La juventud perdida

(Publicado en el suplemento Cultural del diario El País de Montevideo. Por: Hugo Fontana)

En 1966 DON CARPENTER publicó su primera novela, Dura la lluvia que cae. Nacido en 1931 en Berkeley, California, hasta entonces se había desempeñado como profesor de Literatura inglesa tras graduarse a principios de los 60 en la Universidad Estatal de San Francisco. No fue una novela particularmente exitosa, pero le permitió acercarse a Hollywood, escribir un buen número de guiones, entre ellos el del film Payday (1973, dir. Daryl Duke), de muy buena crítica pero de escasa repercusión entre el público, e ir dando a conocer un puñado de novelas y algún libro de cuentos. Olvidada durante casi cincuenta años, fue reeditada en Estados Unidos con los auspicios del New York Review of Books y traducida al castellano con un breve prólogo de George Pelecanos, otro autor de novelas y guiones, y productor de la serie The Wire, quien sostiene que el opus de Carpenter “no es tan solo una buena novela. Puede que estemos ante la novela norteamericana más importante e ignorada de los años sesenta”.
En aquella década, particularmente convulsa y fermental, tuvo lugar el debut de autores como Ken Kesey, y se diseminó el hálito revulsivo de los poetas y narradores beatniks, surgidos en la década anterior, que marcaría a toda una generación. Vietnam, la lucha por los derechos civiles, el asesinato de los Kennedy y de Martin Luther King, la afirmación del rock como expresión artística profundamente contestataria, fueron algunos de los hitos que pusieron a prueba una cultura conservadora y conformista, y que la ayudaron a cambiar para siempre. Carpenter, al menos en Dura la lluvia que cae, fue un escritor que dio testimonio de un estado de cosas en el que hombres y mujeres se hallaban colocados ante sí mismos en la más absoluta desnudez. Si hoy la novela parece tener una vigencia demoledora, no es solo por su calidad narrativa sino porque además sus criaturas siguen estando al alcance de la mano en cualquier lugar del mundo.
HISTORIA DE
PERDEDORES.
La historia se abre en 1927, con un prefacio titulado “Incidentes en el este de Oregón (1929-1936)”. Es una docena de páginas donde, con la mayor crudeza, Carpenter nos informa de la breve peripecia de Harmon Wilder, un muchacho que embaraza a Annemarie Levitt, de dieciséis años, en un pequeño pueblo. Ella abandona a su bebé en un hogar para madres solteras. Poco tiempo después, cuando Harmon tiene veintiséis y se ha convertido en un alcohólico empedernido, un caballo lo mata de una patada en la cabeza. Más tarde, aunque nunca se había vuelto a encontrar con el padre de su hijo, Annemarie se suicida con una escopeta de diez cartuchos. La novela propiamente dicha comienza en 1947, con la aparición de Jack Levitt en escena, un joven desgarbado y solitario a punto de cumplir dieciocho años, para desarrollarse luego en otros dos largos capítulos que tienen lugar entre 1954 y 1956 (“Una muerte en el patio grande”), 1956 y 1960 (“Vidas con sentido”), y un Epílogo ubicado en 1963, “En la playa de St. Tropez”, que cierra la historia de manera brillante.
Jack podría definirse con el eufemismo hoy tan frecuente de “menor infractor”: ha vivido en orfanatos, ha crecido solo y sin un oficio que le permita subsistir, y deambula de un lugar a otro por caminos que lo llevan a Portland, Idaho o San Francisco, conociendo tugurios, zonas más o menos marginales, reformatorios y finalmente la cárcel, con una estadía de casi dos años en San Quintín. En ese derrotero sin rumbo conoce a otros muchachos de su misma condición, pequeños traficantes, tahúres y jugadores de billar, en particular a Billy Dancing, un adolescente, que tendrá un lugar destacado en la novela y en la vida del propio Jack: “la piel de color amarillo malaria, pero (que) resultaba evidente, pese a eso y a su alborotado pelo castaño rojizo, que era un Negro”.
Historia de perdedores, de jóvenes que buscan en la pérdida un estatus que les otorgue identidad -no un futuro, porque el futuro no es una variable de consideración en sus vidas-, todos están destinados a hundirse en lo más bajo de las instituciones de vigilancia y castigo. La única alternativa a la que llegan a someterse es a breves estadías en otras instituciones de control, como el matrimonio y los diversos sistemas de trabajos precarios. La epopeya de Jack -así como la de Billy- es seguida de cerca por Carpenter, casi como si estuviera permanentemente respirando sobre sus hombros, y todo lo que desde allí puede ver es un paisaje vacío y tenebroso. El propio estilo del escritor asesta golpes constantes, descerrajados con un lenguaje sin miramientos ni artificios, aun cuando lo narrado sean meses de reclusión en una celda sin luz ni compañía, o la cotidianidad de la vida carcelaria, donde la homosexualidad y la violencia terminan siendo condiciones rutinarias.
EL ÚNICO CONSUELO.
Carpenter fue un hombre activo y feliz hasta mediados de los 80. Para ese entonces había escrito una saga sobre el mundo de Hollywood, al que consideraba “fascinante y misterioso como el antiguo Egipto”. Pero en 1984 se suicidó su mejor amigo, el también escritor Richard Brautigan. Sobre fines de esa década una serie de dolencias comenzó a minar su salud, empezando por una extraña forma de tuberculosis extremadamente contagiosa que lo obligó a mantenerse aislado de otras personas, incluidos sus hijos. Prácticamente recluido en su apartamento, descubrió que sufría de diabetes, enfermedad que le provocaría la pérdida de la visión. Finalmente enfermó de neumonía. Sus amigos sabían que en su casa tenía un arma de fuego. Con ella, a los sesenta y cuatro años, se pegó un balazo y acabó con su vida.
El 31 de julio de 1995, The New York Times publicó su necrológica, donde se lee: “Don Carpenter, novelista que hizo también incursiones en el terreno cinematográfico, se suicidó el jueves pasado, a los 64 años, en su domicilio de Mill Valley, California. Según sus familiares y amigos, Carpenter se encontraba totalmente deprimido en los últimos tiempos como consecuencia de una serie de enfermedades (diabetes, tuberculosis y varias alergias), y a veces afirmaba que su único consuelo era la pistola que guardaba en el cajón de su mesa. El jueves pasado se decidió a utilizarla, como había hecho en 1984 su gran amigo el escritor Richard Brautigan. Saludado por la crítica como un gran escritor desde que apareció su primeranovela, Dura la lluvia que cae (Hard Rain Falling), en 1966, no tuvo, sin embargo, un éxito popular paralelo. En los años siguientes publicó Blade of Light (1968), Getting Off (1971), The True Life Story of Jody McKeegan (1975), A Couple of Comedians (1979) -para algunos su mejor libro- y Turnaround (1981). Durante los seis últimos años había dejado de publicar”.
DURA LA LLUVIA QUE CAE, de Don Carpenter. Duomo, 2012. Barcelona, 348 págs.
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En 1966 DON CARPENTER publicó su primera novela, Dura la lluvia que cae. Nacido en 1931 en Berkeley, California, hasta entonces se había desempeñado como profesor de Literatura inglesa tras graduarse a principios de los 60 en la Universidad Estatal de San Francisco. No fue una novela particularmente exitosa, pero le permitió acercarse a Hollywood, escribir un buen número de guiones, entre ellos el del film Payday (1973, dir. Daryl Duke), de muy buena crítica pero de escasa repercusión entre el público, e ir dando a conocer un puñado de novelas y algún libro de cuentos. Olvidada durante casi cincuenta años, fue reeditada en Estados Unidos concarpenter los auspicios del New York Review of Books y traducida al castellano con un breve prólogo de George Pelecanos, otro autor de novelas y guiones, y productor de la serie The Wire, quien sostiene que el opus de Carpenter “no es tan solo una buena novela. Puede que estemos ante la novela norteamericana más importante e ignorada de los años sesenta”.

En aquella década, particularmente convulsa y fermental, tuvo lugar el debut de autores como Ken Kesey, y se diseminó el hálito revulsivo de los poetas y narradores beatniks, surgidos en la década anterior, que marcaría a toda una generación. Vietnam, la lucha por los derechos civiles, el asesinato de los Kennedy y de Martin Luther King, la afirmación del rock como expresión artística profundamente contestataria, fueron algunos de los hitos que pusieron a prueba una cultura conservadora y conformista, y que la ayudaron a cambiar para siempre. Carpenter, al menos en Dura la lluvia que cae, fue un escritor que dio testimonio de un estado de cosas en el que hombres y mujeres se hallaban colocados ante sí mismos en la más absoluta desnudez. Si hoy la novela parece tener una vigencia demoledora, no es solo por su calidad narrativa sino porque además sus criaturas siguen estando al alcance de la mano en cualquier lugar del mundo.

HISTORIA DE PERDEDORES.

La historia se abre en 1927, con un prefacio titulado “Incidentes en el este de Oregón (1929-1936)”. Es una docena de páginas donde, con la mayor crudeza, Carpenter nos informa de la breve peripecia de Harmon Wilder, un muchacho que embaraza a Annemarie Levitt, de dieciséis años, en un pequeño pueblo. Ella abandona a su bebé en un hogar para madres solteras. Poco tiempo después, cuando Harmon tiene veintiséis y se ha convertido en un alcohólico empedernido, un caballo lo mata de una patada en la cabeza. Más tarde, aunque nunca se había vuelto a encontrar con el padre de su hijo, Annemarie se suicida con una escopeta de diez cartuchos. La novela propiamente dicha comienza en 1947, con la aparición de Jack Levitt en escena, un joven desgarbado y solitario a punto de cumplir dieciocho años, para desarrollarse luego en otros dos largos capítulos que tienen lugar entre 1954 y 1956 (“Una muerte en el patio grande”), 1956 y 1960 (“Vidas con sentido”), y un Epílogo ubicado en 1963, “En la playa de St. Tropez”, que cierra la historia de manera brillante.

Jack podría definirse con el eufemismo hoy tan frecuente de “menor infractor”: ha vivido en orfanatos, ha crecido solo y sin un oficio que le permita subsistir, y deambula de un lugar a otro por caminos que lo llevan a Portland, Idaho o San Francisco, conociendo tugurios, zonas más o menos marginales, reformatorios y finalmente la cárcel, con una estadía de casi dos años en San Quintín. En ese derrotero sin rumbo conoce a otros muchachos de su misma condición, pequeños traficantes, tahúres y jugadores de billar, en particular a Billy Dancing, un adolescente, que tendrá un lugar destacado en la novela y en la vida del propio Jack: “la piel de color amarillo malaria, pero (que) resultaba evidente, pese a eso y a su alborotado pelo castaño rojizo, que era un Negro”.

Historia de perdedores, de jóvenes que buscan en la pérdida un estatus que les otorgue identidad -no un futuro, porque el futuro no es una variable de consideración en sus vidas-, todos están destinados a hundirse en lo más bajo de las instituciones de vigilancia y castigo. La única alternativa a la que llegan a someterse es a breves estadías en otras instituciones de control, como el matrimonio y los diversos sistemas de trabajos precarios. La epopeya de Jack -así como la de Billy- es seguida de cerca por Carpenter, casi como si estuviera permanentemente respirando sobre sus hombros, y todo lo que desde allí puede ver es un paisaje vacío y tenebroso. El propio estilo del escritor asesta golpes constantes, descerrajados con un lenguaje sin miramientos ni artificios, aun cuando lo narrado sean meses de reclusión en una celda sin luz ni compañía, o la cotidianidad de la vida carcelaria, donde la homosexualidad y la violencia terminan siendo condiciones rutinarias.

EL ÚNICO CONSUELO.

Carpenter fue un hombre activo y feliz hasta mediados de los 80. Para ese entonces había escrito una saga sobre el mundo de Hollywood, al que consideraba “fascinante y misterioso como el antiguo Egipto”. Pero en 1984 se suicidó su mejor amigo, el también escritor Richard Brautigan. Sobre fines de esa década una serie de dolencias comenzó a minar su salud, empezando por una extraña forma de tuberculosis extremadamente contagiosa que lo obligó a mantenerse aislado de otras personas, incluidos sus hijos. Prácticamente recluido en su apartamento, descubrió que sufría de diabetes, enfermedad que le provocaría la pérdida de la visión. Finalmente enfermó de neumonía. Sus amigos sabían que en su casa tenía un arma de fuego. Con ella, a los sesenta y cuatro años, se pegó un balazo y acabó con su vida.

El 31 de julio de 1995, The New York Times publicó su necrológica, donde se lee: “Don Carpenter, novelista que hizo también incursiones en el terreno cinematográfico, se suicidó el jueves pasado, a los 64 años, en su domicilio de Mill Valley, California. Según sus familiares y amigos, Carpenter se encontraba totalmente deprimido en los últimos tiempos como consecuencia de una serie de enfermedades (diabetes, tuberculosis y varias alergias), y a veces afirmaba que su único consuelo era la pistola que guardaba en el cajón de su mesa. El jueves pasado se decidió a utilizarla, como había hecho en 1984 su gran amigo el escritor Richard Brautigan. Saludado por la crítica como un gran escritor desde que apareció su primeranovela, Dura la lluvia que cae (Hard Rain Falling), en 1966, no tuvo, sin embargo, un éxito popular paralelo. En los años siguientes publicó Blade of Light (1968), Getting Off (1971), The True Life Story of Jody McKeegan (1975), A Couple of Comedians (1979) -para algunos su mejor libro- y Turnaround (1981). Durante los seis últimos años había dejado de publicar”.

DURA LA LLUVIA QUE CAE, de Don Carpenter. Duomo, 2012. Barcelona, 348 págs.