La creación literaria: la otra faceta en el arte de Amalia Zaldúa

Amalia Zaldúa no necesita presentación en Salto. Baste con decir que fue docente por más de 30 años (maestra y profesora) y la más relevante figura de la dirección coral de nuestra ciudad, con su Coro Cantares. Nombrada Ciudadana Ilustre el pasado año, eso es solo una parte del reconocimiento que esta sociedad siente que le debe. Pero lo que no es tan conocido, es que Amalia escribe literatura, lo hizo desde siempre, a tal punto que decidió asistir desde hace un tiempo al Taller Literario Horacio Quiroga, dependiente de la Intendencia. Tampoco es del todo conocido que nació en Tacuarembó, aunque aclara que fue “por casualidad, porque vivíamos afuera y era más cercano ir a Tacuarembó para que mi madre tuviera familia; vivíamos en el departamento de Salto pero más cerca de Tacuarembó”. Y agrega que su vinculación con aquel departamento se da también porque “cuando llegó el momento de ir a la escuela, mis padres me mandaron con unos tíos que vivían en un paraje precioso de Tacua-rembó, de sierras, y ahí fui a la escuela primer y segundo año. Esa es una experiencia muy dura para una niña, separarse de su familia, pasé bien pero fue duro”, confiesa. Con Amalia Zaldúa, sobre esa faceta poco conocida en su vida que es la creación literaria, dialogó EL PUEBLO:
¿Desde cuándo escribe?
Desde la adolescencia, como todo adolescente, pero pavadas…. Y novelas, estaba en tercero del liceo y recuerdo que había escrito una novela. Estaba como pupila en un colegio religioso pero salía para ir al liceo. Entonces llevaba los capítulos y los pasaba, ¡mirá que buena alumna haciendo distraer a las compañeras…! (risas); “Amalia, Amalia pasame otro capítulo de tu novela”, me decían.
Pero al momento de optar más profesionalmente por algo se quedó con la música…
Ah sí, sí, porque siempre me gustó la música. Empecé con el piano y después el coro, la voz humana siempre me encantó. Escuchar la armonía de la voz humana es para mí una cosa incomparable.
Si escribe seguramente es buena lectora, ¿qué le gusta leer?
De todo un poco. Novelas por ejemplo, pero me gustan mucho las biografías también, me gusta el conocimiento de las vidas. En cuanto a novelas he leído por ejemplo a Vargas Llosa, García Márquez,… cuando salió “Cien años de soledad” me pasé todas las vacaciones leyendo ese libro y descifrando aquella familia tan impresionante. Pero la lectura como distracción, no con espíritu analítico ni nada por el estilo. Pero escribir siempre me gustó.
¿Y qué escribe?
Hubo una época, cuando estuve enamorada y sufriendo por el amor, que me salían poemas. Después pasé a otra etapa. Siempre me gustaron los cuentos. Yo inventaba cuentos a los niños de la clase, los improvisaba. Siempre pienso por qué no habré grabado, no se me ocurrió. De pronto eran buenos cuentos, dada la atención de ellos. Hubo uno que duró todo un año que se llamaba “La escuelita de cristal”, pero nunca lo imprimí, era una zaga, todos los días pasaba algo.
¿Qué le aporta el taller literario?
Me ha ayudado a mantener las neuronas sanas, a mantener en movimiento el pensamiento, si no, la persona muere. Ese estímulo y esa exigencia lo obligan a uno a pensar, porque si no, si no es un escritor profesional o no tiene una obligación, pasa tiempo sin escribir. Yo en el año 81 gané un concurso con un cuento para niños y ahí me sentí muy estimulada, me sentí como impulsada. Después, con el coro eso se me adormeció un poco, porque estaba con la música y otras cosas en la cabeza.
¿Advierte que existe un vínculo entre la actividad coral y la literaria?
Y sí, claro, fijate que por ejemplo las obras corales están basadas en letras, la música sacra por ejemplo es una cosa maravillosa, porque de pronto son los salmos, los responsorios que están puestos en música por esos músicos maravillosos, y tenés que entrar en ese mundo literario, y las canciones populares lo mismo, tenés que interpretar las letras, que con la música forman un todo que también es maravilloso.
¿Tiene algunos planes de futuro en cuanto a la escritura?
Seguir trabajando en la medida que pueda, que la cabeza me dé. Como ser humano uno tiene que seguir hasta donde puede.
Miedo
(Un cuento de Amalia Zaldúa)
Yo sé que ese era el cuarto del abuelo. No lo conocí, porque cuando nací, él ya no estaba. Sé que no debo hacerlo, por algo mamá me dijo: “A esa pieza no entres”. Pero, veré qué pasa…El picaporte de la puerta es raro, parece la cabeza de un caimán. Lo toco y es áspero, frío y pesado. Apenas lo aprieto, se abre la puerta, como la boca del caimán y me veo en el cuarto prohibido. Del suelo gris se levantan dos niños como yo, uno un poco más grande, que me miran con ojos como agujas. Sus miradas penetran mi camisa, mis pantalones y mis alpargatas. No ven mi mano derecha, donde tengo la espada de madera que me regaló el tío Juan. Visten largas túnicas azules, ¿de dónde vendrán?…Ahora descubren mi espada plateada y quieren quitármela. Lo adivino en sus miradas alargadas y en sus manos como ganchos. Escondo la espada en mi espalda pero los ojos como agujas y los ganchos de las manos me la quitan. Yo estoy inmóvil como una estatua sin deseos.
¡Mira! – parece decir uno de ellos- no es una espada verdadera; es un juguete, no más lo que tiene este niño mal vestido y feo.
Sí –dice el otro- además, no habla como nosotros, parece una momia. Se quedó quieto como la momia del abuelo.
No hables así, él está allí, en el rincón aquel, donde todo se petrifica.
Hablo como ustedes, niños malos, ¿no ven que me muevo ahora?…Quise mover el brazo izquierdo y se me quedó trabado en el derecho y así no pude desenredarme para mostrarles mi poder de juego. Pero ellos no querían jugar, sino pelear conmigo.
Si no es por el abuelo momificado que estaba en el rincón oscuro y vino a salvarme, estoy seguro de que aquellos niños raros hubieran cortado mi cabeza con la espada plateada.
No es eso lo que ellos quieren –dijo el abuelo, después de penetrar mi pensamiento con el suyo- ellos son niños como tú; están aquí siempre, resguardando este espacio. Por eso te han quitado la espada, para que tú no rompas el aire con ella, ni dañes este sitio reservado para mí solo. Debes tratar de tocarlos para que te reconozcan y acepten tu presencia.
Todo esto me lo dijo el abuelo inmóvil, desde el rincón petrificado…Yo seguía con mis brazos trabados, solo trabajando con mi pensamiento, tratando de que la mirada de aquellos niños se retirara de mí; para eso, miré con fijeza al abuelo hasta que logré que su figura se moviera hacia mí. Los niños azules giraron entonces sus cabezas, siguiendo la dirección de mis ojos y pude así liberar mis brazos hasta tocar al más pequeño. Emitió este un sonido extraño y dulce y apagado, y el más grande me entregó la espada al tiempo que decía: “Es tuya. No la uses aquí porque puedes cortar el aire que mantiene todo en la quietud. Ni el polvo debe moverse en esta habitación. Si lo haces, todo cambiará en un instante”.
No hice caso. Levanté la espada bruscamente para mostrarles mi fuerza…Una estela luminosa de infinitas partículas se escapó por la luz del sol que penetró por la rendija de la puerta entreabierta. Los niños azules desaparecieron silenciosamente en la alfombra y entonces pude ver, claramente, al abuelo, en su viejo retrato del rincón.
Amalia Zaldúa

Amalia Zaldúa no necesita presentación en Salto. Baste con decir que fue docente por más de 30 años (maestra y profesora) y la más relevante figura de la dirección coral de nuestra ciudad, con su Coro Cantares. Nombrada Ciudadana Ilustre el pasado año, eso es solo una parte del reconocimiento que esta sociedad siente que le debe. Pero lo que no es tan conocido, es que Amalia escribe literatura, lo hizo desde siempre, a tal punto que decidió asistir desde hace un tiempo al Taller Literario Horacio Quiroga, dependiente de la Intendencia. Tampoco es del todo conocido que nació en Tacuarembó, aunque aclara que fue “por casualidad, porque vivíamos afuera y era más cercano ir a Tacuarembó para que mi madre tuviera familia; vivíamos en el departamento de Salto pero más cerca de Tacuarembó”. Y agrega que su vinculación con aquel departamento se da también porque “cuando llegó el momento de ir a la escuela, mis padres me mandaron con unos tíos que vivían en un paraje precioso de Tacua-rembó, de sierras, y ahí fui a la escuela primer y segundo año. Esa es una experiencia muy dura para una niña, separarse de su familia, pasé bien pero fue duro”, confiesa. Con Amalia Zaldúa, sobre esa faceta poco conocida en su vida que es la creación literaria, dialogó EL PUEBLO:

¿Desde cuándo escribe?

Desde la adolescencia, como todo adolescente, pero pavadas…. Y novelas, estaba en tercero del liceo y recuerdo que había escrito una novela. Estaba como pupila en un colegio religioso pero salía para ir al liceo. Entonces llevaba los capítulos y losIntegrantes del taller 002 pasaba, ¡mirá que buena alumna haciendo distraer a las compañeras…! (risas); “Amalia, Amalia pasame otro capítulo de tu novela”, me decían.

Pero al momento de optar más profesionalmente por algo se quedó con la música…

Ah sí, sí, porque siempre me gustó la música. Empecé con el piano y después el coro, la voz humana siempre me encantó. Escuchar la armonía de la voz humana es para mí una cosa incomparable.

Si escribe seguramente es buena lectora, ¿qué le gusta leer?

De todo un poco. Novelas por ejemplo, pero me gustan mucho las biografías también, me gusta el conocimiento de las vidas. En cuanto a novelas he leído por ejemplo a Vargas Llosa, García Márquez,… cuando salió “Cien años de soledad” me pasé todas las vacaciones leyendo ese libro y descifrando aquella familia tan impresionante. Pero la lectura como distracción, no con espíritu analítico ni nada por el estilo. Pero escribir siempre me gustó.

¿Y qué escribe?

Hubo una época, cuando estuve enamorada y sufriendo por el amor, que me salían poemas. Después pasé a otra etapa. Siempre me gustaron los cuentos. Yo inventaba cuentos a los niños de la clase, los improvisaba. Siempre pienso por qué no habré grabado, no se me ocurrió. De pronto eran buenos cuentos, dada la atención de ellos. Hubo uno que duró todo un año que se llamaba “La escuelita de cristal”, pero nunca lo imprimí, era una zaga, todos los días pasaba algo.

¿Qué le aporta el taller literario?

Me ha ayudado a mantener las neuronas sanas, a mantener en movimiento el pensamiento, si no, la persona muere. Ese estímulo y esa exigencia lo obligan a uno a pensar, porque si no, si no es un escritor profesional o no tiene una obligación, pasa tiempo sin escribir. Yo en el año 81 gané un concurso con un cuento para niños y ahí me sentí muy estimulada, me sentí como impulsada. Después, con el coro eso se me adormeció un poco, porque estaba con la música y otras cosas en la cabeza.

¿Advierte que existe un vínculo entre la actividad coral y la literaria?

Y sí, claro, fijate que por ejemplo las obras corales están basadas en letras, la música sacra por ejemplo es una cosa maravillosa, porque de pronto son los salmos, los responsorios que están puestos en música por esos músicos maravillosos, y tenés que entrar en ese mundo literario, y las canciones populares lo mismo, tenés que interpretar las letras, que con la música forman un todo que también es maravilloso.

¿Tiene algunos planes de futuro en cuanto a la escritura?

Seguir trabajando en la medida que pueda, que la cabeza me dé. Como ser humano uno tiene que seguir hasta donde puede.

Miedo

(Un cuento de Amalia Zaldúa)

Yo sé que ese era el cuarto del abuelo. No lo conocí, porque cuando nací, él ya no estaba. Sé que no debo hacerlo, por algo mamá me dijo: “A esa pieza no entres”. Pero, veré qué pasa…El picaporte de la puerta es raro, parece la cabeza de un caimán. Lo toco y es áspero, frío y pesado. Apenas lo aprieto, se abre la puerta, como la boca del caimán y me veo en el cuarto prohibido. Del suelo gris se levantan dos niños como yo, uno un poco más grande, que me miran con ojos como agujas. Sus miradas penetran mi camisa, mis pantalones y mis alpargatas. No ven mi mano derecha, donde tengo la espada de madera que me regaló el tío Juan. Visten largas túnicas azules, ¿de dónde vendrán?…Ahora descubren mi espada plateada y quieren quitármela. Lo adivino en sus miradas alargadas y en sus manos como ganchos. Escondo la espada en mi espalda pero los ojos como agujas y los ganchos de las manos me la quitan. Yo estoy inmóvil como una estatua sin deseos.

¡Mira! – parece decir uno de ellos- no es una espada verdadera; es un juguete, no más lo que tiene este niño mal vestido y feo.

Sí –dice el otro- además, no habla como nosotros, parece una momia. Se quedó quieto como la momia del abuelo.

No hables así, él está allí, en el rincón aquel, donde todo se petrifica.

Hablo como ustedes, niños malos, ¿no ven que me muevo ahora?…Quise mover el brazo izquierdo y se me quedó trabado en el derecho y así no pude desenredarme para mostrarles mi poder de juego. Pero ellos no querían jugar, sino pelear conmigo.

Si no es por el abuelo momificado que estaba en el rincón oscuro y vino a salvarme, estoy seguro de que aquellos niños raros hubieran cortado mi cabeza con la espada plateada.

No es eso lo que ellos quieren –dijo el abuelo, después de penetrar mi pensamiento con el suyo- ellos son niños como tú; están aquí siempre, resguardando este espacio. Por eso te han quitado la espada, para que tú no rompas el aire con ella, ni dañes este sitio reservado para mí solo. Debes tratar de tocarlos para que te reconozcan y acepten tu presencia.

Todo esto me lo dijo el abuelo inmóvil, desde el rincón petrificado…Yo seguía con mis brazos trabados, solo trabajando con mi pensamiento, tratando de que la mirada de aquellos niños se retirara de mí; para eso, miré con fijeza al abuelo hasta que logré que su figura se moviera hacia mí. Los niños azules giraron entonces sus cabezas, siguiendo la dirección de mis ojos y pude así liberar mis brazos hasta tocar al más pequeño. Emitió este un sonido extraño y dulce y apagado, y el más grande me entregó la espada al tiempo que decía: “Es tuya. No la uses aquí porque puedes cortar el aire que mantiene todo en la quietud. Ni el polvo debe moverse en esta habitación. Si lo haces, todo cambiará en un instante”.

No hice caso. Levanté la espada bruscamente para mostrarles mi fuerza…Una estela luminosa de infinitas partículas se escapó por la luz del sol que penetró por la rendija de la puerta entreabierta. Los niños azules desaparecieron silenciosamente en la alfombra y entonces pude ver, claramente, al abuelo, en su viejo retrato del rincón.

Amalia Zaldúa