Enjoy this moment

Desde las calles (y playas) de Sudáfrica

Te había prometido más de Port Elizabeth, pero si el cielo puede esperar, la ciudad balneario sobre el Índico también. En todo caso te arrimaría mi experiencia en una madrugadada de tener que hacer todo solo, check-out del hotel, llamar al taxi, negociar precio con el taximetrista, llegar al aeropuerto, hacer correctamente el check-in y que no tuviera inconvenientes y finalmente embarcar en tiempo y forma. Porque yo me hago el vivanco contigo en spanglish, y soy capaz de hasta decirte lo que Romeo le hubiera dicho a Julieta en un balcón contemporáneo, pero cuando la tengo que remar en inglés duro y puro, rolling paper with me que fue preparado en el INC, donde te divertís aprendiendo. Y si no que lo digan Valeria y Agustín, nuestros teachers, si no se divirtieron con nosotros. Leave it to me, dije, y arrancandonga en el British Airways que me consiguió Yamani el de Lameco, para que no me perdiera ni un mínimo entrenamiento de la selección. Acostumbrado a viajar en el Tala-Pando de 48 plazas a hélice o en el chino de COPSA a turbina, el British me pareció un trasbordador espacial con sus tres asientos de cada lado.

Bueno, se me fue la motorbike (una hondita 50 celeste) y aún no entré en el centro del asunto, que otra vez fue Kimberley, nuestra ciudad, o por lo menos la de los primos. Tan pasados. El diario local el DFA (Diamond Fields Advertisiment), que saca su título con letras con los colores de la bandera de Uruguay, ayer metió portada con foto de los celestes y un título que decía: “El equipo de la ciudad (nosotros) entre los 8 mejores del mundo.

Bueno, pero lo cierto es que lo que te quería contar es que ayer pagué una deuda que tenía conmigo mismo, que era tirarme a andar caminando a lo que saliera, profundo, para vivir bien desde el pie a Kimberley, y me salió buenísimo. Me fui de tarde temprano rumbo al estadio (unas 30 cuadras) y la verdad es que estuvo bárbaro. Me encanta andar a gamba palpitando con los vecinos de las ciudades y ayer además al rayo de un cálido sol, me parecía ir acompañado por vos, y con mi paso explorador pero seguro iba devorando cuadras absorbiendo colores, olores, gestos que intentaba comunicarte o que intento ahora. Como la ciudad es baja, después de un tercio de recorrido mi brújula eran las torres de iluminación del estadio de los Griquas, y allá iba tirando diagonales, eligiendo mis destinos, nuestro destino. Todo me pareció cálido y vivificante, y en algún caso sorprendente, porque me quedaron sensaciones tan encontradas como que en una misma cuadra estaba caminando por una calle de Carrasco y a la mitad de la cuadra pasaba a una de Sarandí del Yi. Un par de comprobaciones más y un ejercicio de empatía, me dicen que debió haber sido muy jodido ser negro y vivir en la época del apartheid, porque evidentemente uno advierte cosas que te trasladan a eso. Por ejemplo, las veredas son un desastre, finitas cuando tienen baldosas, llenas de tierra colorada cuando no la tienen. La conclusión primera es que en algún momento a las autoridades les importó un carajo las veredas porque ellos no las caminaban. Resulta llamativo que en 20 días sólo hemos visto a dos mujeres blancas -la segunda fue ayer- caminando. El transporte público también se ve desastroso, y son unas camionetas que ni están señalizadas, y que como ya irás adivinando sólo aprieta negros en sus pocos asientos.

Bueno, pero lo maravilloso de la caminata es que cada vez que me cruzaba con alguien, esa persona con infinita inocencia me saludaba, entiendo que por mi condición de visitante de la ciudad o tal vez de uruguayo nomás. Así, sin ojos en la nuca me fui metiendo por vericuetos hasta llegar al estadio donde practica Uruguay. Yo estaba maravillado por esa experiencia de la hospitalidad espontánea y se lo conté a otros periodistas que ya estaban ahí, pero creo que no fui lo suficientemente claro en mis expresiónes, dado que no logré conmover a mis interlocutores como esas negras que me decían “hi” o el negro que me puso el puño para que lo chocáramos en señal de saludo, o el viejo aquel que me hizo casi una reverencia. Mi expectativa ahora es poder transferirles a ustedes esa pequeña y cotidiana conmoción, porque vos ya sabés que mis ojos quisieran decir lo que dice tu mirada y que además mi corazón quiere sentir lo mismo que tu corazón.

Estoy alto el piso sintiendo así, y obviamente me siento afortunado y por ello te lo digo, a ver si lo podemos disfrutar juntos. Sudáfrica está bueno.

Abrazo, medalla y beso.

El Chenlo (Desde Sudáfrica para EL PUEBLO)







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