La fe, esa emoción

EEn 1901, el joven Gilbert K. Chesterton, agnóstico hasta ahí, influido por su esposa ingresó a la Iglesia Anglicana. Veinte años después se hizo católico. Desde su primera conversión emprendió una firme y brillante defensa de su nueva fe, mientras cada vez más gente dejaba de ir a la iglesia y aceptaba dogmas del cristianismo en pro de una visión de la vida más «científica» y «liberal». En el reciente Impenitente: una defensa emocional de la fe (la primera edición inglesa es de 2012) Francis Spufford toma la posta con el mismo rigor intelectual, pero de modo diferente.
CREYENTE Y BOCA SUCIA
Para empezar, usa palabrotas. Muchísimas. Es el extremo de la apuesta a explicar lo religioso en lenguaje llano, evitando equívocos (así, en lugar de «pecado» escribe «PHaC», o sea, «propensión humana a cagarla», para que nadie piense en algún tipo de represión neurótica, sino en un hecho innegable, más allá de credos). También es su respuesta al tono de muchos ateos militantes que describen a los creyentes como incultos, tontos, hipócritas o inmaduros en lo afectivo.
Este estigma de la fe es la entrada al texto. El autor repara en que su hija de seis años pronto empezará a ser tratada por sus pares como un bicho raro por el hecho de que sus padres vayan a la iglesia todos los domingos. En las primeras dos páginas y pico Spufford hace una lista de esas críticas y descalificaciones —»Que somos fetichistas del dolor y el sufrimiento. (…) Que somos tan cretinos que ni siquiera nos damos cuenta de lo irracionales que son nuestras creencias. (…) Que somos enemigos de los placeres…» y muchas otras cosas por ese estilo— que al lector creyente le resultarán familiares, por experiencia.
Otra diferencia entre Chesterton y Spufford es que el primero defiende la validez intelectual de la fe, mientras que el segundo apunta al aspecto emotivo. Afirma que no se empieza a sentir a Dios tras haber sido educado u optar por creer en algún dogma, sino que se adhiere o mantiene adhesión a esa doctrina por ser la que más se acerca a la vivencia de fe. La presencia de alguien que nos ama y perdona hasta lo infinito, en un universo caótico y cruel, y la convicción de que se hizo carne en Jesús para sufrir junto a sus criaturas y redimirlas, es algo que se siente o no se siente. Negar ese sentir para evitar burlas sería una cobardía intelectual y moral.
Si quien vive su fe no se porta como un loco, ni daña a nadie, no es peor que la media de sus prójimos. No hay razón para menospreciarlo por creer.
El autor asume que hay cosas respecto a la fe y su objeto metafísico que no podemos entender ni explicar. No halla modo lo bastante convincente de compatibilizar —sólo por vía racional — la noción de un Dios misericordioso con el dolor de los desastres azarosos e inevitables de nuestra existencia física y biológica. No lo inquieta tanto, respecto al tema de la bondad divina, la injusticia humana, en tanto la juzga responsabilidad nuestra. Ambos temas se unen para Spufford en Jesús, que no sólo es quien paga sufriendo nuestros pecados —como lo plantea, por ejemplo, San Anselmo de Canterbury— sino también el que viene a compartir nuestro dolor. Es simple compasión: todos tratamos de compartir el sufrimiento de aquellos a los que amamos.
HETERODOXIA
Anglicano practicante, no es portavoz de la ortodoxia de su iglesia. Ni de ninguna. Al contrario, es heterodoxo (no cree en el Infierno; cree que el sacrificio de Cristo nos redime, mas no asegura que haya otra vida tras la muerte). Pero la gran mayoría de los cristianos —aunque sus críticos no lo vean y sus pastores se escandalicen— han sido y son heterodoxos sobre muchos asuntos doctrinales.
Spufford no ataca al ateísmo como postura filosófica ante el origen del universo, pues tiene claro que no es demostrable que Dios exista y se revele (el que cree no sabe, en el sentido científico, y teme a veces que «el muy cabrón no exista»). Sí combate un ateísmo banal, de consumo fácil.
Ese que plantea que «probablemente Dios no exista, así que no temas y disfruta tu vida», como si, usando un ejemplo del libro, el dolor de una drogadicta que se prostituye para comprar la droga que cada vez le «pega» menos tuviera algo que ver con su fe religiosa o fuese a concluir al hacerse ella atea.
Respecto al sexo, no todo es liberarse de la moralina impuesta para control social por líderes religiosos llenos de prejuicios. Tampoco puede haber libertad moral absoluta, exenta por completo de culpa y responsabilidad, sin causar el desastre. Y Spufford lo ejemplifica con eficacia al plantear que nadie, por ateo que fuese, dudaría que una cosa es descubrir que no hay nada malo ante Dios y los hombres en ser felizmente homosexual, y otra, muy distinta, es dar vía libre a deseos pedófilos en nombre del desprejuicio.
CRITICAR LO PROPIO
No se esconde ni excusa ninguna lacra de la cristiandad. La Iglesia es definida —que para Spufford es una, más allá de sus corrientes— a la vez como el cuerpo de Cristo, unido y vivificado por la eucaristía, y como la «liga universal de los culpables», es decir, los pecadores asumidos que piden con humildad la gracia y el perdón. Por eso no se sorprende de los horrores a los que es propensa cualquier organización humana que nuclee mucha gente y, por eso mismo, algún poder. A su vez es duro —hasta caer en el tono burlón que critica— con los cristianos fundamentalistas, a los que califica de incultos, retrógrados y cabezas duras.
El autor, a su modo, es un poeta. Conmueve su relato de la sensación de misericordia que le produjo un concierto para clarinete de Mozart, misma que suele sentir al estar callado un rato en una iglesia solitaria (aquello de Manuel Flores que cantaba Antonio Tormo: «Como en la sacra soledad del templo/ sin ver a Dios se siente su presencia…»). Y a la objeción de que entonces la experiencia religiosa es explicable en términos meramente neurológicos le sigue la respuesta obvia y demoledora: es natural que el Dios que nos hizo —azaroso proceso evolutivo mediante— dotados de un sistema nervioso, se valga de ese mismo aparato perceptivo para manifestársenos.
También es conmovedor el capítulo que le dedica a la Pasión de Cristo, en especial su captación de todo lo ridículo y a la vez sublime que debió tener la entrada a Jerusalén de un puñado de personas que vivaba como Rey a un galileo montado en un burro.
ALGUNAS DIFICULTADES.
Hay algún error serio de traducción: dar «arios» por «arrianos», confundiendo un tronco lingüístico con la herejía por la que se convocó el Concilio de Nicea en el año 325 (enoja la frecuencia con que, de unos años para acá, se encargan traducciones y doblajes a gente que sabe idiomas pero es inculta, o al menos poco informada del tema sobre el que ha de trabajar, con la consiguiente cosecha de disparates).
Al lector rioplatense le puede causar alguna molestia el castellano coloquial madrileño («mola», «gilipolleces» y cosas así, en abundancia). Pero era casi imposible una traducción de esta obra al español neutro porque las palabrotas no logran su efecto cuando se las sustituye por su versión «correcta». Es un problema menor en un libro mayor, que ayudará a quien lo lea —creyente, agnóstico o ateo— a comprender un poco mejor, con fraternal respeto, el sentimiento religioso.
IMPENITENTE: UNA DEFENSA EMOCIONAL DE LA FE, de Francis Spufford. Turner, 2014. Madrid, 216 págs. Distribuye Océano.
n

En 1901, el joven Gilbert K. Chesterton, agnóstico hasta ahí, influido por su esposa ingresó a la Iglesia Anglicana. Veinte años después se hizo católico. Desde su primera conversión emprendió una firme y brillante defensa de su nueva fe, mientras cada vez más gente dejaba de ir a la iglesia y aceptaba dogmas del cristianismo en pro de una visión de la vida más «científica» y «liberal». En el reciente Impenitente: una defensa emocional de la fe (la primera edición inglesa es de 2012) Francis Spufford toma la posta con el mismo rigor intelectual, pero de modo diferente.

CREYENTE Y BOCA SUCIA

Para empezar, usa palabrotas. Muchísimas. Es el extremo de la apuesta a explicar lo religioso en lenguaje llano, evitando equívocos (así, en lugar de «pecado» escribe «PHaC», o sea, «propensión humana a cagarla», para que nadie piense en algún tipo de represión neurótica, sino en un hecho innegable, más allá de credos). También es su respuesta al tono de muchos ateos militantes que describen a los creyentes como incultos, tontos, hipócritas o inmaduros en lo afectivo.

Este estigma de la fe es la entrada al texto. El autor repara en que su hija de seis años pronto empezará a ser tratada por sus pares como un bicho raro por el hecho de que sus padres vayan a la iglesia todos los domingos. En las primeras dos páginas y pico Spufford hace una lista de esas críticas y descalificaciones —»Que somos fetichistas del dolor y el sufrimiento. (…) Que somos tan cretinos que ni siquiera nos damos cuenta de lo irracionales que son nuestras creencias. (…) Que somos enemigos de los placeres…» y muchas otras cosas por ese estilo— que al lector creyente le resultarán familiares, por experiencia.

Otra diferencia entre Chesterton y Spufford es que el primero defiende la validez intelectual de la fe, mientras que el segundo apunta al aspecto emotivo. Afirma que no se empieza a sentir a Dios tras haber sido educado u optar por creer en algún dogma, sino que se adhiere o mantiene adhesión a esa doctrina por ser la que más se acerca a la vivencia de fe. La presencia de alguien que nos ama y perdona hasta lo infinito, en un universo caótico y cruel, y la convicción de que se hizo carne en Jesús para sufrir junto a sus criaturas y redimirlas, es algo que se siente o no se siente. Negar ese sentir para evitar burlas sería una cobardía intelectual y moral.

Si quien vive su fe no se porta como un loco, ni daña a nadie, no es peor que la media de sus prójimos. No hay razón para menospreciarlo por creer.

El autor asume que hay cosas respecto a la fe y su objeto metafísico que no podemos entender ni explicar. No halla modo lo bastante convincente de compatibilizar —sólo por vía racional — la noción de un Dios misericordioso con el dolor de los desastres azarosos e inevitables de nuestra existencia física y biológica. No lo inquieta tanto, respecto al tema de la bondad divina, la injusticia humana, en tanto la juzga responsabilidad nuestra. Ambos temas se unen para Spufford en Jesús, que no sólo es quien paga sufriendo nuestros pecados —como lo plantea, por ejemplo, San Anselmo de Canterbury— sino también el que viene a compartir nuestro dolor. Es simple compasión: todos tratamos de compartir el sufrimiento de aquellos a los que amamos.

HETERODOXIA

Anglicano practicante, no es portavoz de la ortodoxia de su iglesia. Ni de ninguna. Al contrario, es heterodoxo (no cree en el Infierno; cree que el sacrificio de Cristo nos redime, mas no asegura que haya otra vida tras la muerte). Pero la gran mayoría de los cristianos —aunque sus críticos no lo vean y sus pastores se escandalicen— han sido y son heterodoxos sobre muchos asuntos doctrinales.

Spufford no ataca al ateísmo como postura filosófica ante el origen del universo, pues tiene claro que no es demostrable que Dios exista y se revele (el que cree no sabe, en el sentido científico, y teme a veces que «el muy cabrón no exista»). Sí combate un ateísmo banal, de consumo fácil.

Ese que plantea que «probablemente Dios no exista, así que no temas y disfruta tu vida», como si, usando un ejemplo del libro, el dolor de una drogadicta que se prostituye para comprar la droga que cada vez le «pega» menos tuviera algo que ver con su fe religiosa o fuese a concluir al hacerse ella atea.

Respecto al sexo, no todo es liberarse de la moralina impuesta para control social por líderes religiosos llenos de prejuicios. Tampoco puede haber libertad moral absoluta, exenta por completo de culpa y responsabilidad, sin causar el desastre. Y Spufford lo ejemplifica con eficacia al plantear que nadie, por ateo que fuese, dudaría que una cosa es descubrir que no hay nada malo ante Dios y los hombres en ser felizmente homosexual, y otra, muy distinta, es dar vía libre a deseos pedófilos en nombre del desprejuicio.

CRITICAR LO PROPIO

No se esconde ni excusa ninguna lacra de la cristiandad. La Iglesia es definida —que para Spufford es una, más allá de sus corrientes— a la vez como el cuerpo de Cristo, unido y vivificado por la eucaristía, y como la «liga universal de los culpables», es decir, los pecadores asumidos que piden con humildad la gracia y el perdón. Por eso no se sorprende de los horrores a los que es propensa cualquier organización humana que nuclee mucha gente y, por eso mismo, algún poder. A su vez es duro —hasta caer en el tono burlón que critica— con los cristianos fundamentalistas, a los que califica de incultos, retrógrados y cabezas duras.

El autor, a su modo, es un poeta. Conmueve su relato de la sensación de misericordia que le produjo un concierto para clarinete de Mozart, misma que suele sentir al estar callado un rato en una iglesia solitaria (aquello de Manuel Flores que cantaba Antonio Tormo: «Como en la sacra soledad del templo/ sin ver a Dios se siente su presencia…»). Y a la objeción de que entonces la experiencia religiosa es explicable en términos meramente neurológicos le sigue la respuesta obvia y demoledora: es natural que el Dios que nos hizo —azaroso proceso evolutivo mediante— dotados de un sistema nervioso, se valga de ese mismo aparato perceptivo para manifestársenos.

También es conmovedor el capítulo que le dedica a la Pasión de Cristo, en especial su captación de todo lo ridículo y a la vez sublime que debió tener la entrada a Jerusalén de un puñado de personas que vivaba como Rey a un galileo montado en un burro.

ALGUNAS DIFICULTADES.

Hay algún error serio de traducción: dar «arios» por «arrianos», confundiendo un tronco lingüístico con la herejía por la que se convocó el Concilio de Nicea en el año 325 (enoja la frecuencia con que, de unos años para acá, se encargan traducciones y doblajes a gente que sabe idiomas pero es inculta, o al menos poco informada del tema sobre el que ha de trabajar, con la consiguiente cosecha de disparates).

Al lector rioplatense le puede causar alguna molestia el castellano coloquial madrileño («mola», «gilipolleces» y cosas así, en abundancia). Pero era casi imposible una traducción de esta obra al español neutro porque las palabrotas no logran su efecto cuando se las sustituye por su versión «correcta». Es un problema menor en un libro mayor, que ayudará a quien lo lea —creyente, agnóstico o ateo— a comprender un poco mejor, con fraternal respeto, el sentimiento religioso.

IMPENITENTE: UNA DEFENSA EMOCIONAL DE LA FE, de Francis Spufford. Turner, 2014. Madrid, 216 págs. Distribuye Océano.







El tiempo


  • Otras Noticias...