El Tíbet en Montmartre

“El tiempo había arramblado con todo” dice el narrador en la traducción más reciente de Patrick Modiano. La hierba de las noches (L’herbe des nuits, 2012), continuidad de una saga no declarada de casi treinta novelas.Decir que el tiempo arrambla con todo parece muy vallejiano, aunque los sentidos que le dan el colombiano Fernando Vallejo y el francés son tan distintos como sus modos literarios de ir a la búsqueda del tiempo perdido. En Vallejo la revisión de los lugares del pasado se da como un encuentro fallido donde al rescatable ayer lo suplantó un presente deplorable. Para este nuevo Proust que reedita sobre magdalenas menos románticas y sin pretensión de abarcarlo los fragmentos del pasado, es el regreso a un no-lugar en busca de identidades que estuvieron tan perdidas ayer como hoy, y donde es preciso comenzar con un “Pues no lo soñé” para no tener que suscribir con pesadumbre el aserto de que “la vida es sueño”. Entre esa novela y la última recién salida en su país (Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier, Gallimard, 2014) Modiano se hizo con el Premio Nobel de Literatura, que por decimoquinta vez va a parar a Francia. La justificación de la Academia sueca para otorgarle la distinción es la genérica; un poco impersonal, algo vaga y bastante reductora: “Por su arte de la memoria con la que ha evocado los más inasibles destinos humanos y descubierto el mundo de la Ocupación”. Parece un tuit.
MARIPOSAS
EXTRAVIADAS
Modiano nació el 30 de julio de 1945 en Boulogne-Billancourt, a orillas del Sena y al otro lado de París. Su madre era una actriz modesta, nacida en Amberes, y la cortante descripción filial que hace de ella cabe en una frase de su novela Un pedigrí (Un pedigree, 2005): “era una chica bonita de corazón seco”. Así describe a esa mujer desaprensiva capaz de comprarse un chow-chow y abandonarlo al punto de que el perrito se suicida tirándose por la ventana. Sin duda experiencias de ese tipo abonan el paisaje literario y Modiano no desaprovechó la oportunidad de compararse con el chow-chow y proclamar que él mismo es “un perro que hace como que tiene pedigrí”. En vez de suicidarse se dedicó a escribir, único trabajo de su vida. En esa novela Modiano narra la convivencia tormentosa de sus padres, signada por el distanciamiento, problemas económicos y cierta connivencia con el régimen colaboracionista durante el gobierno de Vichy; habla de su malogrado hermano Rudy (1947-1957), y de su propia y larga experiencia en internados llenos de muchachos sin futuro. Como autobiografía más o menos explícita (y no será la única). Un pedigrí contiene confesión y catarsis y al mismo tiempo la aspereza de un acta notarial. Condensa el “estilo” Modiano: un hombre -un “testigo” mirando al pasado- recorre la ciudad inventariando lugares, personas y relaciones, desde una distancia documental, una prosa parca pero sensibilizadora, un voyeurismo respetuoso y una piadosa indiferencia. Y como al pasar, cada tanto, levanta la isla familiar, no menos anónima e igual de inhóspita. Aquí describe el vínculo con su padre en términos que recuerdan a Kafka por su concentración de desprecio y dolor: “En junio, mi padre y yo nos reconciliamos. Lo veo con frecuencia en el vestíbulo de Hotel Lutétia. Me doy cuenta de que no tiene buenas intenciones en lo que a mí se refiere. Intenta convencerme para que me vaya a la mili ya. Me dice que él en persona se encargará de preparar mi incorporación al cuartel del Reuilly. Finjo que cedo para sacarle algo de dinero, sólo lo preciso para pasar mis últimas vacaciones “de paisano”. A un futuro militar no se le niega nada. Está convencido de que pronto me verá alistado. Tendré veintiún años y se habrá librado ya definitivamente de mí. Me da trescientos francos, el único dinero para mis gastos que me dio en la vida. Estoy tan contento de esta prima que de buena gana le habría prometido alistarme en la Legión. Y pienso en esa misteriosa fatalidad que lo mueve siempre a alejarme: los internados, Burdeos, la comisaría, el ejército…”.
Las últimas cartas entre ellos son de agosto de 1966. Patrick se dirige a su padre con un sarcástico “Mi querido señor” que el escritor de hoy lamenta haber escrito, en tanto Albert lo acusa de mala fe e hipocresía. Días antes se encuentran en un café y heladería y resulta ser -ligera y contundentemente dicho, como con la voz cheeveriana del cuento “Reunión”- la última vez que se ven. Modiano conjetura que si su padre y él se hubieran conocido diez años después no hubieran chocado, uno hablando de literatura y otro de finanzas y un pasado misterioso. Lo cierto es que no hubo ningún reencuentro y eso que el padre murió en 1978, cuando ya Modiano tenía -si bien discreto- un nombre ganado en las letras francesas, y hasta había incursionado en cine, guionando con Louis Malle el filme de éste, Lacombe Lucien (1974). A partir de ahí, su literatura de hombres solitarios vagando por las calles de París, buscando gente e historias desaparecidas, es un cíclico ajuste de cuentas con su orfandad. Por más que sea capaz de definir a esos desconocidos que fueron sus padres con una de sus frases innegablemente poéticas: “Dos mariposas extraviadas e inconscientes en una ciudad sin mirada”.
EL CIELO PROTECTOR
En 1967 Modiano ya era escritor y se sentía “ligero por primera vez en la vida”. París se hizo letra: sus calles, bares, plazas, pensiones, hoteles, garajes, los apellidos de sus guías telefónicas, la masa anónima que lo habitaba y que fue cambiando. Sus narradores registran ese cambio, no tanto desde la mirada nostálgica del ubi sunt, del qué se hicieron, sino desde la mirada interrogativa del qué eran, y del si fueron. Dentro del más puro realismo anecdótico, el pasado está en tela de juicio como si perteneciera al sueño o la fantasía. Lo cubre la incertidumbre.  En otras palabras, más tarde o más temprano las pruebas de que estuvimos aquí desaparecen. Esa pulverización de la evidencia es la que Modiano recoge fragmento a fragmento, acomodándolos en tramas similares con frases periodísticas, cortas, soplos de aire en relatos moribundos. Topógrafo, cartógrafo y estadístico, Modiano anticipa el fenómeno globalizador e investigativo de Facebook, buscando dejar constancia de la experiencia vivida. En qué estás pensando, qué hiciste hoy, qué te gusta, quiénes son tus amigos, etc., una parafernalia de la existencia que llena libretas de olvido. En Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas menciona a Enderby, un personaje de cuatro novelas del inglés Anthony Burgess que viajaba anotando nombres de estaciones y terminaba en un loquero donde finalmente se curaba cuando le cambiaban su propio nombre. El psiquiatra lo ponía así: “Enderby era el nombre de una adolescencia prolongada”. Esa definición encaja en los paseantes de Modiano, que aunque escriban desde la vejez viajan siempre hacia zonas de la juventud y la adolescencia que conservan anotadas en libretas, sabiendo que la memoria no alcanza, además de que miente. Búsqueda, identidad, memoria y culpa configuran así un repetitivo mapa temático. La Francia de la Ocupación y la de la guerra de Argelia dan mayormente el contexto histórico. Se pueden elegir sus libros al azar y dará ese compuesto, debajo de los cuáles está al acecho, como un animal temeroso, la biografía del autor. Sus alter-egos desfilan por todas. Y en todas, pese a esas coordenadas unificadoras, hay detalles que las singularizan. En la brillante Calle de las tiendas oscuras (Rue des Boutiques Obscures, 1978, libro que le dedica a su padre muerto, y premio Goncourt) Guy Roland se queda sin trabajo cuando cierra la agencia de detectives para la que trabaja, y ahí decide investigarse a sí mismo para averiguar quién es, ya que sufre amnesia. Suena a combinación de chiste y novela negra y un poco lo es, pero Modiano deja esas posibilidades en stand by para centrarse en la descripción férrea de la búsqueda, con más curiosidad que angustia. Así, aunque primero parece que Roland es una persona y luego otra y otra, la respuesta final es la que sabe íntimamente: es nadie, un átomo insignificante de la ciudad y del mundo, destinado a eclipsarse, cuya sola “trascendencia” está en ese acto inútil pero al final entretenido de buscarse movilizando recuerdos ajenos. La trama de En el café de la juventud perdida (Dans le café de la jeunesse perdue, 2007) es algo más compleja de lo habitual, con reminiscencias estructurales al cuento “En el bosque” de Ryunosuke Akutagawa (universalmente conocido a partir del filme Rashomon, 1950, de Akira Kurosawa). Allí la veinteañera Jacqueline Delanque, apodada Louki, frecuentadora de bares parisinos, que huye de su esposo mayor y finalmente se suicida, es recordada por tres narradores: un hombre solitario que la evoca como parte de una juventud ilusa que era también la propia; un ex informante de la policía, Caisley, que la buscó como investigador privado a sueldo del esposo; y un escritor que se hace llamar Roland y que tal vez la amó. La propia Louki cuenta su historia, sus arrestos por vagancia, su amor/odio por la madre, su deseo de huida a través de las noches y las calles. “Para mí, Montmartre era el Tíbet” dice. La frase resume la ilusión -del personaje y de Modiano- de hacer de la vida una aventura con los materiales que se tengan.
“El tiempo había arramblado con todo” dice el narrador en la traducción más reciente de Patrick Modiano. La hierba de las noches (L’herbe des nuits, 2012), continuidad de una saga no declarada de casi treinta novelas.Decir que el tiempo arrambla con todo parece muy vallejiano, aunque los sentidos que le dan el colombiano Fernando Vallejo y el francés son tan distintos como sus modos literarios de ir a la búsqueda del tiempo perdido. En Vallejo la revisión de los lugares del pasado se da como un encuentro fallido donde al rescatable ayer lo suplantó un presente deplorable. Para este nuevo Proust que reedita sobre magdalenas menos románticas y sin pretensión de abarcarlo los fragmentos del pasado, es el regreso a un no-lugar en busca de identidades que estuvieron tan perdidas ayer como hoy, y donde es preciso comenzar con un “Pues no lo soñé” para no tener que suscribir con pesadumbre el aserto de que “la vida es sueño”. Entre esa novela y la última recién salida en su país (Pour que tu ne te perdes pas dans le quartier, Gallimard, 2014) Modiano se hizo con el Premio Nobel de Literatura, que por decimoquinta vez va a parar a Francia. La justificación de la Academia sueca para otorgarle la distinción es la genérica; un poco impersonal, algo vaga y bastante reductora: “Por su arte de la memoria con la que ha evocado los más inasibles destinos humanos y descubierto el mundo de la Ocupación”. Parece un tuit.
MARIPOSAS
EXTRAVIADAS
Modiano nació el 30 de julio de 1945 en Boulogne-Billancourt, a orillas del Sena y al otro lado de París. Su madre era una actriz modesta, nacida en Amberes, y la cortante descripción filial que hace de ella cabe en una frase de su novela Un pedigrí (Un pedigree, 2005): “era una chica bonita de corazón seco”. Así describe a esa mujer desaprensiva capaz de comprarse un chow-chow y abandonarlo al punto de que el perrito se suicida tirándose por la ventana. Sin duda experiencias de ese tipo abonan el paisaje literario y Modiano no desaprovechó la oportunidad de compararse con el chow-chow y proclamar que él mismo es “un perro que hace como que tiene pedigrí”. En vez de suicidarse se dedicó a escribir, único trabajo de su vida. En esa novela Modiano narra la convivencia tormentosa de sus padres, signada por el distanciamiento, problemas económicos y cierta connivencia con el régimen colaboracionista durante el gobierno de Vichy; habla de su malogrado hermano Rudy (1947-1957), y de su propia y larga experiencia en internados llenos de muchachos sin futuro. Como autobiografía más o menos explícita (y no será la única). Un pedigrí contiene confesión y catarsis y al mismo tiempo la aspereza de un acta notarial. Condensa el “estilo” Modiano: un hombre -un “testigo” mirando al pasado- recorre la ciudad inventariando lugares, personas y relaciones, desde una distancia documental, una prosa parca pero sensibilizadora, un voyeurismo respetuoso y una piadosa indiferencia. Y como al pasar, cada tanto, levanta la isla familiar, no menos anónima e igual de inhóspita. Aquí describe el vínculo con su padre en términos que recuerdan a Kafka por su concentración de desprecio y dolor: “En junio, mi padre y yo nos reconciliamos. Lo veo con frecuencia en el vestíbulo de Hotel Lutétia. Me doy cuenta de que no tiene buenas intenciones en lo que a mí se refiere. Intenta convencerme para que me vaya a la mili ya. Me dice que él en persona se encargará de preparar mi incorporación al cuartel del Reuilly. Finjo que cedo para sacarle algo de dinero, sólo lo preciso para pasar mis últimas vacaciones “de paisano”. A un futuro militar no se le niega nada. Está convencido de que pronto me verá alistado. Tendré veintiún años y se habrá librado ya definitivamente de mí. Me da trescientos francos, el único dinero para mis gastos que me dio en la vida. Estoy tan contento de esta prima que de buena gana le habría prometido alistarme en la Legión. Y pienso en esa misteriosa fatalidad que lo mueve siempre a alejarme: los internados, Burdeos, la comisaría, el ejército…”.
Las últimas cartas entre ellos son de agosto de 1966. Patrick se dirige a su padre con un sarcástico “Mi querido señor” que el escritor de hoy lamenta haber escrito, en tanto Albert lo acusa de mala fe e hipocresía. Días antes se encuentran en un café y heladería y resulta ser -ligera y contundentemente dicho, como con la voz cheeveriana del cuento “Reunión”- la última vez que se ven. Modiano conjetura que si su padre y él se hubieran conocido diez años después no hubieran chocado, uno hablando de literatura y otro de finanzas y un pasado misterioso. Lo cierto es que no hubo ningún reencuentro y eso que el padre murió en 1978, cuando ya Modiano tenía -si bien discreto- un nombre ganado en las letras francesas, y hasta había incursionado en cine, guionando con Louis Malle el filme de éste, Lacombe Lucien (1974). A partir de ahí, su literatura de hombres solitarios vagando por las calles de París, buscando gente e historias desaparecidas, es un cíclico ajuste de cuentas con su orfandad. Por más que sea capaz de definir a esos desconocidos que fueron sus padres con una de sus frases innegablemente poéticas: “Dos mariposas extraviadas e inconscientes en una ciudad sin mirada”.
EL CIELO PROTECTOR
En 1967 Modiano ya era escritor y se sentía “ligero por primera vez en la vida”. París se hizo letra: sus calles, bares, plazas, pensiones, hoteles, garajes, los apellidos de sus guías telefónicas, la masa anónima que lo habitaba y que fue cambiando. Sus narradores registran ese cambio, no tanto desde la mirada nostálgica del ubi sunt, del qué se hicieron, sino desde la mirada interrogativa del qué eran, y del si fueron. Dentro del más puro realismo anecdótico, el pasado está en tela de juicio como si perteneciera al sueño o la fantasía. Lo cubre la incertidumbre.  En otras palabras, más tarde o más temprano las pruebas de que estuvimos aquí desaparecen. Esa pulverización de la evidencia es la que Modiano recoge fragmento a fragmento, acomodándolos en tramas similares con frases periodísticas, cortas, soplos de aire en relatos moribundos. Topógrafo, cartógrafo y estadístico, Modiano anticipa el fenómeno globalizador e investigativo de Facebook, buscando dejar constancia de la experiencia vivida. En qué estás pensando, qué hiciste hoy, qué te gusta, quiénes son tus amigos, etc., una parafernalia de la existencia que llena libretas de olvido. En Bartleby y compañía, Enrique Vila-Matas menciona a Enderby, un personaje de cuatro novelas del inglés Anthony Burgess que viajaba anotando nombres de estaciones y terminaba en un loquero donde finalmente se curaba cuando le cambiaban su propio nombre. El psiquiatra lo ponía así: “Enderby era el nombre de una adolescencia prolongada”. Esa definición encaja en los paseantes de Modiano, que aunque escriban desde la vejez viajan siempre hacia zonas de la juventud y la adolescencia que conservan anotadas en libretas, sabiendo que la memoria no alcanza, además de que miente. Búsqueda, identidad, memoria y culpa configuran así un repetitivo mapa temático. La Francia de la Ocupación y la de la guerra de Argelia dan mayormente el contexto histórico. Se pueden elegir sus libros al azar y dará ese compuesto, debajo de los cuáles está al acecho, como un animal temeroso, la biografía del autor. Sus alter-egos desfilan por todas. Y en todas, pese a esas coordenadas unificadoras, hay detalles que las singularizan. En la brillante Calle de las tiendas oscuras (Rue des Boutiques Obscures, 1978, libro que le dedica a su padre muerto, y premio Goncourt) Guy Roland se queda sin trabajo cuando cierra la agencia de detectives para la que trabaja, y ahí decide investigarse a sí mismo para averiguar quién es, ya que sufre amnesia. Suena a combinación de chiste y novela negra y un poco lo es, pero Modiano deja esas posibilidades en stand by para centrarse en la descripción férrea de la búsqueda, con más curiosidad que angustia. Así, aunque primero parece que Roland es una persona y luego otra y otra, la respuesta final es la que sabe íntimamente: es nadie, un átomo insignificante de la ciudad y del mundo, destinado a eclipsarse, cuya sola “trascendencia” está en ese acto inútil pero al final entretenido de buscarse movilizando recuerdos ajenos. La trama de En el café de la juventud perdida (Dans le café de la jeunesse perdue, 2007) es algo más compleja de lo habitual, con reminiscencias estructurales al cuento “En el bosque” de Ryunosuke Akutagawa (universalmente conocido a partir del filme Rashomon, 1950, de Akira Kurosawa). Allí la veinteañera Jacqueline Delanque, apodada Louki, frecuentadora de bares parisinos, que huye de su esposo mayor y finalmente se suicida, es recordada por tres narradores: un hombre solitario que la evoca como parte de una juventud ilusa que era también la propia; un ex informante de la policía, Caisley, que la buscó como investigador privado a sueldo del esposo; y un escritor que se hace llamar Roland y que tal vez la amó. La propia Louki cuenta su historia, sus arrestos por vagancia, su amor/odio por la madre, su deseo de huida a través de las noches y las calles. “Para mí, Montmartre era el Tíbet” dice. La frase resume la ilusión -del personaje y de Modiano- de hacer de la vida una aventura con los materiales que se tengan.