La edila Sandra Pons narró detalles del momento en que falleció Amorim

En el homenaje de la Junta Departamental

Como fuera informado oportunamente por EL PUEBLO, el pasado miércoles 28 se cumplió en la Junta Departamental una sesión en homenaje a Enrique Amorim, el mismo día en que se cumplían 50 años de su fallecimiento. Lamentablemente, la mayoría de los discursos de los ediles que en la ocasión hicieron uso de la palabra, tuvieron muchos errores; tal vez el más evidente fue el de ubicar a Amorim dentro de la Generación del 900.

En esta oportunidad transcribimos las palabras de la edila Sandra Pons, cuya amistad con la poeta y actriz Margarita Muñoa (presente en el acto de la Junta) le permitió conocer en detalle algunos aspectos sobre la vida de Amorim, como los referidos al momento preciso de su muerte: «Mucho se ha dicho y se dirá sobre Enrique Amorim. Es de destacar que Amorim fue un impulsor cultural. Estaba en permanente contacto con la gente que, de una u otra manera, trabajaba la cultura salteña. Los motivaba de tal modo que dos años antes que se tuviera por cierto que comenzaba la obra de la represa de Salto Grande, llevó a un grupo de amigos hasta las orillas del Río Uruguay para que vieran y escucharan a las lavanderas, pues una vez empezada la obra, el agua ya no sería tan cristalina y ellas ya no golpearían las ropas sobre las piedras ni cantarían más allí.

También fue el promotor del primer monumento en el mundo dedicado a Federico García Lorca, monumento no sólo al poeta sino a la víctima del fascismo. Deseo relatar un episodio que me contó una amiga, testigo directo de los acontecimientos. Enrique falleció en una gélida tarde invernal en su querido chalet Las Nubes. En cuanto se supo la noticia comenzó a llegar gente de todos lados: parientes, amigos, escritores, críticos literarios y muchos más. Al llegar la noche esta gente fue abandonando Las Nubes, dejando a Enrique solamente acompañado por su esposa y tres amigos, Ajó Laborda, Cacho Astiazarán y nuestra amiga. Enrique en su dormitorio yacía en su cama, con su pijama, con los ojos cerrados como si estuviera dormido. Fue en ese momento de intimidad que Esther, su esposa, abrió todas las ventanas y encendió las luces de la casa. Colocó un disco, era el de «Las cuatro estaciones» de Vivaldi, el preferido de Enrique.

La música abrazó a Enrique e invadió la casa, escapándose por las ventanas hasta morir en los rosales que tanto habían cuidado. Así fue como lo despidió su compañera de vida, lo despidió de su casa, de su gente, de todo lo que lo rodeaba. Al día siguiente lo sepultaron bajo una lluvia torrencial.

Por la noche, en Radio Cultural, Cacho Astiazarán y nuestra amiga hicieron un programa de despedida en homenaje a Enrique. En El Galeón, un grupo de amigos, entre ellos Peloduro, Jesualdo y Martínez Moreno escuchaban conmovidos la audición. Esta amiga de quien he hablado hasta ahora sin dar su nombre, esta mujer de las letras y del teatro, retratada por Aldo Peralta, está hoy aquí presente, es Margarita Muñoa». La edila finalizó su alocución con la lectura de un poema inédito escrito por Amorim sobre ese retrato de Peralta.