“Hay tres palabras que los matrimonios empiezan a olvidar con facilidad que son, perdón, gracias y por favor”

El Pbro. Dr. Marcelo Fernando Parma vino a Salto por tercera vez desde Mendoza (Argentina), para trabajar sobre la visión que tiene la Iglesia de la familia y las nuevas interpretaciones del Código Canónico en el Papado de Francisco. Con él conversamos de estos temas.

- ¿Cómo observa a la familia hoy en esta sociedad latinoamericana?
– La familia está como la describe el Papa Francisco en su última exhortación apostólica, “la alegría del amor”. Allí el Papa señala cuáles son los aspectos culturales que hoy nos tocan vivir, bastante globalizados y que impactan de un modo más o menos profundo sobre algunas realidades puntuales, pero que existen como un patrón humano de la Marcelo Fernando Parmacultura moderna que nos toca vivir y que obstaculizan, amenazan, comprometen la realización, desarrollo y la perdurabilidad de los vínculos. Al menos pensando desde ya en el vínculo matrimonial, en los vínculos familiares, pero también, en los vínculos en general. Toda nuestra relación social, humana, que es por naturaleza vincular.

El Papa hace como una lista que me parece muy realista, muy práctica, y además muy ilustrativa, porque nos permite también hacer reflexiones a partir de ella. El Papa dice, la tentación del yo frente al nosotros. Habla del individualismo, del narcicismo, habla de la actitud autorreferente, que expone en términos dialécticos y de oposición el yo con el nosotros, el yo con el conjunto. Y eso impacta en la familia. A veces la necesidad y la búsqueda, legítima por supuesto, de la felicidad individual, nos lleva a no hacer una correcta integración en el concierto colectivo de la familia. Entonces se producen tensiones. En vez de ser la familia y el amor una fuerza centrípeta que una, que converja, se transforma en un elemento de dispersión, de confrontación y de tensión.

El Papa dice que tenemos que aprender a poner nuestro yo pero en un contexto, a poner nuestras necesidades también en la perspectiva de las necesidades del conjunto. Somos una individualidad, pero no estamos solos. Hay que educar en esto frente a la tendencia siempre de poner al yo por encima de todo y de todos. Esto, que parece una expresión muy general, muy abstracta, uno la ve en la dinámica cotidiana. Eso es una primera advertencia que el Papa hace.

A esto se le suma un empobrecimiento de la comunicación, que se ve mucho en las familias, ya sea por motivos laborales, tiempos cruzados, muy pocos espacios para el diálogo tranquilo, para el encuentro, para plantear lo que necesitamos, lo que nos preocupa, para elaborar una estrategia común para superar quizás una dificultad puntual. Vivimos apurados y llegamos a casa, dice el Papa incluso en una descripción muy casera, cansados, y buscamos algo que nos distraiga, que nos compense, que nos gratifique, siempre el diálogo es arduo, es ponerse en una actitud de escucha, es un esfuerzo interior de atención.

- ¿Cómo repercute eso en los hijos?
– Y se ve a padres que llegan cuando los hijos ya duermen, y padres que se van cuando los hijos todavía no se levantaron. Son problemáticas, reales, entendibles, pero con las que hay que luchar porque como sin darnos cuenta, nos van privando realmente de la posibilidad de ir construyendo el espacio de diálogo, que no es simplemente un espacio para contarnos cosas. El diálogo es entendido, dice el Papa, como una comunicación dual, recíproca, profunda, atenta, que nos permite ir conociendo al otro, comprendiendo también sus necesidades y poniéndonos en condiciones de aprenderlas.

- ¿La tecnología no ayuda a superar estos desencuentros con tantas computadoras y teléfonos inteligentes?
– El Papa usa una frase muy curiosa, dice, la tecnología nos conecta, pero no siempre nos acerca. El estar cerca es otro concepto, es un concepto físico, como mirarnos a los ojos, estar juntos, tomar algo. Y la tecnología es más fría, es virtual, es un dato, es un decir estoy, voy, llego. La cercanía es estar. A eso hay que agregarle, dice el Papa, una suma de factores, que el poco tiempo, la velocidad de la vida actual, la rutina, nos van privando de lo que se llama la expresión gestual y verbal del amor. Entonces, todo hace a todo, y a veces todo repercute negativamente.

Dice el Papa que hay tres palabras que los matrimonios empiezan a olvidar con facilidad, que son perdón, gracias y por favor. Son palabras que desaparecen del glosario, y todo es, pasame, dame, ya llego, prendé tal cosa, apagá la otra. Órdenes, sutiles, familiares, llenas de confianza, pero perdemos lo que es el bálsamo del amor. Y en estos consejos que parecen fútiles, el Papa apunta a dinámicas antropológicas que todos necesitamos, y que nos hacen muy bien, cuando nos dice, te agradezco esto, gracias por tal cosa. Entonces, hasta uno ya se dispone a hacer, a dar, a brindar, a ofrecerse. Bueno, cuánto más en el matrimonio, que hay una intimidad, un trato cotidiano, una dinámica permanente. Hay problemas también, claro que hay problemas dice el Papa, estamos creciendo, estamos aprendiendo, nadie se casa con una receta en la mano. El aprendizaje exige también el manejo del conflicto, hay que tener estrategias para manejar un conflicto, que a veces se lo sobredimensiona, o uno como sin darse cuenta es parte del problema y no es parte de la solución, y tenemos que ser parte de la solución…

- Y cuando el amor se transforma en violencia, la ley del hombre habla de la posibilidad del divorcio o incluso de la cárcel, ¿cómo responde la Iglesia a este fenómeno que no es nuevo?
– A ver, estamos planteando un ideal y una serie de valores. El matrimonio debe ser compartido de forma dual, es un proyecto de a dos. Hay una frase muy linda que dice, donde uno no quiere, dos no pueden. Entonces, los dos tenemos que querer, cuando hay uno que no quiere, obviamente el otro va dando él máximo esfuerzo posible para que quiera, para que se sume, para que revise, para que cambie. Hay límites en la vida, físicos, morales. Entonces, la separación personal –porque el divorcio siempre ha planteado un tema más de fondo, la separación vincular, la Iglesia respecto a la separación personal ha sido más que razonable y desde tiempos antiquísimos, hablamos desde los orígenes de la disciplina eclesiástica antes del Medioevo. Es decir, el hombre es violento, alcohólico, o la mujer es violenta. A ver, un poco para poner simetrías de género, aunque ya sabemos cómo se dan los patrones culturales en este aspecto…

- Incluso a veces la violencia se ejerce contra adultos mayores o contra niños.
– Exactamente. La violencia puede ser psicológica, alguien puede no agredir a alguien físicamente pero sí psicológicamente, y en grado no solamente de una violencia disfuncional sino verdaderamente dañina, perjudicial.

- ¿Y cuándo ya no hay arreglo en esa familia, más allá del ideal de la Iglesia?
– Bueno, la separación lamentablemente es un recurso. He conocido a sacerdotes que le han dicho a una persona, “mire, sepárese porque está comprometiendo su salud e integridad física, la de sus hijos, su marido necesita un tratamiento, un acompañamiento”. A ver, se procede con mucho sentido común, dios no quiere que nadie esté expuesto a una situación que comprometa estos niveles de salud, de integridad…
- Ante esto, ¿la Iglesia ha flexibilizado el divorcio?
– Los conceptos están, pero ha habido un aporte muy importante desde otro enfoque que es la nulidad matrimonial, que en todas las causales que prevé el Código Canónico, que son varias, ha estudiado estos casos y ha reconducido a verdaderos capítulos de nulidad las violencias estructurales, las violencias de personalidad, las adicciones que realmente reflejan eso, problemas de orden psíquico, como la psicosis, la psicopatología, la estigmatización patológica de las personas, pero no solo eso porque a veces hay trastornos de la personalidad, estructurales, presentes, permanentes que conspiran contra la viabilidad de un vínculo matrimonial. Eso es lo que plantea la nulidad matrimonial. Mientras el divorcio dice que ese vínculo se instauró pero lo podemos disolver, la nulidad matrimonial plantea que este vínculo nunca se instauró, por eso están creciendo tanto los pedidos de nulidad y la Iglesia está optimizando este servicio.

Entonces, la nulidad matrimonial, no sólo como concepto histórico porque siempre estuvo, pero ahora, como tenemos una problemática cultural fuerte, dice el Papa, detrás de muchos fracasos hay nulidades matrimoniales, no hay simplemente una deflexión aptitudinal, llamémosle, o un simple desgaste de la convivencia, hay temas más profundos. Los estamos estudiando, la Iglesia presta un servicio muy bueno en ese aspecto. Yo soy Vicario Judicial de un Tribunal en Mendoza, abarca en este momento cuatro diócesis en una población casi equivalente a toda la diócesis de Salto, y estamos haciendo una atención pastoral diría muy buena. Como sacerdote me gratifica muchísimo poder dar una respuesta a biografías dolorosas y a situaciones de vida cuando detectamos estas causas, porque recién el elenco que hice de los problemas culturales que amenazan, no son simples problemas externos que golpean al matrimonio, ya van formando muchos jóvenes y en muchos hombres y mujeres, mentalidades.

Para casarse se exige un mínimo, pero esta cosa impacta y pone a las personas a veces por debajo de ese mínimo. Entonces, la nulidad es un abordaje, es un enfoque. Para las otras situaciones de vida, el documento papal es muy criterioso. Dice el Papa, sé que me van a pedir una receta para que digan quienes pueden comulgar y quienes no, quiénes pueden ir a la Iglesia y quiénes no. No, no, eso es muy simplista. La doctrina de la Iglesia está, todos la conocemos, el evangelio es el mismo, pero el abordaje tiene que ser más sensible, más cercano, tenemos que discernir situación por situación, hablar con cada persona, ver qué cosas obstaculizan más plena inserción en la Iglesia y ayudar en todo caso a identificarla, eventualmente a apartarla, corregirla, y en cualquier caso, hay un espacio para todos en la Iglesia, veremos cuál es, pero hay un espacio.







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