El reglamento “chicle”

Más allá de designaciones de árbitros. De la ahora polémica composición del Colegio de Jueces de la Liga Salteña de Fútbol. Del manejo que hizo Marcelo Díaz en esos minutos finales del partido Universitario-Salto Uruguay, convalidando un córner que pudo evitar según tantos interpretan, para cortar de cuajo la duda y evitar derivaciones.
Más allá de todo, un factor-razón golpea la puerta: la tendencia mayoritaria de los árbitros, de transformar el reglamento en un perfecto “chicle”. Lo tornan manuable a la circunstancia, lo flexibilizan en función del trámite. Lo rescatan, o a la papelera. La teoría se vuelve traición y la práctica, una cuestión a veces antojadiza. Si el reglamento es uno, ¿cómo puede ser que entre un árbitro y otro, surja tanta abrumadora diferencia en la aplicación?
La mayoría de los jueces, no admitirán el valor de la crítica y entonces ellos tampoco se propondrán la auto-crítica. Y como no hay auto-crítica, mandan las convicciones a media asta y el error se vuelve pecado capital.
Claramente: o se jerarquiza la misión de los árbitros o los árbitros (la mayoría) terminarán adheridos al brote de la mismísima mediocridad. Que les quede constancia.
-ELEAZAR JOSÉ SILVA-

Más allá de designaciones de árbitros. De la ahora polémica composición del Colegio de Jueces de la Liga Salteña de Fútbol. Del manejo que hizo Marcelo Díaz en esos minutos finales del partido Universitario-Salto Uruguay, convalidando un córner que pudo evitar según tantos interpretan, para cortar de cuajo la duda y evitar derivaciones.

Más allá de todo, un factor-razón golpea la puerta: la tendencia mayoritaria de los árbitros, de transformar el reglamento en un perfecto “chicle”. Lo tornan manuable a la circunstancia, lo flexibilizan en función del trámite. Lo rescatan, o a la papelera. La teoría se vuelve traición y la práctica, una cuestión a veces antojadiza. Si el reglamento es uno, ¿cómo puede ser que entre un árbitro y otro, surja tanta abrumadora diferencia en la aplicación?

La mayoría de los jueces, no admitirán el valor de la crítica y entonces ellos tampoco se propondrán la auto-crítica. Y como no hay auto-crítica, mandan las convicciones a media asta y el error se vuelve pecado capital.

Claramente: o se jerarquiza la misión de los árbitros o los árbitros (la mayoría) terminarán adheridos al brote de la mismísima mediocridad. Que les quede constancia.

-ELEAZAR JOSÉ SILVA-