Enrique Amorim, como guionista de cine, según Pablo de Vita, de la Universidad de Buenos Aires

La denuncia política y social en los autores era algo conocido, mencionando a Amorim; Pondal Ríos y Olivari que obtuvieron un resonante éxito con “La tercera invasión inglesa”, representada sobre tablas por José Gola, Olinda Bozán y otras primera figuras que hacia referencia, ya desde su título, a la dependencia que significaba para la Argentina el tratado Roca-Runciman con Inglaterra (3). Este pacto significó, por un lado, una ventaja comercial británica absoluta y, por otro, una investigación del senador demócrata progresista Lisandro de la Torre que comprobó complicidad de altas autoridades con maniobras de evasión impositiva hacia 1935. También, en medio de la denuncia y el escándalo en la Cámara de Senadores, el asesinato de Enzo Bordabehere, senador electo de los demócrata progresistas, que se interpuso entre el homicida y de la Torre (4). En el cine, los autores de “Kilómetro 111” continuaron con su aporte a las preocupaciones sociales y el binomio Pondal Ríos y Olivari elaboró argumentos de prestigio, algunos de los cuales se refilmaron en Hollywood; con esta contribución, y la de Amorím, “Kilómetro 111” resulta un film de notable fluidez narrativa, importante caracterización de los personajes e imaginación en el desarrollo de la acción; da cuenta de ello el fragmento del guión reproducido por Domingo Di Núbila en “La época de oro” (5): “Pepe Arias animó a Ceferino, jefe de una estación rural que participa de la alegría campesina cuando se obtiene en la zona una gran cosecha de trigo. Luego los colonos, cuando el banco les niega créditos, le piden que les fíe los fletes para enviar su cereal a Buenos Aires y poder esquivar así al acopiador local que los expolia con precios viles. Ceferino, pese a su deseo de ayudarlos, les contesta que el ferrocarril tiene estrictamente prohibido conceder esa facilidad. Para todos es una situación ruinosa pero para Don Pedro trágica, porque contaba con la venta de la cosecha para pagar la operación que puede salvar a su hijo enfermo. Por eso una noche, mientras mira las parvas de trigo, lo poseen la frustración, la impotencia y la rabia, toma un farol a kerosene y lo arroja sobre una de ellas. En ese momento Ceferino está acercándose a la chacra en un viejo Ford descapotado que maneja el joven Nicanor. Observa que se está pavimentando una ruta y exclama:

Ceferino (Pepe Arias): Sigue avanzando el monstruo.

Nicanor (Angel Magaña): ¿ Qué monstruo ?

Ceferino: El camino este se va a tragar a los ferrocarriles con estaciones, jefes y todo. La barbarie avanza.

Nicanor: No, Don Ceferino. Esto sirve para independizarnos. Cada legua de camino son muchos pesos que se quedan en el país.

Ceferino (en broma): ¡ Anarquista !

En la chacra el incendio provocado por Don Pedro ha avanzado hasta cubrir buena parte de la parva cuando llegan Ceferino y Nicanor. Ceferino, al ver que nadie lucha contra él, corre hacia Don Pedro y le pregunta, desconcertado qué ocurre. Don Pedro le responde que de nada ha de servir la cosecha si no puede salvar a su hijo enfermo

Ceferino, ansioso por evitar el desastre, interroga entonces a Celedonio, otro chacarero, y descubre en él también la desazón.

Ceferino, perplejo, mira alternativamente las llamas y los chacareros, hasta que pregunta a Celedonio:

Ceferino: Celedonio… ¿Está seguro que mandando la cosecha a Buenos Aires el dinero llegará en menos de tres días ?

Celedonio: Completamente seguro

Ceferino: ¡Entonces dejen de quemar parvas ! ¡Les fiaré los fletes ! … ¡Hay que hamacarse con ustedes!

A Celedonio se le ilumina la cara pero corta la alegría para entrar en acción:

Celedonio (gritando): ¡Apaguen ! ¡A buscar agua ! ¡Ceferino nos fía los fletes !

Chacareros (corean):  ¡Ceferino nos fía los fletes ! ¡Bien ! ¡Bravo !

Este sistema, denunciado valientemente por Bartolomé Mitre en su alocución sobre los abusos del capital privado en la explotación de los servicios públicos, se mantiene inalterable por décadas. “Aquí –sentenció el tribuno- se quiere subordinar el interés general al interés particular, haciéndolo a éste dueño de posiciones en que una vez establecido costará desalojarlo, porque el interés privado aplicará toda su energía y toda su inteligencia, no a ensanchar el círculo de la prosperidad pública, sino a acrecentar sus ganancias y a perpetuarse en su posesión… Todo nos dice y nos enseña que una vez que el Estado ha enajenado el derecho de explotar en nombre y en el interés de la comunidad, aquellas obras públicas destinadas al bienestar general, el egoísmo particular se ha apoderado de ellas, lo ha convertido en un derecho y ha teorizado sobre él”.

Amén de tantos años de injusticias, la intención también era la de presentar la conflictiva relación, muy actual por esos años, entre el ferrocarril y la incipiente red caminera. Un día, siguiendo el argumento de “Kilómetro 111”, la actitud de fiar a los campesinos por parte de Ceferino es descubierta y el directorio lo cita para dejarlo en la calle. Aquí el argumento se desdobla y Ceferino recorre las calles de la ciudad buscando a su sobrina, que había viajado con la intención de convertirse en estrella de Hollywood. Luego, Ceferino vuelve al pueblo y, con profunda sorpresa, descubre que los colonos le habían regalado una estación de servicio.

La película sirvió en justa sintonía con su época. La sociedad  argentina de los años ’30, un país entonces eminentemente rural, comprendía en la pantalla grande las desigualdades sociales de las que era víctima; con ricos cada vez más ricos y el principal motor económico en manos de una pequeña elite de empresas extranjeras. Sóffici manifestó que “el director de cine debe estar comprometido con la sociedad y contribuir en lo posible a mejorarla. Debe señalar, aunque no busque soluciones, los problemas de su tiempo, incitar al espectador a pensar, a reflexionar sobre ellos”. “Kilómetro 111” priorizó  las cuestiones sociales sobre las políticas en un interesante cóctel de entretenimiento y protesta. Su director remarca los toques satíricos con natural precisión y revela en la película un cuidado tratamiento de la imagen. De su equipo técnico, la fotografía de Antonio Merayo, la escenografía de Raúl Soldi y la cámara de Leo Fleider lucen impecables y contribuyen a momentos que, adelantadamente, observan un fino humor: cuando el pueblo con sus mejores galas se reúne para recibir al gobernador en la estación de ferrocarril, pero el tren en que viaja sigue de largo. Esta escena, similar a la de “Bienvenido Mister Marshall” se aplaudió en la Argentina quince años antes que aquella memorable película de Luis García Berlanga.

La situación indefensa de los colonos y los caminos abriéndose en competencia con el ferrocarril fueron reflejo exacto de su época pero las injusticias englobaron a muchas anteriores. Quizás, ese tren que paso de largo en la historia argentina ya contaba con coche cine y en su sala, el burócrata, dictador, o politiquero de turno, estaba entretenido mirando una película que, sin saberlo, se reflejaba implacablemente por las ventanillas cerradas de su triste, pequeña y propia historia.







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