La dejadez, nuestra Guernica

Quizás Guernica fue el ejemplo más importante de lo que puede ser una atrocidad, de lo inocuo, de las cosas que no le deben pasar nunca al ser humano. Y el pueblo vasco, uno de los que ha poblado con fuerza nuestras tierras y de quienes en muchos casos descendemos sin el más mínimo error, profesando su cultura y la testarudez de su idiosincracia, es uno de los grupos humanos que más nos ha influido en la vida cotidiana por su coraje y su nobleza.
En estos tiempos donde el ser humano trata de volver a las raíces y de buscar el regreso de los valores y las tradiciones que han dado forma a la sociedad tal como la conocemos, en estos momentos donde hemos llegado al vale todo y donde nada conforma, donde muchos siguen poniéndose en posición de déspotas para corregir las cosas y donde la mayoría de la gente cree que poner todo patas para arriba es renovación, libertad y comprensión del más íntimo sentido humano, no podemos dejar de ver todo lo que está pasando y recordar las cosas que conmovieron al mundo y que nos enseñaron los caminos del bien y el mal.
Cuando comenzamos esta columna haciendo un breve pero pequeño homenaje a lo que pasó en Guernica, ese pueblo vasco bombardeado para justificar la nada, la más absoluta malicia temeraria que haya conocido la historia de la guerra civil española en el Siglo XX, y el rescate de los valores y de la identidad que surgieron posteriormente a esto hacia ese pueblo sufrido pero aguerrido y generador de actos positivos en todo el mundo, principalmente en nuestro continente, como es el pueblo vasco, no invocamos otra cosa que el regreso a los valores, al compromiso, al desafío de salir adelante y a la cultura del trabajo y del esfuerzo, que vienen de la mano del amor por la familia, por las tradiciones, por la forma y por el patriotismo bien visto. No el patrioterismo que han  querido inculcarnos dictadores de derecha y radicales de izquierda por igual.
Por eso, es muy importante replantear la sociedad en la que vivimos de una manera tangencial, casi como haciendo una radiografía, para saber quiénes somos, qué queremos y hacia dónde vamos. Sobre todo en un momento donde la sociedad civil se organiza en distintos grupos políticos para pregonar ideas, generar cambios y proponer reformas que deberían surgir de la voz de la gente, para convertirse luego en actos de gobierno.
Esto, sería un estado ideal de democracia, si la misma funcionara de esta manera. Pero acá hay pereza, hay pocas ganas de hacer, de emprender, de trabajar, de querer modificar el estado de las cosas y por eso, la gran mayoría de la gente, la masa social, prefiere seguirle la corriente a otro, ni siquiera una corriente de ideas, una tradición institucional, un marco programático, algo que ya esté identificado.
Nadie quiere discursos porque los hace pensar, los hace tener que comparar, tener que medirle el aceite a un gobierno y a otro, y la gente no está para eso, porque se queda con cosas chiquitas, como aumentos de sueldo, la moto que se pudieron comprar, el trabajo que le dieron o la facilitación de la chapa o el terreno para tener la casa.
La gente no se pone a repensar en una sociedad mejor, distinta, con transformaciones profundas, que aliente la participación y el compromiso real, que genere los cambios que tanto se reclaman y que todos pongan lo suyo para después estar en lo posible, de acuerdo en la mayoría de las cosas que se puedan y que así no haya tantas confrontaciones que no llevan a nada. Sino que sigue la cara del candidato, los colores, el arrastre de la música en el local que está en el barrio y si la barra de amigos se pliega, por qué no hacerlo. Eso sí, a escuchar y a aplaudir sin decir nada de nada. Ya que los candidatos están, las estructuras fueron conformadas sin su autorización porque nadie se las pide, y los que se pliegan abajo son los aplaudidores que tanto se precisan para eso.
En líneas generales este es el drama de la participación política en el Uruguay, en todos los partidos. A un año, o más en algunos casos de las elecciones, ya los candidatos estaban digitados, todos sabían a quiénes iban a seguir, no estaban pensando en participar para ir a escuchar ideas, para  compararlas con las suyas, y para hacer que la de la contradicción de las mismas algo surja. No, por el contrario, cuando se sumaron ya estaba todo el pescado vendido, y es que así funcionan y funcionarán por siempre las estructuras político partidarias.
Siempre habrá dos que piensen cómo acarrear a un montón de gente que los siga, los aplauda y los convierta en héroes ciudadanos, y que el resto mire desde abajo del escenario, apoye todo lo que se diga y si bien ese es el punto más evidente de que no entienden nada y de que tampoco les interesa lo que estamos diciendo, como ya generamos ese estado de involucramiento, alegría, y acompañamiento con el político del club del barrio, está todo dicho y nada nos hará cambiar.
Sin pretender ser éste un análisis sociológico de la realidad de la participación ciudadana en la vida política, hay mucho de real en lo que digo, ya que a los uruguayos nos sigue costando pensar bien. Seguimos aprobando muchas cosas que no son las adecuadas, por creer que son buenas, seguimos aplaudiendo cambios que deberían ser cuestionados hasta las raíces para ver qué tanto pueden incidir en forma positiva en la sociedad tal como la conocemos y no lo hacemos. Pero todo esto porque seguimos teniendo en muchos casos la mente estrecha y no nos preocupamos por cuestionar lo que nos están vendiendo por bueno.
Los políticos nos están haciendo precio y nos dicen que van a eliminar tal o cual impuesto, que van a bajar la presión tributaria, que van a generar mayores riquezas dejando el dinero en manos de la gente y que a la vez van a lograr con esto que no haya tanto endeudamiento interno, pero también nos dicen que va a pasar todo esto y que no va a haber un cambio hacia una cultura fiscal, donde la gente aprenda a no gastar más de lo que tiene y que si quiere más, como es lógico, sobre todo porque con lo que gana no le alcanza para vivir, que busque otro trabajo. También nos dicen que van a bajar la inflación, que van a generar empleo genuino y que nos van a dar la participación real que todos los ciudadanos nos merecemos.
Aunque por otro lado, vemos que la realidad dista de ese estado ideal, porque la gente no quiere trabajar mucho, quiere romperse poco y quiere ganar más. Hay una cultura sindical corporativa que avala estas prácticas como costumbres impuestas en la sociedad. Pero por otro lado, cuando hay alguien dispuesto a sacrificarse en dos o tres empleos, tener una profesión y trabajar casi 24 horas al día, debe entregarle al Estado gran parte de sus ganancias por hacerlo.
Lo más importante de todo  esto, es apenas parte de las cosas que hay que cambiar para generar una sociedad mejor. Pero ¿quién lo discute? ¿Usted, yo, el vecino de al lado? No, no lo hacemos, solo nos sentamos frente al televisor, leyendo el diario o mirando los portales por Internet y nos olvidamos que hay que pelear por lo que queremos.
Esa quizás es nuestra gran tragedia, es nuestra  Guernica, es lo que no debemos soportar y lo que debemos confrontar, para poder aspirar a una sociedad distinta, diferente, como la que nos planteamos cada día, pero sin indiferencias, porque la mezquindad y el que se salve quien pueda son el principal problema de los uruguayos, y donde no apuntemos a corregirlo, estaremos fritos, seremos rehenes de los que quieren usarnos para llegar lejos y terminaremos mal, tirando al tacho todo lo que nuestros abuelos nos enseñaron, lo peor de todo, sin que eso nos importe un carajo de nada.

Quizás Guernica fue el ejemplo más importante de lo que puede ser una atrocidad, de lo inocuo, de las cosas que no le deben pasar nunca al ser humano. Y el pueblo vasco, uno de los que ha poblado con fuerza nuestras tierras y de quienes en muchos casos descendemos sin el más mínimo error, profesando su cultura y la testarudez de su idiosincracia, es uno de los grupos humanos que más nos ha influido en la vida cotidiana por su coraje y su nobleza.

En estos tiempos donde el ser humano trata de volver a las raíces y de buscar el regreso de los valores y las tradiciones que hanguernica dado forma a la sociedad tal como la conocemos, en estos momentos donde hemos llegado al vale todo y donde nada conforma, donde muchos siguen poniéndose en posición de déspotas para corregir las cosas y donde la mayoría de la gente cree que poner todo patas para arriba es renovación, libertad y comprensión del más íntimo sentido humano, no podemos dejar de ver todo lo que está pasando y recordar las cosas que conmovieron al mundo y que nos enseñaron los caminos del bien y el mal.

Cuando comenzamos esta columna haciendo un breve pero pequeño homenaje a lo que pasó en Guernica, ese pueblo vasco bombardeado para justificar la nada, la más absoluta malicia temeraria que haya conocido la historia de la guerra civil española en el Siglo XX, y el rescate de los valores y de la identidad que surgieron posteriormente a esto hacia ese pueblo sufrido pero aguerrido y generador de actos positivos en todo el mundo, principalmente en nuestro continente, como es el pueblo vasco, no invocamos otra cosa que el regreso a los valores, al compromiso, al desafío de salir adelante y a la cultura del trabajo y del esfuerzo, que vienen de la mano del amor por la familia, por las tradiciones, por la forma y por el patriotismo bien visto. No el patrioterismo que han  querido inculcarnos dictadores de derecha y radicales de izquierda por igual.

Por eso, es muy importante replantear la sociedad en la que vivimos de una manera tangencial, casi como haciendo una radiografía, para saber quiénes somos, qué queremos y hacia dónde vamos. Sobre todo en un momento donde la sociedad civil se organiza en distintos grupos políticos para pregonar ideas, generar cambios y proponer reformas que deberían surgir de la voz de la gente, para convertirse luego en actos de gobierno.

Esto, sería un estado ideal de democracia, si la misma funcionara de esta manera. Pero acá hay pereza, hay pocas ganas de hacer, de emprender, de trabajar, de querer modificar el estado de las cosas y por eso, la gran mayoría de la gente, la masa social, prefiere seguirle la corriente a otro, ni siquiera una corriente de ideas, una tradición institucional, un marco programático, algo que ya esté identificado.

Nadie quiere discursos porque los hace pensar, los hace tener que comparar, tener que medirle el aceite a un gobierno y a otro, y la gente no está para eso, porque se queda con cosas chiquitas, como aumentos de sueldo, la moto que se pudieron comprar, el trabajo que le dieron o la facilitación de la chapa o el terreno para tener la casa.

La gente no se pone a repensar en una sociedad mejor, distinta, con transformaciones profundas, que aliente la participación y el compromiso real, que genere los cambios que tanto se reclaman y que todos pongan lo suyo para después estar en lo posible, de acuerdo en la mayoría de las cosas que se puedan y que así no haya tantas confrontaciones que no llevan a nada. Sino que sigue la cara del candidato, los colores, el arrastre de la música en el local que está en el barrio y si la barra de amigos se pliega, por qué no hacerlo. Eso sí, a escuchar y a aplaudir sin decir nada de nada. Ya que los candidatos están, las estructuras fueron conformadas sin su autorización porque nadie se las pide, y los que se pliegan abajo son los aplaudidores que tanto se precisan para eso.

En líneas generales este es el drama de la participación política en el Uruguay, en todos los partidos. A un año, o más en algunos casos de las elecciones, ya los candidatos estaban digitados, todos sabían a quiénes iban a seguir, no estaban pensando en participar para ir a escuchar ideas, para  compararlas con las suyas, y para hacer que la de la contradicción de las mismas algo surja. No, por el contrario, cuando se sumaron ya estaba todo el pescado vendido, y es que así funcionan y funcionarán por siempre las estructuras político partidarias.

Siempre habrá dos que piensen cómo acarrear a un montón de gente que los siga, los aplauda y los convierta en héroes ciudadanos, y que el resto mire desde abajo del escenario, apoye todo lo que se diga y si bien ese es el punto más evidente de que no entienden nada y de que tampoco les interesa lo que estamos diciendo, como ya generamos ese estado de involucramiento, alegría, y acompañamiento con el político del club del barrio, está todo dicho y nada nos hará cambiar.

Sin pretender ser éste un análisis sociológico de la realidad de la participación ciudadana en la vida política, hay mucho de real en lo que digo, ya que a los uruguayos nos sigue costando pensar bien. Seguimos aprobando muchas cosas que no son las adecuadas, por creer que son buenas, seguimos aplaudiendo cambios que deberían ser cuestionados hasta las raíces para ver qué tanto pueden incidir en forma positiva en la sociedad tal como la conocemos y no lo hacemos. Pero todo esto porque seguimos teniendo en muchos casos la mente estrecha y no nos preocupamos por cuestionar lo que nos están vendiendo por bueno.

Los políticos nos están haciendo precio y nos dicen que van a eliminar tal o cual impuesto, que van a bajar la presión tributaria, que van a generar mayores riquezas dejando el dinero en manos de la gente y que a la vez van a lograr con esto que no haya tanto endeudamiento interno, pero también nos dicen que va a pasar todo esto y que no va a haber un cambio hacia una cultura fiscal, donde la gente aprenda a no gastar más de lo que tiene y que si quiere más, como es lógico, sobre todo porque con lo que gana no le alcanza para vivir, que busque otro trabajo. También nos dicen que van a bajar la inflación, que van a generar empleo genuino y que nos van a dar la participación real que todos los ciudadanos nos merecemos.

Aunque por otro lado, vemos que la realidad dista de ese estado ideal, porque la gente no quiere trabajar mucho, quiere romperse poco y quiere ganar más. Hay una cultura sindical corporativa que avala estas prácticas como costumbres impuestas en la sociedad. Pero por otro lado, cuando hay alguien dispuesto a sacrificarse en dos o tres empleos, tener una profesión y trabajar casi 24 horas al día, debe entregarle al Estado gran parte de sus ganancias por hacerlo.

Lo más importante de todo  esto, es apenas parte de las cosas que hay que cambiar para generar una sociedad mejor. Pero ¿quién lo discute? ¿Usted, yo, el vecino de al lado? No, no lo hacemos, solo nos sentamos frente al televisor, leyendo el diario o mirando los portales por Internet y nos olvidamos que hay que pelear por lo que queremos.

Esa quizás es nuestra gran tragedia, es nuestra  Guernica, es lo que no debemos soportar y lo que debemos confrontar, para poder aspirar a una sociedad distinta, diferente, como la que nos planteamos cada día, pero sin indiferencias, porque la mezquindad y el que se salve quien pueda son el principal problema de los uruguayos, y donde no apuntemos a corregirlo, estaremos fritos, seremos rehenes de los que quieren usarnos para llegar lejos y terminaremos mal, tirando al tacho todo lo que nuestros abuelos nos enseñaron, lo peor de todo, sin que eso nos importe un carajo de nada.

Hugo Lemos