me ha dicho que él le haría falta, pero Pablo eligió jugar por Uruguay pudiendo jugar también por Argentina. Él siente la camiseta y Martín tiene su forma de pensar también, nosotros no nos metemos en eso. Pero lo más importante es que sean humildes y para mi, que les digan uruguayo o argentino no me importa, lo que me importa como padre, es cuando me felicitan porque los ven sencillos y buenas personas (se emociona) eso es lo más valioso.
Y estoy orgulloso más de eso que de cualquier otra cosa.







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