El placer sometido

El viejo encono del clásico de Uruguay y Argentina, tenue y moribundo. Tanta gente en las tribunas del Centenario testigo de duelos épicos y memorables, a esta versión del jueves a la noche, sin éxtasis de talentos en acción, con el desprecio por la pelota y el mal acechante de no jugar. El placer fue sometiéndose, en medio de la estrategia mezquina, avara, amarreta.
Casi insolente.
El nuestro salteño Cavani, romperedes genial en Europa a partir de voleas, tijeras, frentazos, gambetas y todo lo que le venga en ganas a su repertorio de luces encendidas, a este que llegó y vimos: el de marca, el de lucha, el de destrucción, jugando a 70 metros del arco rival, lejano a esa geografía donde expone el mágico caudal de su fútbol casi señorial. Tabárez lo convoca para que Edinson Cavani marque, luche y destruya ambiciones contrarias. De no creer.
Claro, que en esto del fútbol, se alinean los dos argumentos paralelos: los que solo apuntan a la tabla «y a sumar como sea, porque eso es lo que importa» y quienes se asocian a la tesitura de que el fútbol DEBE RESULTAR UN ESPECTÁCULO, desde el talento, el estallido técnico, la destreza individual y el concepto colectivo, para que el común de la gente no deje de creer en ese ingobernable placer de jugar, jugar y jugar.
¿NO PODER O NO QUERER?
El tedioso 0 a 0. Dos o tres situaciones más o menos próximas al gol. Los ultra defensores. Los ultras sistemas para que el rival no juegue. Y entonces ninguno de los dos jugó.
El montaje en una dirección y ese desprecio por el intento que ni siquiera fue intento, por obra y gracia de la medianía incolora.
Se asemejó a un pacto de no agresión. Hasta los que más saben en la mayoría de los casos, fueron remolones para explotar en alguna aventura del querer. Suárez más expuesto a las relaciones públicas con su amigo Messi, que a regalarle a sus coterráneos salteños, una diabólica aventura del pistolero esta vez, sin balas en la recamara.
EL PROCESO COMO BANDERA
A través de los medios al alcance, aquí también por estos lares «naranjeros», abrimos el cauce de la reflexión sobre lo vivido. Y no hay caso con eso de las líneas paralelas: los asociados al «proceso» a capa y espada, y los que descubren las manos vacías y la ilusión que se fue marchitando por esos 90 minutos, con el fútbol enjaulado, prisionero. Pero también huérfano.
Lo volvieron huérfano… ¡aunque no faltan los que avalan esa «lógica de los hechos», porque el futuro es lo que importa y con el «proceso» siempre como bandera!.
Aunque el «proceso» no sepa mucho de medir consecuencias emocionales o estéticas. Y menos en casos como estos, con los argentinos enfrente y ese acto de manifiesta hermandad en la cancha, sin margen siquiera para la fantasía de alguna gambeta.
No hay caso: es el mandato de la tabla. Es el imperio de los números.
El «proceso» da las cartas y nunca entenderá el quijotesco placer de simplemente jugar.
El «proceso» se alinea: es solo un negociante más. Tramita y ejecuta: cumple su rol.
Lejos de la gente. De tanto pueblo desplumado en el tiempo, con su mueca a cuesta, demacrada. Siempre. Y siempre.
-ELEAZAR JOSÉ SILVA-