Exploración y libertad

Cuando lo ejecutaron no sabían que estaban matando a un poeta. Una historia de ocultamientos y equívocos sobre el mártir estudiantil uruguayo que ve la luz gracias al trabajo del poeta Luis Bravo
(Suplemento Cultural de El País).
LA BALA que mata a un poeta nunca lleva su nombre. Es el caso de Íbero Gutiérrez. El 28 de febrero de 1972 su cuerpo fue encontrado en una cuneta del Montevideo rural con 13 impactos de bala. Tenía 22 años. Quienes lo ejecutaron no sabían que estaban matando a un poeta; sólo a un estudiante y militante de izquierda que, aún entre sus pares, pensaba diferente. Era, por lo tanto, más peligroso. Cuarenta años más tarde, en una sala de actos de la Facultad de Humanidades de la Udelar, mientras el investigador Luis Bravo revelaba al poeta haciendo pública su poesía inédita, los integrantes de la agrupación de estudiantes «Íbero Gutiérrez» intervinieron manifestando desconocer que Íbero era poeta. Sólo conocían al mártir estudiantil, pero no la sólida obra que comenzó a escribir cuando tenía apenas 14 años.
Luego de dar a conocer su obra en forma parcial en antologías, se publican por primera vez Cuadernos completos en La pipa de tinta china: cuadernos carcelarios 1970 de Íbero Gutiérrez (Estuario/Biblioteca Nacional, 2014) con investigación y edición de Luis Bravo. «Yo no tengo dudas de que Íbero Gutiérrez es uno de los grandes poetas uruguayos de fines del siglo XX» sentencia Bravo.
EL ARTISTA INCÓMODO
—Asumís un gran riesgo colocando a Íbero Gutiérrez en semejante sitial de la poesía uruguaya.
—Es que cada vez que me embebo más en sus trabajos lo confirmo, porque además está adelantado a su tiempo. La paradoja es ésta: Íbero y su escritura son muy de su tiempo, pero están estéticamente muy adelantados a su época. Él lo sabía. En estos escritos aparece claramente su conciencia de estar escribiendo desde un lugar que no podía ser recepcionado por la misma izquierda en la cual él se inscribe ideológicamente. Él sabe que plantea una serie de postulados estéticos, ideológicos incluso, que no eran bien mirados por el sector más ortodoxo o dogmático de la izquierda de su tiempo.
—¿Cuáles eran esos postulados?
—Estamos hablando de una contracultura psicodélica presente en estos cuadernos suyos. Íbero es un lector de los poetas beats norteamericanos, conoce muy bien la contracultura, y es un escucha extraordinario de la música que en ese momento está transformando al mundo. Un fenómeno que es una conjunción de poesía, psicodelia, transformación del pensamiento y ampliación de la conciencia hacia otros horizontes ideológicos.
—¿Qué música en particular?
—Él ingresa a sus Cuadernos textos de Lennon y McCartney, los Rolling Stones, Bob Dylan, Jethro Tull, Yoko Ono, Manson, y varios franceses. Los pone en inglés, a veces los traduce y los introduce como parte de su propio discurso. Es un discurso collage. Él sabe que en esos momentos hay cierto recelo de ciertos sectores hacia esta música. En algunos diarios, por ejemplo en el de París, él dice que él no va a dejar de escuchar música rock y pop porque le parece que ahí hay algo que lo alimenta, por más que otros piensen que eso es foráneo.
—¿Y respecto a la psicodelia?
—Hace muchas referencias a la experiencia psicodélica, a la marihuana, al LSD, y lo hace desde un lugar que parece ser metafórico, es decir, busca desde la escritura llegar a la percepción que provocan estas drogas en los individuos. Esa metáfora la plantea todo el tiempo, tanto en «Celda 256» como en «Requeche». Habla de «unos gramos de LSD», pero no está consumiendo porque está preso en Punta Carretas. Hace la analogía y nos transforma con esa descripción del lugar.
La cárcel deja de ser cárcel, son todos colores, se ve en los dibujos. Esto tiene un extraordinario parecido con el texto de Aldous Huxley «Las puertas de la percepción».

Cuando lo ejecutaron no sabían que estaban matando a un poeta. Una historia de ocultamientos y equívocos sobre el mártir estudiantil uruguayo que ve la luz gracias al trabajo del poeta Luis Bravo

(Suplemento Cultural de El País).

LA BALA que mata a un poeta nunca lleva su nombre. Es el caso de Íbero Gutiérrez. El 28 de febrero de 1972 su cuerpo fue encontrado en una cuneta del Montevideo rural con 13 impactos de bala. Tenía 22 años. Quienes lo ejecutaron no sabían que estaban matando a un poeta; sólo a un estudiante y militante de izquierda que, aún entre sus pares, pensaba diferente. Era, por lo tanto, más peligroso. Cuarenta años más tarde, en una sala de actos de la Facultad de Humanidades de la Udelar, mientras el investigador Luis Bravo revelaba al poeta haciendo pública su poesía inédita, los integrantes de la agrupación de estudiantes «Íbero Gutiérrez» intervinieron manifestando desconocer que Íbero era poeta. Sólo conocían al mártir estudiantil, pero no la sólida obra que comenzó a escribir cuando tenía apenas 14 años.

Luego de dar a conocer su obra en forma parcial en antologías, se publican por primera vez Cuadernos completos en La pipa de tinta china: cuadernos carcelarios 1970 de Íbero Gutiérrez (Estuario/Biblioteca Nacional, 2014) con investigación y edición de Luis Bravo. «Yo no tengo dudas de que Íbero Gutiérrez es uno de los grandes poetas uruguayos de fines del siglo XX» sentencia Bravo.

EL ARTISTA INCÓMODO

—Asumís un gran riesgo colocando a Íbero Gutiérrez en semejante sitial de la poesía uruguaya.

—Es que cada vez que me embebo más en sus trabajos lo confirmo, porque además está adelantado a su tiempo. La paradoja es ésta: Íbero y su escritura son muy de su tiempo, pero están estéticamente muy adelantados a su época. Él lo sabía. En estos escritos aparece claramente su conciencia de estar escribiendo desde un lugar que no podía ser recepcionado por la misma izquierda en la cual él se inscribe ideológicamente. Él sabe que plantea una serie de postulados estéticos, ideológicos incluso, que no eran bien mirados por el sector más ortodoxo o dogmático de la izquierda de su tiempo.

—¿Cuáles eran esos postulados?

—Estamos hablando de una contracultura psicodélica presente en estos cuadernos suyos. Íbero es un lector de los poetas beats norteamericanos, conoce muy bien la contracultura, y es un escucha extraordinario de la música que en ese momento está transformando al mundo. Un fenómeno que es una conjunción de poesía, psicodelia, transformación del pensamiento y ampliación de la conciencia hacia otros horizontes ideológicos.

—¿Qué música en particular?

—Él ingresa a sus Cuadernos textos de Lennon y McCartney, los Rolling Stones, Bob Dylan, Jethro Tull, Yoko Ono, Manson, y varios franceses. Los pone en inglés, a veces los traduce y los introduce como parte de su propio discurso. Es un discurso collage. Él sabe que en esos momentos hay cierto recelo de ciertos sectores hacia esta música. En algunos diarios, por ejemplo en el de París, él dice que él no va a dejar de escuchar música rock y pop porque le parece que ahí hay algo que lo alimenta, por más que otros piensen que eso es foráneo.

—¿Y respecto a la psicodelia?

—Hace muchas referencias a la experiencia psicodélica, a la marihuana, al LSD, y lo hace desde un lugar que parece ser metafórico, es decir, busca desde la escritura llegar a la percepción que provocan estas drogas en los individuos. Esa metáfora la plantea todo el tiempo, tanto en «Celda 256» como en «Requeche». Habla de «unos gramos de LSD», pero no está consumiendo porque está preso en Punta Carretas. Hace la analogía y nos transforma con esa descripción del lugar.

La cárcel deja de ser cárcel, son todos colores, se ve en los dibujos. Esto tiene un extraordinario parecido con el texto de Aldous Huxley «Las puertas de la percepción».