La mochila que no debemos cargar

Cuando recién en mi adolescencia, al promediar la década del 90, comencé a escuchar historias vividas durante la dictadura militar por parte de los propios protagonistas, muchos de ellos hoy fallecidos, las mismas me ponían los pelos de punta, me molestaban horriblemente que hayan sucedido y que encima, se diga que fueron fulano o mengano los que cometieron semejante hecho y que encima esos sujetos, andaran caminando por las calles tranquilamente sin que nadie les diga nada.
Quiero comprender que es parte de la paz social que se pretendió sellar por decreto en 1985, para que torturados y dictaduratorturadores anden caminando por la misma ciudad, sin que haya un problema entre ellos, incluso chocándose cara a cara en algunas oportunidades, no teniendo otra actitud que la de esquivarse para evitar alguna confrontación.
Si bien ese tipo de cosas hablan del grado de civismo que tenemos los uruguayos y es considerado el resultado político de arduas negociaciones entre el poder político y los dictadores de la época, ese es el precio de toda aquella época infame, en la que mucha gente debió sufrir la represión, el destierro y hasta la muerte por pensar distinto, porque los guerrilleros ya estaban presos y los militares vinieron después y se quedaron 12 años imponiendo el terror por las armas para que nadie se les opusiera. Pero ese precio es demasiado alto y entonces, si bien a la gran mayoría de los torturadores no se los llevó presos, al menos se los denuncia públicamente para que la gente los identifique y sepa quiénes fueron.
Por esa razón, días pasados cuando hablaba con Eduardo Muguruza para publicar una nota en el diario sobre su época de prisionero, donde contaba que lo sometieron a 12 años de cárcel por haber estado implicado en la conducción política del Frente Amplio, es decir, por haber sido dirigente político de izquierda, del único partido político que fue prohibido por los militares, los que sembraron por más de una década el terror de Estado, me quedaba estupefacto no solo por la historia contada por Muguruza de la cual omití detalles, claro, porque no venían al caso, sino por cómo la contaba, sin ningún resabio de odio ni resentimiento, sabiendo quiénes eran los que lo torturaron y los médicos que apoyando a los represores en esas prácticas, controlaban la salud de los prisioneros para decirle a sus verdugos cuánto más podían aguantar.
En esa nota, Muguruza relata que los médicos salteños Revetria y Herneder colaboraban con la dictadura y los visitaban a ellos para decirle a los militares cómo era su estado físico después de las torturas. Y lo dice con una naturalidad tal que asombra, pero lo hace por la capacidad que invoca de no buscar revanchismo ni nada que se le parezca.
Seguramente Muguruza sepa dónde viven ambos galenos, que en cierta medida podrían ser acusados de complicidad con el régimen y con las violaciones a los derechos humanos, pero decide no hacerlo. No por temor alguno, claro está, sino porque sabe que habiendo estado preso, torturado y falsamente condenado a pasar más de una década en prisión por tan solo haber divulgado sus ideas, triunfó porque el castigo no pudo cegar su vida y él sigue vivo difundiendo las mismas ideas que las que tenía hace 40 años.
Pavada de victoria la de gente como él, que en cierta medida soportaron estoicos ser las parias de una sociedad confundida y atemorizada por el terror impuesto en la época, sobre todo por la propaganda oficial que en aquel momento recurría a la mentira para justificar las acciones armadas de los uniformados que traían hombres y mujeres en vuelos secretos, que los detenían y los destinaban a lugares clandestinos para torturarlos hasta la muerte, y que llegaban a robarle a sus hijos, algo que fue mucho más preciado que los bienes de varios detenidos de los cuales se apoderaron, usando el abuso de su función de militares interventores del Estado para ello.
Algo que llamó la atención cuando una vez que terminó la dictadura, muchos de esos coroneles o jerarcas militares que durante el régimen tenían algún otro rango similar, pasaban a retiro con un patrimonio importante que no podrían justificar jamás, teniendo en cuenta el paupérrimo salario de oficial militar que recibían. Situación similar a la que mantienen varios funcionarios de distintas dependencias estatales, cuando aún hoy, pese a recibir un salario que es cercano a la canasta básica familiar, circulan en vehículos de alta gama y hasta tienen casa de fin de semana. O viajan a Europa con sus familias y al volver siguen percibiendo el mismo salario. Lo que demuestran que este tipo de cosas no solo pasaron alguna vez, sino que también hoy pasan y al parecer seguirán pasando.
Aunque lo ocurrido en la dictadura militar fue lamentable, eso lo sabemos todos, no se puede dar vuelta la página por decreto, algo que los sucesivos gobiernos han querido imponer. Y aunque soy de la idea de que los derechos humanos que ha violado el Estado, no han sido solamente durante la dictadura, porque actualmente sigue habiendo vulneraciones similares en muchos sentidos y a mucha gente en condiciones vulnerables, pienso que debe ser muy difícil para alguien que sufrió en carne propia lo más cruel de ese régimen, tener que cruzarse con sus opresores, sentir pena por ellos y seguir de largo sin decirles una sola palabra.
Debe ser una lección que a muchos de nosotros nos debería llegar, cuando en la actualidad, somos víctimas de un robo o de un hecho que nos perjudica y prácticamente pedimos la cabeza en una bandeja del autor del hecho.
En ese aspecto, es buena cosa recordar que el odio y el rencor no sirven de nada, solo aumentan las miserias humanas y generan un acto de dolor que no nos llevan a ninguna parte, sino a estar peleados con nosotros mismos, no dejándonos salir adelante y ver que la vida sigue y que nuestro disfrute lo debemos construir con cada acción que hagamos por nuestra propia cuenta y sin cargar con ninguna mochila por lo que nos hicieron.

Hugo Lemos