La oportunidad que representa el pastoreo racional para afincar a la gente en el campo

Por Juan Dutra. Se van 10 años desde que nos sentamos a la orilla de la ruta 5, después de regalar nuestra producción anual en un remate feria, para decidir qué hacer de nuestra vida.
Teníamos dos hijos chicos que trabajaban parejo con nosotros en los difíciles campos de las quebradas del norte uruguaya.
Salíamos de madrugada y volvíamos de noche, absolutamente cansados, malhumorados y cargando la impotencia del que quiere pero no puede.
Íbamos una vez cada 45 días al pueblo, llenábamos la camioneta de comida, alambres, insumos, etc., nunca daba la carrocería. La pilita de dólares que llevábamos se esfumaba en un día, pero había costado dos años armarla. En algunas ocasiones era posible comprar algún mandil, o una cincha nueva, quizá un sombrero.
Había apuro en volver, siempre había una punta de vacas que no habíamos podido encontrar, sin hablar de las miradas de la gente urbana que nos veía como potentados terratenientes, sin saber las dificultades que representaba (y que increíblemente sigue representando) el vivir sin luz, sin agua potable, sin teléfonos, sin internet, sin policía, sin asistencia médica, sin educación media para los hijos, sin caminos transitables y sin alternativas.
La producción anual de terneros se encomendaba a Dios, e iban a un remate feria en el cuál siempre terminaba primando la habilidad compradora de los invernadores, algún otro oportunista que estaba comprando para armar lotes y revenderlos o hasta los mismos endeudados que compraban el plazo, no los animales.
Bajábamos la cabeza y pensábamos: «el año que viene nos va a ir mejor».
Así trabajamos (o pasamos trabajo) durante 20 años, dejamos la juventud en las grutas, cargamos las cicatrices de las rodadas a caballo y de los guazcasos de las ramas, llevamos el olor de los venenos que manipulábamos a mano limpia en las narinas y quizá tengamos resquicios de algún fosforado en el cuerpo.
En ese contexto la resolución de irnos del país parecía la más lógica, y solo no nos fuimos porque la plata de los terneros de ese año no daba para comprar todos los pasajes a Nueva Zelandia, destino elegido para poder seguir siendo rurales.
Pero pasó algo, nos llegaron las leyes de Voisin.
No podíamos entender qué maula estuvimos haciendo en el campo, viviendo del pasto, si no habíamos respetado esas leyes!
Le pedí a mi hijo mayor que nos las releyera, y nuevamente surgió una reunión, esta vez en torno a la mesa del frente. La pregunta era: «apostamos a cumplir estas leyes o nos vamos». La decisión fue quedarse.
A partir de ahí la cosa cambió radicalmente, y ya no vendimos las vacas flacas, le perdimos el miedo a la ganadería y entendimos que el que está mejor preparado no es el que tiene más vacas, y si el que tiene más pasto.
En 90 días habíamos generado más carne que en un año entero del manejo anterior, que hoy entendemos como un des manejo, el pastoreo continuo.
Cometimos innúmeros errores, los corregimos y no aflojamos nunca, típica índole rural.
Apenas después de mucho tiempo terminamos entendiendo que habíamos hallado la fórmula para no irnos, poder establecerse, quedarse. Hoy podemos ver la potencia de un simple sistema de uso de los pastos como herramienta para sujetar gente en el campo, como nos pasó a nosotros. Pero va más allá. Empezamos a recibir correos, WhatsApps de gente urbana con un deseo común…volver! Nostalgia de su pasado rural?
Porque incluso los jóvenes que hoy desfilan sus piercings en la cara tienen un pasado rural, no hay como eludirlo.
Que falta le hace al campo esa rebeldía, romper los paradigmas establecidos como inmutables, reescribir los libros metálicos de una Agronomía en decadencia y en proceso de mutación hacia la agroecología en ritmo alarmante. Hoy ya se cuentan por decenas las familias que están volviendo al campo, huyendo del bullicio urbano y llegando de retorno con una tecnología en la mochila… el pastoreo racional.
Y cada familia que vuelve inspira a otras, en una fantástica cascada de gente transformada transformando gente. Hemos encontrado la antítesis del pastoreo continuo, licuadora de culturas y fábrica de taperas. Hemos encontrado la huella para el retorno. Tenemos las herramientas para producir nuestra comida, entregar al vecino de más abajo la mejor agua, producir sin venenos, sin artilugios caros ni erosivos.
Pero aún hay algo mejor…
Podemos poner un hijo pequeño a los hombros y decirle orgullosos: esto te voy a dejar, un suelo sano, un lugar para ser feliz con poco, en donde el sabor de la gota de sudor sea dulce por merecimiento.