Elena Ferrante, la autora oculta que cosechó fama, lectores y dinero, pero no logró mantener a salvo su intimidad

En principio este es el caso de una intimidad pisoteada. Pero ya se sabe que la intimidad de los escritores es invadida muchas veces, la mayoría por ellos mismos, otras por sus colegas, periodistas o críticos.De no haber existido ese deseo de revolver en la vida de los otros, hoy todavía el nombre de Elena Ferrante sería un misterio detrás del cual podría esconderse una escritora de prestigio, o un escritor hombre o un equipo de profesionales. Mientras ese anonimato duró pudo observarse un fenómeno conocido como «Ferrante Fever» por el cual las especulaciones no dejaban de

Elena Ferrante

Elena Ferrante

surgir y figuras como Alice Munro, Gwyneth Paltrow o Hillary Clinton aparecían como fans de sus historias, o una revista del prestigio de The Paris Review accedía a entrevistar a un autor con pseudónimo y aceptaba hacerlo por interpuestas personas, en ese caso los únicos conocedores de la identidad de Ferrante, sus editores: Sandra Ozzola y su esposo Sandro Ferri, fundadores de Ediciones E/O. Para un siglo XXI donde fenómenos como Facebook, Twitter, Instagram y otros análogos se venden como caminos obligados de desarrollo personal, la existencia de una Elena Ferrante millonaria en ventas y prescindente del halago vacuo era casi un agravio.
INVESTIGACIÓN
PERIODÍSTICA.
Hubo varios responsables a la hora de quitar a esta mujer de la sombra cómoda en la que se había instalado, donde no tenía que hacer presentaciones de sus libros, ni dar entrevistas cara a cara, ni hacerse fotos, ni leer en público ni aparecer en los medios, sin siquiera tener que decantarse por el ostracismo antipático de un Salinger o un Pynchon. Ferrante esgrimió el anonimato desde el vamos. El nombre era apenas la firma para un puñado de novelas intimistas escritas bastante mejor que las novelas sui generis del corazón que se venden por pocos pesos en los aeropuertos.
En 1992 había publicado El amor molesto, una historia de rencores filiales que comienza cuando una hija encuentra ahogada a su madre y la escena dispara una búsqueda morbosa a las raíces de esa relación. Fue llevada al cine en 1995 por Mario Martone (L’amore molesto) sin mayor destaque aunque estuvo nominada a la Palma de Oro en Cannes. Los días del abandono (2002) contaba cómo una esposa y madre sobrevivía a la ruptura conyugal, y también en esta ocasión fue adaptada al cine por el director Roberto Faenza (I giorni dell’abbandono). Una tercera novela titulada La hija oscura aparece en 2006 y sigue el deambular de una mujer separada y solitaria. Más tarde las tres novelas conformaron el volumen Crónicas del desamor y de a poco el prestigio de Ferrante se fue consolidando, comenzó a traducirse, etc. En 2003 publicó el ensayo La frantumaglia, una colección de cartas y textos donde en parte explicaba el por qué del anonimato, otorgándole a la obra una iluminación total. Qué necesidad de respaldarla con una cara, una presencia, una actitud. Más aún: en la ausencia de un autor visible la obra podía florecer mejor, sin deber cuentas a nadie, erigida como algo perfectamente solitario y autónomo. Funcionó un tiempo.
Pero entre 2011 y 2014 las cosas cambiaron. A razón de una novela por año, la tetralogía Dos amigas dio la vuelta al mundo facturando millones y puso sobre la mesa la gran pregunta: ¿Quién es Elena Ferrante?, o más bien quién se cree que es para no dar la cara. Dos individuos con mucho tiempo libre, cada uno por su lado, se dedicaron a elucubrar e investigar. El primero fue Tommaso Debenedetti, un periodista autodenominado «el campeón italiano de la mentira» cuya especialidad era vender a los diarios entrevistas apócrifas. Así, fraguó entrevistas a gente famosa como Mario Vargas Llosa, Joseph Ratzinger, Gore Vidal, Philip Roth y decenas de personalidades que jamás lo conocieron, y las publicaba en pequeños diarios locales. El procedimiento no estaba libre de cierto humor, cuanto más que él aseguraba que en Italia era imposible ser un periodista cultural «serio y honrado», y que sus empleadores sabían de sobra que lo suyo era un timo. En ese entendido dudoso de que dos males hacen un bien, Debenedetti iba por la vida haciendo su juego hasta que Philip Roth lo descubrió. A partir de ahí se dedicó a crear perfiles falsos en Facebook y Twitter. En marzo de 2015 crea una cuenta falsa a nombre de Elena Ferrante, revelando lo que según él era un secreto a voces sobre su identidad —una reconocida traductora, esposa de un escritor y editor— y consiguiendo que mucho consumidor de Facebook la felicitara por salir de la sombra.
Mientras tanto un periodista de Il Sole 24 Ore, el romano Claudio Gatti, seguía la ruta del dinero indagando los registros financieros de la editorial E/O y en octubre de 2016 llegaba a la misma conclusión que Debenedetti, demostrando que los pagos de la editorial a la traductora Anita Raja aumentaban significativamente cada vez que Elena Ferrante publicaba. Con esta nueva prueba Debenedetti arremetió con otro perfil falso, esta vez en Twitter, y con la publicación de una entrevista a Anita Raja (que por supuesto nadie creerá que es verdadera). Comenzaron a verse similitudes entre las traducciones de Raja a Christa Wolf y la narrativa de Ferrante, y entre las novelas de esta y las de su esposo, el escritor Domenico Starnone, etc. A lo que parece, evidencias múltiples, intimidad violada y caso cerrado.
TELENOVELA
NAPOLITANA.
De las obras de Ferrante la tetralogía Dos amigas es la apuesta fuerte, el emprendimiento de largo aliento que muestra y demuestra en pleno siglo XXI que los macrorrelatos tienen otra oportunidad sobre la tierra (y que los puede escribir una mujer).
Compuesta por cuatro libros que suman casi dos mil páginas, la saga de Ferrante, ambientada en Nápoles, comienza en cada volumen con una ficha técnica sobre los personajes principales, organizados por familias. Es la presentación socioeconómica de una clase media heterogénea, donde están las familias del zapatero remendón, el conserje, el verdulero, el carpintero y, un poco más preocupadas por escalar, las de los comerciantes o la del ferroviario escritor; y de una clase media más acomodada por lo menos culturalmente representada por una serie de maestros y profesores.