Informe periodístico relata los avatares que hacen los soldados uruguayos para poder llegar a fin de mes

En el Ejército el 43% está por debajo de la línea de pobreza

De pies descalzos, una niña de 2 años llamada Nahiara sale corriendo de su casa del asentamiento Nuevo Amanecer a abrazar a su padre que llegaba de trabajar. «¡Papá, papá!», repite la pequeña con emoción. Es la primera vez que lo ve de uniforme.
El papá es Edison Tacuarí (24), un soldado de primera oriundo de Vichadero (Rivera), que hace seis años ingresó al Ejército. La familia vive en una humilde casita al fondo de la de los familiares de su concubina. Además de Nahiara hay otros cuatro niños de 3, 4, 8 y 11 años de edad. Los dos mayores son de su compañera de una relación anterior.
«La casa no tiene vigas», explica Tacuarí. El techo es de chapa y se llueve, los pisos son de pórtland.
En la pieza principal está la heladera, la cocina, un microondas, un sillón y una pequeña mesa. «La vamos llevando», resume.
Los días de Tacuarí comienzan bien temprano, ya que para ir al Comando del Ejército —en Bulevar Artigas y Garibaldi— donde se desempeña como mozo en el casino de oficiales, hace 12 kilómetros en bicicleta.
Llega con las piernas tan cansadas que «no puede ni subir las escaleras», pero se ahorra el boleto, porque para mantener una familia como la suya los recursos son escasos.
Su mujer es ama de casa y él cobra un sueldo de $ 11.500 en la mano. El soldado no tiene problemas en admitir sus dificultades.
«Estamos peleando todo los días para llegar a fin de mes. A veces de tanto pelear armamos otra cuenta aparte sin darnos cuenta, no tengo tarjeta, pero le pido plata prestada a algún familiar», explicó.
Cuando se rompe un electrodoméstico o hay que comprarle calzado a los chiquilines, siempre se repite la misma historia en las casas del personal subalterno del Ejército.
Piden un préstamo a las cooperativas militares y después esa «calesita» es difícil de parar.
Aunque el empleo en el Ejército ha sido la tabla de salvación para Tacuarí, el soldado ha contemplado otras opciones laborales, al menos temporalmente.
Estuvo ocho meses alejado del Ejército trabajando en una fábrica de pastas, pero decidió volver «porque allá afuera no es lo mismo».
Sabe y agradece que cuando le falta la leche para sus hijos, en el Ejército lo ayudan.
Además, el trabajo no le parece tan arriesgado como ser policía. «Como policía cualquier persona te puede encajar un tiro en la calle», justifica. Trabajar en el ámbito privado tampoco lo convence: «porque si un militar hace algo mal queda preso, pero si trabaja fuera del Ejército y hace algo mal, lo pueden correr».
Tacuarí no está solo. El 43% del Ejército vive debajo de la línea de pobreza y un 5% está en situación de indigencia. El comandante en jefe del Ejército, Guido Manini Ríos, es consciente de la situación de sus efectivos y así lo planteó en su primer discurso del 2 de febrero.
«Me corresponde, por lealtad hacia mis subalternos, pelear por mejorar su situación. Yo no puedo hablar de presupuesto, pero puedo decir que más del 90% de lo que gasta el Ejército va a retribuciones personales y que las que reciben son por lejos las más bajas de todos los dependientes del Estado», aseguró.
Esta realidad no es nueva.
Ya en 2007 un informe elaborado por el Comando del Ejército daba cuenta de que la mitad del personal subalterno era pobre y el 30% vivía en la indigencia o pobreza extrema, o tenía riesgo de caer en ella.
Un año después, en la celebración del 197 aniversario del Ejército, el excomandante en jefe, Jorge Rosales, dijo que «en el entorno del 90% del personal del Ejército estaba en situación de pobreza e indigencia».