José Asunción Silva: una vida digna de ser contada y una obra que merece recordarse

Hay quienes dicen que todas las biografías son siempre interesantes. Quizás sea así. Pero si hablamos de personalidades ilustres de la cultura, hay algunas vidas que poseen curiosidades verdaderamente dignas de ser contadas, más allá de sus valores puramente artísticos. Es el caso del poeta colombiano José Asunción Silva, de cuya muerte se cumplieron recientemente 120 años. Curioso puede ser que haya llegado a convertirse en figura de la poesía latinoamericana siendo que murió cuando apenas tenía treinta años; más curioso puede ser que, además, no llegó a publicar en vida ningún libro; y más aún que cuando tenía preparado uno se perdió en el naufragio de un barco. En palabras del muy buen crítico Simón Latino, compartimos a continuación algo de la biografía de este gran representante del Modernismo hispanoamericano:
“José Asunción Silva, generalmente considerado como uno de los precursores del modernismo, al lado de Rubén José Asunción SilvaDarío, nació dos años antes que este, el 27 de noviembre de 1865, en Bogotá, en el seno de una rica y aristocrática familia, cuyo padre, don Ricardo, fue notable escritor y costumbrista, y además comerciante, maridaje que era frecuente en aquellos tiempos. Ya escribía versos, y era un joven snob y amanerado, cuando a los dieciocho años lo envió su padre a Europa, de donde regresó en 1886, para hallarse, poco después, huérfano y en la quiebra, todo lo cual lo afectó hondamente. Fue designado entonces secretario de la embajada de Colombia en Caracas, y allí pudo reunir sus versos para publicarlos, pero cuando retornaba a su patria con el libro listo, naufragó el barco en que viajaba, y perdió el manuscrito. Para tantos reveses halló consuelo en el afecto puro, intenso y entrañable de su hermana menor, Elvira, mujer de gran belleza y fino espíritu. Ya fuera por la similitud que existía entre ellos, pues Silva, al decir de Tomás Carrasquilla, era algo femenino, o porque en verdad, como otros sugieren, existió entre él y su hermana un humano amor cuya imposibilidad lo atormentara, la verdad es que la inesperada muerte de la joven fue para el poeta una catástrofe a la cual no pudo sobrevivir. Silva se suicidó el 23 de mayo de 1896, en circunstancias dramáticas, a los 31 años de edad y sin haber publicado libro alguno. Su –
verdadera gloria comenzó entonces, y especialmente al conocerse y publicarse sus Nocturnos, inspirados, a lo menos el tercero, en el recuerdo imborrable de la muerta. Su obra poética es muy breve, unas pocas páginas de prosa poética y una novela en esbozo, que tituló De sobremesa, constituyen toda la herencia literaria que nos dejó. Aunque falta unidad a esta obra, y no todo en ella es original, tiene, sin embargo, fuerza suficiente para revelarnos las posibilidades de un innovador que, de haber podido completarla, habría llegado muy lejos. Más que en los temas, innovó en las formas métricas, en las asonancias y disonancias, aunque sin alcanzar las cimas a que llegó Darío, quien, al morir Silva, ya había publicado Azul y Prosas Profanas”

NOCTURNO III – (fragmento)

Una noche
una noche toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas.
Una noche
en que ardían en la sombra nupcial y húmeda, las luciérnagas fantásticas,
a mi lado, lentamente, contra mí ceñida, toda,
muda y pálida
como si un presentimiento de amarguras infinitas,
hasta el fondo más secreto de tus fibras te agitara,
por la senda que atraviesa la llanura florecida
caminabas,
y la luna llena
por los cielos azulosos, infinitos y profundos esparcía su luz blanca,
y tu sombra

fina y lánguida
y mi sombra
por los rayos de la luna proyectada
sobre las arenas tristes
de la senda se juntaban.
Y eran una
y eran una
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!
¡y eran una sola sombra larga!