Hoy con Miguel Medina, técnico de formativas y exjugador de básquetbol

Para los jóvenes, Miguel Medina es el padre de Facundo y Octavio, dos basquetbolistas de grandes condiciones que defienden a Hebraica y Macabi. 18 9 15 017
Para los memoriosos, Medina es el popular “Huevo”, uno de los basquetbolistas salteños que brilló con luz propia, siendo dos veces campeón federal (en 1975 y 77 con el propio conjunto hebreo) y varias veces campeón nacional con la selección de Salto, además de integrar una selección uruguaya juvenil.
Medina no escatima elogios para hablar de la figura de Omar “Chumbo” Arrestia -quien lo llevó a Hebraica-, y se llena de orgullo al recordar su extenso pasaje por la selección local. “Desde el año 1974 hasta 1992 falté solo un año a la selección de Salto, tanto en materia juvenil como mayor. Sólo falté por estar en Argentina, porque no pude venir. Me sentía obligado, en el buen sentido, a venir a jugar el torneo Nacional. Y no ponía exigencias para hacerlo. Una vez, incluso, me citaron para una selección juvenil de Montevideo, pero vine a jugar por Salto”, enfatizó el hoy técnico de las divisiones formativas de Ferro.

¿Qué es de su vida?
Aquí estoy, tratando de terminar el curso de técnico. Tengo que hacer el último módulo para concluir este año. Ahora es obligatorio tener el módulo aprobado para ser técnico y poder dirigir. Actualmente estoy trabajando con Atilio Lima en Ferro. Estoy en la parte de inferiores y soy asistente de Primera de él. ¿Si me gustaría dirigir en Primera? Ya tuve la oportunidad, pero no tenía el carnet habilitante. Hoy somos tres los que estamos cursando el nivel dos para terminar la parte técnica, y ya estamos habilitados para dirigir todas las categorías. Como estamos estudiando, podemos dirigir cualquier categoría en Salto.
¿Y qué es más difícil: dirigir juveniles o mayores, teniendo en cuenta que los primeros son deportistas en formación?
A mí me gusta más la enseñanza, por lo que me gusta más dirigir formativas que dirigir en Primera. Son cosas diferentes. Las formativas son para formar chicos, mientras que cuando dirigís un plantel de Primera, tenés un plantel directamente para competir. Yo me siento preparado para ambas cosas, pero simplemente me gusta más dirigir en formativas. ¿Si el hecho de haber sido jugador es un valor agregado a la hora de dirigir? Yo tengo un plus diferente, porque tuve la suerte de jugar y dirigir la selección de Salto, también jugué y dirigí a otros equipos. A su vez, me favorece tener dos hijos jugando al básquetbol en Montevideo, por lo que tengo mucho intercambio de información con ellos. Eso me forma, también.
Hoy no está en mi mente dirigir en Primera, pero en un futuro no tengo problemas en hacerlo. ¿Dirigir a Montevideo? No es mi idea. Lo mío termina acá. No es mi interés ir a Montevideo. A esta altura estoy más cerca de la puerta de salida que de la entrada. Voy a tratar de aprovechar estos años.
¿Va seguido a Montevideo a ver jugar a sus hijos?
Vamos cada tanto. Uno está jugando ahora el Campeonato Sub 23 con Macabi en Paysandú y el otro está jugando el Metropolitano, porque está a préstamo por este año. Cuando empiece la Liga iremos a verlos, pero no muy seguido, por la distancia y el trabajo, que limitan. Si estuviera viviendo allá, iría siempre a la cancha. ¿Si ya imaginé lo que sería un partido entre ellos? Todavía no, pero calculo que el año que viene se puede dar. Octavio, el más chico, tuvo un año más de formativas, y Facundo estuvo jugando el Metro. Ellos ya están a un nivel de profesionalismo en el que pueden competir en contra sin problemas. ¿Si sería extraño? En ese caso uno desea que le vaya bien a los dos. Lástima que no hay empates en esos partidos.
¿Qué recuerda de su pasaje por Hebraica?
Que fueron los mejores años. Me fui en el 75. Me llevó (Omar) Arrestia. Vino a Salto y andaba buscando algunos chicos para llevar y me eligió a mí. Fue una experiencia muy buena, aunque bastante arriesgada, porque en aquellos tiempos no sabía lo que era Montevideo. Eran tiempos de dictadura, con riesgos que los padres no querían correr. Pero lo mismo hicieron mis hijos, quienes a los 14 años se fueron de acá. Y se fueron a otro Montevideo, más democrático, pero también más peligroso en un montón de cosas.
En el primer año que fui, Macabi estaba tratando de conquistar un torneo y logramos el Federal de ese año. Omar fue elegido como el mejor jugador y yo fui elegido el jugador revelación. Y a partir de ahí me fue muy bien. Jugué hasta el 81.
Entonces también participó del segundo título de Hebraica, conseguido en 1977.
Sí, y en el segundo campeonato fui más protagonista. Tenía un papel más importante. Ese año Omar no pudo jugar la final y me pidió que jugara con su camiseta y me la dio. ¡Poca responsabilidad! Salimos campeones y él se fue a Peñarol. Yo me quedé hasta el 81. Después me fui a Cordón por dos años y en el 84 fui a jugar a la Argentina, cuando empezó la Liga Nacional. Estuve cinco años y jugué en seis equipos diferentes. Cuando se implementó la reglamentación de los extranjeros, volví a Uruguay. Yo tenía todos los papeles para nacionalizarme, pero hubo un error y no pude hacerlo. Después volví para jugar dos años más en Macabi con Javier Espíndola, hasta que decidí que no quería jugar más en Montevideo y me vine a Salto. Estuve en Ferro Carril y terminé en Círculo. Cuando vi que ya no podía atarme más los cordones, abandoné. Estaba con 35 años. Al año siguiente nació Facundo, después Octavio y luego Federica, mis tres hijos. Y dejé, porque siempre quise dejar el básquetbol, no que él me dejara a mí.
¿Y qué hizo luego de retirarse como jugador?
Empecé a dirigir en Ferro y después estuve en la U. Cuando comenzó la Liga trabajé en Salto Uruguay como una especie de manager o gerente deportivo. Después se fue Atilio (Lima) y quedé como técnico en formativas. Luego fui a Nacional y terminé en Ferro, que es mi querido club, porque mis padres me parieron ahí adentro. Fuimos criados dentro de la institución, porque mamá fue una jugadora importante de básquetbol y papá de fútbol en Ferro Carril.
¿Qué cambió en el básquetbol con respecto a la época en que usted jugaba?
La dinámica, la velocidad y también el aspecto técnico. El de antes era un básquetbol diferente, más lento. Hoy es más físico. Hasta los diálogos son diferentes. Hoy hay diálogos en inglés, porque de tanto convivir con los norteamericanos, la jerga del básquetbol incorporó cosas en inglés.
La dinámica que hoy tiene el básquetbol no la tenía antes. La preparación física es diferente. Nosotros hacíamos más resistencia que explosión. Hoy es un juego más explosivo.
¿Por qué sus hijos decidieron ser jugadores de básquetbol?
Es bien sencillo. Ellos siempre estaban viendo cosas mías y cuando me dijeron que también querían ser jugadores de básquetbol, empecé a ver dónde podía llevarlos. Y los llevé a Salto Uruguay, porque estaba Atilio Lima y me parecía que era quien mejor preparaba a los chiquilines. Los llevé juntos. Facundo era el más tesonero. Es un jugador que estuvo tapado mucho tiempo en Macabi y hoy es el goleador del Metro. Él es todo tesón y no para de entrenarse. Ambos arrancaron la famosa Liga Uruguaya con Salto Uruguay y mamaron todo eso. En ese club los tuve incluso como jugadores.
¿Y cómo fue la experiencia de dirigir a sus propios hijos?
Es complicado para todo. Una vez vino un padre y me dijo: ‘¿por qué lo ponés a tu hijo?’ Tuve ese drama en Salto Uruguay y hoy a todos les digo lo mismo: que se fijen donde están mis hijos ahora y donde están los de los demás. Ahí parte la diferencia. Pero no me quedó ningún rencor. Uno cuando está en un club siempre trata de hacer las cosas lo mejor posible.
¿De dónde surgió el apodo Huevo?
Fue de chico. Creo que un día un amigo me lo puso en una cancha y me quedó para siempre. Fijate que a mi hija le dicen ‘la hueva’. No es ninguna ofensa. Es un sobrenombre más que quedó como anécdota después de un partido disputado acá en Salto cuando tenía 15 ó 16 años. A veces nos preocupamos tanto por elegir los nombres de los chicos y después terminan poniéndole cualquier mote.