Festival Internacional Buenos Aires Jazz, seis días una vez al año, el mejor Jazz del mundo estuvo en la capital porteña

Un par de minutos después de que, en el Centro de Experimentación del Teatro Colón de Buenos Aires, el pianista Marc Copland tocara los últimos acordes de “Spartacus Love Theme” –composición de Alex North para la banda de sonido de la película Spartacus (1960), de Stanley Kubrick, popularizada casi de inmediato para el repertorio del jazz por Coleman Hawkins, Yusef Lateef y Bill Evans, entre muchos otros–, el músico argentino Adrián Iaies le decía lleno de fervor a quien quisiera escucharlo: “¿Vos viste el concepto de estructura que tiene Copland? ¿Te diste cuenta de cómo fue construyendo el tema?”. Y ese entusiasmo –acaso el mismo que muchos años antes lo llevó a abandonar la guardia durante su servicio militar para escaparse a oír a Bill Evans, otro pianista de paso por Buenos Aires– hace olvidar por un instante que desde hace una década es él quien, laboriosamente, robándole tiempo a su propia actividad como pianista, se ocupa de la dirección artística del Festival Internacional Buenos Aires Jazz. Son seis días al año en que la capital argentina, que desde hace ya mucho tiempo tiene una merecida reputación de jazzera y jazzófila, vive una auténtica fiesta, como ocurrió en los últimos días de noviembre. Y en esta décima edición, para atenernos a algunas cifras, hubo unos cuatrocientos músicos de las más diversas procedencias y edades que, en las dieciocho sedes propuestas –que incluyeron teatros oficiales y otros espacios municipales, así como clubes de jazz privados–, convocaron a unas noventa mil personas. Y como se trata de una actividad enmarcada en los varios festivales que anualmente convoca el Ministerio de Cultura del Gobierno Autónomo de la Ciudad, uno puede darse el lujo de acceder a conciertos de verdaderas estrellas internacionales a precios accesibles o, lisa y llanamente, en forma gratuita. Pero eso no es todo.

No cualquier festival
Se tiende a pensar que el mayor problema de los festivales es la coordinación y la logística. Sin embargo, a ambas las precede la elaboración de un programa lo suficientemente ecléctico que pueda conformar tanto a los melómanos de paladar negro como a un público menos enterado, así como los músicos jóvenes que asisten a las clínicas –de improvisación, de composición, de un instrumento, de canto–, para acceder a un conocimiento que pasa de boca en boca, apoyado en la experiencia de los que realmente saben en qué consiste el jazz.
Desde un principio Iaies comprendió que un festival sudamericano, por muy subvencionado que estuviera, no podía competir con los grandes festivales europeos o estadounidenses. Por eso, para que no repitiera un esquema imposible de cumplir, fijó reglas que hoy son parte de la esencia misma del evento. En primer lugar, invitar a músicos que no hubieran estado previamente en la Argentina, o que presentaran una propuesta radicalmente distinta de la que los había traído previamente al país. Se trató así de que el festival se hiciera cargo de aquello que la actividad privada, obligada a una rentabilidad necesaria, no contempla. Entonces, ateniéndonos apenas a las distintas aperturas del festival, durante estos primeros diez años pasaron por sus escenarios músicos francamente extraordinarios: en 2008, Randy Weston; en 2009, Fred Hersch; en 2010, una reciente versión de la Mingus Dinasty; en 2011, Kenny Werner; en 2012, Tom Harrell; en 2013, la ICP Orchestra, de Holanda; en 2014, Pat Martino; en 2015, Peter Bernstein; en 2016, el supergrupo The Cookers, y en 2017, el nuevo trío de Gary Peacock. Varios de ellos también pasaron por Uruguay a lo largo de los años en el marco del Festival Internacional de Jazz de Lapataia (hoy El Sosiego). En segundo lugar, Iaies fijó la condición de que los músicos venidos del exterior se presentaran, además de con sus grupos habituales, con formaciones que incluyeran también a músicos argentinos y a otros invitados al festival en lo que denominó “cruces”. Pero para maximizar el esfuerzo, también instituyó clínicas –de improvisación, de composición, de un instrumento, de canto–, que esos mismos músicos debían impartir a los jóvenes. En tercer lugar, encargar “proyectos especiales” que impliquen, por un lado, la relectura de la obra de algún músico trascendente, sea cual fuere el género en que descolló (como ocurrió con los “encargos” realizados sobre la obra de Astor Piazzolla, Gato Barbieri, Gustavo “Cuchi” Leguizamón y, en 2017, el año de su centenario, Thelonious Monk) y, por otro, la presentación de la big band integrada por alumnos de la tecnicatura superior en jazz del Conservatorio Superior de Música Manuel de Falla, institución que coordina Ernesto Jodos, otro gran pianista de la escena porteña, y donde enseñan Juan Pablo Arredondo, Marcelo Gutfraind, Carlos Lastra, Paula Shocrón, Hernán Merlo, Eloy Michelini, Enrique Norris, Pepi Taveira, Sergio Verdinelli. En cada oportunidad, esa orquesta es dirigida por algún músico internacional, como ocurrió este año cuando tuvo al frente al trompetista estadounidense Ralph Alessi. Luego, para aprovechar a las visitas al máximo y casi como una concesión a su propio gusto, establecer que la mayoría de los grandes pianistas presentes en el festival den conciertos solistas, con todo lo que ello implica. Digamos que todo esto es consecuencia de la vitalidad del género que en los últimos veinte años, ya por la frecuencia de las visitas internacionales, o por el surgimiento de al menos dos nuevas promociones de músicos locales altamente entrenados, ha ido ocupando un lugar más prominente en la agenda jazzística mundial. Y Buenos Aires Jazz es a la vez causa y resultado de todo esto.

Ver todo en una semana
Está claro que, con unos cinco o seis conciertos diarios, distribuidos en dieciocho sedes, donde buena parte de los espectáculos sucedían en forma simultánea, era imposible verlo todo. Y también, claro, está el gusto de cada uno. Para quien escribe, algunos de los puntos más altos de este año los constituyeron los respectivos solos de piano de Marc Copland (un estilista fantástico, que integra el trío del contrabajista Gary Peacock, conjuntamente con el baterista Joey Baron), Matthew Shipp (probablemente uno de los dos o tres más grandes pianistas de jazz de la actualidad) y la italiana Rita Marcotulli (extraordinaria pianista, gran arregladora y compositora de dilatada trayectoria). También la presentación de Matthew Shipp con su trío, integrado por el contrabajista Michael Bisio y el baterista Newman Taylor Baker (una suerte de compendio de lo mejor de la vanguardia). Para concluir con el módico panteón de este 2017, resulta obligatorio sumar la participación de Bisio y Taylor Baker en un cruce con el platense Pablo Ledesma (acaso uno de los mejores saxos soprano de la Argentina) y el increíble trompetista Valentín Garvie (de inmensa trayectoria en Europa, pero un descubrimiento para muchos de los asistentes al concierto).
Por supuesto que habrá otros puntos de vista y unos dirán lo propio del trío de Gary Peacock, o del set de batería solista de Joey Baron (virtuoso que, a su calidad, agrega una simpatía fantástica), de la actuación conjunta de los franceses Jacky Terrasson & Stéphane Belmondo, o de los alemanes del Eva Klesse Quartet, los suecos del Lina Nyberg Group o del Gustav Lundgren Trio, sin olvidar a los brasileños del André Marques Sexteto, o la presentación en trío de Rita Marcotulli con la cantante Maria Pia de Vito y el baterista mexicano Israel Varela, o del irlandés Christy Doran al frente de su Sound Fountain, o los uruguayos del Trío Oriental (Hugo Fattoruso, Daniel Maza y Fabián Miodownik). Y a eso se suman varias orquestas provenientes de distintas provincias argentinas, como Tito Oliva Jazz Cordillerano (de San Juan), la Córdoba Jazz Orchestra y el Melina Imhoff & Julio Goytia Trío (de Tucumán). Entre los locales, también estuvieron el trío de Juan Pablo Arredondo, el Alejandro Manzoni Octeto, el Damien Poots Cuarteto, el Juan Cruz de Urquiza 7teto., el cuarteto de Juan “Pollo” Raffo, el trío de Sergio Verdinelli (con Ralph Alessi como invitado), etc. Y para los tradicionalistas, la Bluebrass Kings, Swing ’39, la Caoba Jazz Band y la Creole Jazz Band. Como también ocurre desde hace varios años, a los conciertos hay que añadir las proyecciones cinematográficas y también los bailes populares. Por supuesto que no es todo y quedan muchos músicos sin mencionar, pero la idea es transmitir hasta qué punto el Buenos Aires Jazz se ha convertido, gracias a la inteligencia de Adrián Iaies, en un hecho trascendente, así como en una fuente de felicidad. Con los tiempos que corren, no es poco.
(EL PAIS CULTURAL)







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