La mirada intransigente

Fueron ocho décadas de labor creativa donde, además de ejercer la abogacía, hizo periodismo, radio, escribió teatro, ópera, cuentos, novelas, humor, sátira, dirigió cine y también escribió ensayos históricos, económicos, o sobre temas de actualidad. Acometer la tarea de presentar su obra o de clasificarla parece en primera instancia imposible —sobre todo pensando en las nuevas generaciones, los de menos de treinta, que lo conocen como columnista de El País, como activo comentarista en la Tertulia de Radio El Espectador junto a Emiliano Cotelo, y como coautor de la ópera Il Duce, pero desconocen su vasta obra previa. Sin embargo hay en su creación un sistema de ideas que persiste, con insistencia. Tanto que los argumentos de su primer libro publicado en el año 1942 todavía los sigue evaluando, contrastando y discutiendo 72 años después en el último libro que publicó.
ARTIGAS ESTADISTA
Carlos Maggi no fue historiador, sino un ensayista dedicado, preciso, y provocador en el mejor sentido del término. Desde su juventud quedó deslumbrado por la figura de José Artigas, por su soledad libre, igualitarista y republicana en un mundo que apenas lo comprendía. Su primer libro —que él llama folleto por sus escasas 62 páginas— escrito junto a Manuel Flores Mora, José Artigas, Primer estadista de la revolución, es de 1942. Tenía entonces 20 años. Su último libro, El libro de Artigas, es de 2014. Tenía 92 años. Entre ellos le dedica a Artigas ensayos y ficción, siempre trabajando sobre dos tópicos: el ninguneo de la figura de Artigas, un mero “caudillo” según Buenos Aires, la eterna ciudad enemiga de la independencia oriental; y el ocultamiento del rol que los charrúas tuvieron en la gesta artiguista. Consideraba responsables de esto último a la historiografía “oficial”, concepto que podía incluir desde reputados historiadores como Pivel Devoto hasta todo el cuerpo docente de Historia de educación secundaria.
A pesar de esas breves 62 páginas, José Artigas, Primer estadista… es un destilado riguroso, desarrollado en forma clara, de los argumentos que Maggi manejará a lo largo de toda su vida, no sólo en el plano conceptual, sino también en lo concreto. “La historia antiartiguista vio solo al caudillo”, argumenta, pero no reconoce la transformación de caudillo en estadista que se da en un período de casi año y medio, entre el Éxodo de 1811 y la concreción del ideario artiguista en un pequeño número de documentos fundamentales, donde destacan las Instrucciones del Año XIII. Como se sabe Artigas se había alzado en armas contra la dominación española, pero es traicionado por Buenos Aires —que pacta con los españoles— mientras sitiaba a Montevideo. La invasión portuguesa del territorio oriental compromete aún más su situación. Decide emigrar y tras él marchan de forma espontánea hacia el norte una masa de cuatro mil orientales, hecho que se conoce con el nombre bíblico de Éxodo del Pueblo Oriental. Esa larga marcha sienta las bases del ideario artiguista que define la federación (provincias autónomas y soberanas), la forma republicana de gobierno, y la obra social para con las “clases oscuras”, nombre genérico que se daba entonces a los indios, los negros y los gauchos. Una legislación avanzadísima para la época, tanto que parecía llegada de otro planeta.
Maggi analiza en José Artigas, Primer estadista… las influencias en la redacción de las Instrucciones. Contra la creencia general de que son un calco de la Constitución de Massachusetts, “sólo 44 de los 64 artículos son de indudable procedencia norteamericana”, mientras el resto son de procedencia española. Destaca la influencia del libro de Paine, La independencia de la Tierra Firme justificada por Thomas Paine, treinta años ha, de 1811, que llegó a manos de Artigas en la traducción al español de García de Sena. También las antiguas tradiciones políticas españolas de libertad a nivel local, y la influencia del economista español Félix de Azara.
Pero más allá de lo conceptual, Artigas pensaba en concreto, y esto es lo que termina por deslumbrar a Maggi. Lo revela, por ejemplo, un oficio de Artigas al Cabildo de Montevideo del 3 de agosto de 1815 donde señala la necesidad de fundar un diario, y que para ello se disponga de una imprenta, de operarios y se ponga “a cargo de algún periodista”. O cuando le piden un empleo público para un joven. Artigas responde que no, sugiere que aproveche los terrenos que se están repartiendo y explica que “dedicándose a su cultivo, (el joven) hallará en él su porvenir y el de su familia”.
Ambas citas interpelan, desde 1815 y desde 1942, el presente, y alimentan las ideas que están en la matriz de toda la obra de Maggi. Por ejemplo, cuando define su ya famoso PCI (Producto Culto Interno) como la necesidad de trabajar para alcanzar la respuesta más adecuada en lo que sea (en el libro Artigas y el lejano norte). O cuando señala el peso muerto que significa para la comunidad uruguaya la cultura del empleo público y su burocracia, con su carga de desgano y mediocridad, acusación presente a lo largo de toda su obra ensayística, dramática y humorística.
MÁS QUE UN LIBRO.
El último, El libro de Artigas, toma como motor el vínculo de Artigas con el libro de Thomas Paine, pero lo hace “a lo Maggi”, comenzando con el hallazgo de las pruebas que encontró un joven historiador uruguayo, Felipe Ferreiro, en 1926. Insiste en la influencia que tuvo ese libro en la creación del “sistema” artiguista, es decir, del ideario que no es una parva de ideas reunidas al tun tun sino un corpus coherente, sistematizado. A partir de ese hallazgo se pregunta, de forma irónica, por qué no fue tomado en cuenta, ni “se dedujeron de él la conclusiones que podían extraerse” para la reivindicación definitiva del Artigas estadista.
El libro de Artigas puede funcionar, en este sentido, como testamento intelectual de Maggi. Allí vuelve una y otra vez sobre los que insisten en ver a Artigas como un mero caudillo y no como un estadista. Señala paradojas como el nomenclátor de Montevideo (la mayoría de las calles con nombres de enemigos de Artigas) o el del barrio Pocitos (con los nombres de los constituyentes de 1830, una Constitución “anti artiguista”). Insiste en la brillantez de Artigas, despegado de la mediocridad de los caudillos de la época, y en su capacidad por bajar a tierra las ideas: “Lo asombroso fue que se hizo entender por la masa analfabeta”. Pero sobre todo recalca el vínculo de Artigas con los charrúas, esos 500 jinetes que lo acompañaron, lucharon con él, y que protegió con ideas y actos muy avanzados para la época, como la adquisición en 1805, antes de la revolución, de una vasta estancia en Tacuarembó, en Arerunguá (más de 100 mil hectáreas) para que funcionara a modo de reserva indígena charrúa, entiende Maggi. La compra de ese campo a Javier de Viana, autoridad española en la comarca, por el precio de 272 pesos (equivalente a 55 vacas), convierte a Artigas en estanciero, lo que es un hecho inexplicable para la historiografía “oficial”. Mientras que en la revolución artiguista “están comprendidos inequívocamente los indígenas”, a “la historiografía uruguaya no le gusta reconocer ese entendimiento asombroso” con los charrúas, señala. Está “blindada contra el entendimiento de algo abarrotado de pruebas”.
El núcleo duro de su argumentación a favor de los charrúas está en dos libros, Artigas y su hijo el caciquillo (1994) y Artigas y el lejano norte, Refutación de la historia patria (1999). Ambos revelan el intenso vínculo de Maggi con los documentos que integran el Archivo Artigas, iniciativa creada por ley en 1944 con la finalidad de reunir todos los documentos históricos relacionados con la vida pública y privada de José Artigas, y que lleva al día de hoy varias decenas de volúmenes publicados. Maggi recurre una y otra vez a esos documentos y los cita de forma textual sin que la narración pierda fuerza. Al contrario, la presencia charrúa crece, son el “otro” de la historia nacional que no estaba pero debería estar. Y lo hace cuestionando todo el Archivo, pues entiende que éste oculta las pruebas. “Estaba la copia de esos horribles documentos probatorios del pasado delincuente, infanto juvenil (de Artigas entre los indios). Pero no se publicaron esas pruebas tan feas. Hubo una eutanasia compartida: la verdad fue matada entre todos por exceso de amor”. Y vuelve a la carga: “Pivel Devoto, que fue un sabio, supo todo lo que estoy escribiendo. Pivel lo supo y no pudo armar el puzzle, porque la verdad última le repugnaba”.
Es un planteo polémico. En el prólogo al libro Artigas y su hijo el caciquillo, Claudio Williman advierte al lector de que, aún no siendo historiador, “Maggi no pudo evitar caer en el frecuente pecado de los historiadores, cuando vuelcan su estima en un personaje en forma excluyente”. Señala que Maggi no debió prescindir del papel que jugaron los indios guaraníes, mucho más numerosos que los charrúas, o el poco destaque que le dio a la figura de su hijo adoptivo (o natural) Andresito Artigas, un indio guaraní nombrado por Artigas como primer gobernador de las Misiones (es notable que Williman, amigo de Maggi de toda la vida, señale estas discrepancias con el contenido del libro que está prologando).