La derrota del miedo

Solo hubo que observar el rostro del DT, al cabo de los 90′ en Paysandú. Una síntesis perfecta y consecuencia real de ese Salto ganador en tierra sanducera. Tampoco Ramón Walter Rivas limitó valoración a sus jugadores, no solo por la actitud, sino por las propiedades, mientras que no le faltó un apunte: “la frescura del funcionamiento en el segundo tiempo”.
Lo cierto es que Salto no solo ganó inapelablemente a la hora del gol, sino convalidó una receta al canto. Razón de contenido de un fútbol ESENCIALMENTE LIBRE Y SIN BARROTES A LA HORA DE JUGAR. Por eso, la maniobra de Bruno Fiordelmondo, cuando se mandó por zurda y tras el centro hacia atrás, el defensa sanducero la arrinconó contra sus piolas. O el acople de Josema Di Nápoli, para que el centro aterrizara en la frente del ejecutor, del “Tavo” Carballo. La frescura que invoca Ramón, se recuesta fiel en el hecho gratificante. En la comprobación de su propia realidad
Pero sobre todo, es válido reportar la buena nueva si de identidad se trata. Circulación de pelota, certeza de quien transfiere y el receptor que llega, más allá de variantes que fueron decorando el Salto de la persistencia para el implante de su ley.
Ganar en Paysandú, además, fue manera vital de derrotar el miedo. De no concederle espacios a ningún fantasma. Salto fue un equipo ELÁSTICO, FLEXIBLE, expuesto a variante táctica en función de las circunstancias del juego, pasando con espontaneidad generosa de la marca en línea de cuatro al dibujo de tres para defender. Claramente esta selección no dejó de ser consecuencia de su automatismo a la hora de ser contención o proponer en los planos de la ofensiva. Salto no fue un equipo repetido: hasta fue disfrutable. A Salto costó fabricarle espacios libre en su parcela defensiva: fue macizo siempre.
Y siempre, el querer y el buscar. Condenando la duda. Tres goles a Paysandú en Paysandú. Una guiñada al mañana. Con frescura incluida. De la aplaudible.
-ELEAZAR JOSÉ SILVA-

Solo hubo que observar el rostro del DT, al cabo de los 90′ en Paysandú. Una síntesis perfecta y consecuencia real de ese Salto ganador en tierra sanducera. Tampoco Ramón Walter Rivas limitó valoración a sus jugadores, no solo por la actitud, sino por las propiedades, mientras que no le faltó un apunte: “la frescura del funcionamiento en el segundo tiempo”.

Lo cierto es que Salto no solo ganó inapelablemente a la hora del gol, sino convalidó una receta al canto. Razón de contenido5 1 14 023 de un fútbol ESENCIALMENTE LIBRE Y SIN BARROTES A LA HORA DE JUGAR. Por eso, la maniobra de Bruno Fiordelmondo, cuando se mandó por zurda y tras el centro hacia atrás, el defensa sanducero la arrinconó contra sus piolas. O el acople de Josema Di Nápoli, para que el centro aterrizara en la frente del ejecutor, del “Tavo” Carballo. La frescura que invoca Ramón, se recuesta fiel en el hecho gratificante. En la comprobación de su propia realidad

Pero sobre todo, es válido reportar la buena nueva si de identidad se trata. Circulación de pelota, certeza de quien transfiere y el receptor que llega, más allá de variantes que fueron decorando el Salto de la persistencia para el implante de su ley.

Ganar en Paysandú, además, fue manera vital de derrotar el miedo. De no concederle espacios a ningún fantasma. Salto fue un equipo ELÁSTICO, FLEXIBLE, expuesto a variante táctica en función de las circunstancias del juego, pasando con espontaneidad generosa de la marca en línea de cuatro al dibujo de tres para defender. Claramente esta selección no dejó de ser consecuencia de su automatismo a la hora de ser contención o proponer en los planos de la ofensiva. Salto no fue un equipo repetido: hasta fue disfrutable. A Salto costó fabricarle espacios libre en su parcela defensiva: fue macizo siempre.

Y siempre, el querer y el buscar. Condenando la duda. Tres goles a Paysandú en Paysandú. Una guiñada al mañana. Con frescura incluida. De la aplaudible.

-ELEAZAR JOSÉ SILVA-