El salteño Jorge Menoni acaba de publicar su última novela en Holanda

Hoy por: Jorge Pignataro

Titulada “El cazador de eternidades”

7Acaba de publicarse en Holanda la novela titulada “El cazador de eternidades”, del salteño (radicado desde hace más de treinta años en aquel país) Jorge Menoni. A pocos días de haberse estrenado en varias ciudades europeas la Ópera Carlitos Sur, también de su autoría, esta nueva publicación significa otro importante eslabón en la ya reconocida trayectoria del escritor coterráneo.

A continuación compartimos con los lectores de EL PUEBLO un comentario escrito por el profesor Leonardo Garet sobre esta nueva novela, así como el primer capítulo de la misma.

EL COMENTARIO:

“El cazador de eternidades” se llama el último libro publicado por Jorge Menoni, con prólogo de Raúl Rossetti (Colección Revista Ámsterdam Sur, 2011). No se trata, sin embargo, del último que escribió su autor porque este libro no es otro que “El cazador de instantes”, premiado en el 2001 en el Concurso de Ediciones de la Banda Oriental y con posterioridad publicó El primer día del mundo, en el tomo 19 de la Colección de Escritores Salteños, 2009). “El cazador…” es la segunda novela de Menoni; la primera fue “El cementerio universal de los vivos”, 1987.

“El cazador de eternidades” es un  libro de búsqueda espiritual, pero no de los que siguen orientaciones religiosas, o metafísicas. Lejanamente recuerda algunos momentos de Siddhartha, de Hermann Hesse, pero en realidad el personaje Julio es un cazador en pleno descampado, un puro fluir de razonamientos y percepciones, con una historia personal apenas perfilada. Tampoco espera que el futuro le brinde respuestas. Julio se confunde con el narrador y vive, o se mira vivir, mirando el pasado, intentando localizar lo valioso e intransferible que aparezca como una revelación del sentido de la vida, una especie de testamento primario. Entre Ámsterdam, Venecia y el Termal, con personajes de distintas dimensiones, los de ficción y los referentes personales del personaje, Jorge Luis (Borges) y Norma Jean (Marylin Monroe), la cacería de instantes apunta  al “aleph” que permita comprender toda la vida.

Me permito puntualizar unas “Instrucciones para leer El Cazador de eternidades”:

1.- Acostarse.

2.- Disponer que ninguna persona o situación pueda requerirnos.

3.-Creer en la necesidad perentoria de encontrarle sentido a la vida y en que esa búsqueda puede sustituir lo real.

4.- Creer en que nunca se pertenece por entero a un lugar.

5.- Creer que las personas forman un difuso cortejo en el que a veces participamos.

6.- Leer cada oración como si fuera un verso.

7.- Cerrar los ojos para permitir que el cazador nos indique los lugares de nuestra propia cacería. 

Leonardo Garet

EL CAPÍTULO 1:

En la calurosa noche anterior a su regreso al Termal natal, bajo una lluvia apresurada, Julio salió a perseguir instantes.

El primero que se le presentó surgió, inapreciable a primera vista, del ojo de cristal de un bar nocturno de la calle del Príncipe, en Ámsterdam.

Sin embargo, le bastó con despojarse de toda lógica cotidiana para que el bar, pequeño y olvidado, se manifestara.

Fue entonces cuando los vio a todos ellos como una sola persona, sentados en el interior de ese recinto geométrico, confundidos entre las cosas imprevistas. Y vio, también, el rostro de un ángel femenino grabado en una medalla de plata, una cruz verde con flores anónimas y un testamento perdido, u olvidado, que contendría una historia personal cualquiera.

Incapaz de comprenderlo, o de fijar su atención en figura alguna, Julio perdió la noción del tiempo.

Simultáneamente, le vinieron recuerdos de escenas nunca vividas que, inexplicablemente, reconoció de inmediato pues cada instante lo contenía.

No se engañaba; allí, junto a él, estaban Norma Jeans, Jorge Luis, Mariel y Alejandra.

Los miró dos veces: una vez para poseerlos, otra vez para olvidarlos.

Sin poder saber con certeza en qué momento de su historia singular debía ubicar este suceso repentino, le invadió un profundo dolor. El dolor de la imposibilidad, el dolor de sus cuarenta años, el dolor de las cosas que amó, ese vínculo irreparable que la humillación del tiempo apagó y que ya había comenzado a perturbarle.

Con alivio, con vergüenza, comprendió que no podía saber, ni lo sabría siquiera mucho tiempo después, si el bar existió realmente.

Quizá lo que ocurre es que este bar sólo es un centro embrujado a partir del cual puedo prefigurarme o destruirme – le susurró una voz apagada, su propia voz interior.

Queriendo interpretar las visiones distorsionadas provenientes de cada instante de asombro fugaz que encontraba, cometió el error de intentar atraparlos y sus manos simplemente poblaron el vacío del bar.

A lo largo de la noche, por despecho, cada vez que insistía en su alocada persecución, ellos, unas veces se alejaban, otras veces se quedaban quietos, en silencio, cobijados detrás de la envoltura ilusoria de sentirse meros espectadores en su búsqueda.

La mayoría de las veces, por delicadeza o por gratitud, durante un tiempo breve, caminaban a su lado confundidos bajo la mejilla de la lluvia, acompañándolo en su desacertada obstinación, para luego desaparecer con una repentina indiferencia por todo.

Jorge Menoni