Literatura y crisis

Por Joaquín Pérez Azaústre para El País de Madrid
Escribir como fe soterrada del tiempo, como revolución interna de una vida. Escribir en tiempos de crisis es también respirar su médula industrial, asistir al desgarro de un sector laboral, de un dolor abatido por su propio silencio. La crisis nos golpea, nos sacude, nos cerca; pero no nos aquieta y no nos ralentiza. Escribir en España siempre ha sido llorar, sin que eso nos acerque al escritor llorón, que es también una especie. El llanto era moral, porque una sociedad que no sabe cuidar a sus autores, a sus editoriales, a sus libros y a sus librerías, es una sociedad no únicamente más envilecida, por deshumanizada y por salvaje, por tan poco ilustrada, sino esencialmente una sociedad de individuos mucho menos libres, menos individuos y menos ciudadanos. Recuerdo el título expeditivo, llamativo, directo, del último libro de Juan Cobos Wilkins: Para qué la poesía. Sus poemas contestan sobradamente al título, que podría incardinarse en la necesidad de cualquier colectividad de resguardar no únicamente su fragilidad, esa delicadeza del sentir cotidiano, sino también la pureza de emociones despiertas.
Escribir como forma airada de insurgencia, porque escribimos siempre contra el convencionalismo del espíritu, su tristeza abatida, y la alegría es el don natural del poema. Sin embargo, hoy como siempre, cómo desentrañar la narración sin partir del dolor: pero un dolor no solamente íntimo, sino también colectivo. Una desesperanza cívica que abate la posibilidad de rescatar nuestro viejo entusiasmo, pero que nos sigue volcando en la escritura. Así en su último libro, Alma Venus, Pere Gimferrer incorpora elementos de crítica económica, y por tanto social, al nudo medular de su discurso lingüístico. Porque la situación hoy nos exige no un cambio de mirada en el enfoque verbal, sino una indignación que refuerce la ética, pero también la estética sonora, material del poema. Que uno de los máximos exponentes de la poesía novísima, tan caracterizada por ese virtuosismo del idioma en su lujo verbal, la implicación del cine y la pintura dentro de la poesía, pero también la historia, la filosofía, el mundo grecolatino o el decadentismo, haya declarado abiertamente que estamos ante su libro seguramente más social, no es sólo una reacción poemática de Pere Gimferrer ante la crisis —de valores, política, abusiva, económica y jurídica, como seguimos viendo con el crimen taimado de la ley hipotecaria y los desahucios—, sino también la respuesta del mundo cultural que representa, de una tradición que también se rebela, a través de Alma Venus, contra las sociedades desalmadas.
Seguramente no es el único camino, pero indudablemente es uno de ellos. El propio preciosismo del idioma ya nos hace mejores: ninguna poesía termina siendo tan social como la que se exige, sobre el tema, un trazo exquisito de la imagen, esa capacidad de la poesía de apuntar en nosotros su mejor expresión. Los poemas que más me han transformado, que más me acompañaron y me acompañan hoy, no son necesariamente los más comprometidos con una situación más o menos concreta, política o social, sino aquellos que me transformaron, que me hicieron mirar al hombre que ahora soy. Pienso en los libros de Claudio Rodríguez, en su celebración matinal de la vida, aunque también la sombra del dolor y su pérdida; pienso en el propio Pere Gimferrer, en la estación total de su poesía, que habita la poesía de Juan Ramón, de Rubén Darío y Góngora; y pienso, especialmente, en la de Pablo García Baena, que me ha hecho caminar por mi ciudad entendiendo que Córdoba es su propio poema andante, plástico y musical, mineral y romántico, pero también descarnado, preciosista y barroco, interminable.
Ninguno de estos autores es exactamente un poeta social; sin embargo, mi sentido moral del poema y la vida, de la escritura entendida como respiración de una realidad con su filtro sonoro, no podría entenderse sin haberlos leído. Algo parecido me sucede con Caballero Bonald: su libro más insurrecto es Manual de infractores, pero ninguno me ha transformado, seguramente, tanto como Entreguerras o Descrédito del héroe.
A veces los escritores llegan a donde pretendían por caminos inesperados. Quizá por eso creo que la literatura, frente a la crisis, ha de perseverar en su verdad más íntima. Inevitablemente, tendrá un sonido de época: no se puede escribir la misma historia en un clima de bonanza que con la gente en la calle, manifestándose contra el desmantelamiento del Estado Social y de Derecho. Pero ya tendremos tiempo de llorar, y acordarnos de Larra. Ahora, como siempre, escribimos para sobrevivir.
(EL PAIS DE MADRID)

Por Joaquín Pérez Azaústre para El País de Madrid

Escribir como fe soterrada del tiempo, como revolución interna de una vida. Escribir en tiempos de crisis es también respirar su médula industrial, asistir al desgarro de un sector laboral, de un dolor abatido por su propio silencio. La crisis nos golpea, nos sacude, nos cerca; pero no nos aquieta y no nos ralentiza. Escribir en España siempre ha sido llorar, sin que eso nos acerque al escritor llorón, que es también una especie. El llanto era moral, porque una sociedad que no sabe cuidar a sus autores, a sus editoriales, a sus libros y a sus librerías, es una sociedad no únicamente más envilecida, por deshumanizada y por salvaje, por tan poco ilustrada, sino esencialmente una sociedad de individuos mucho menos libres, menos individuos y menos ciudadanos. Recuerdo el título expeditivo, llamativo, directo, del último libro de Juan Cobos Wilkins: Para qué la poesía. Sus poemas contestan sobradamente al título, que podría incardinarse en la necesidad de cualquier colectividad de resguardar no únicamente su fragilidad, esa delicadeza del sentir cotidiano, sino también la pureza de emociones despiertas.

Escribir como forma airada de insurgencia, porque escribimos siempre contra el convencionalismo del espíritu, su tristeza abatida, y la alegría es el don natural del poema. Sin embargo, hoy como siempre, cómo desentrañar la narración sin partir del dolor: pero un dolor no solamente íntimo, sino también colectivo. Una desesperanza cívica que abate la posibilidad de rescatar nuestro viejo entusiasmo, pero que nos sigue volcando en la escritura. Así en su último libro, Alma Venus, Pere Gimferrer incorpora elementos de crítica económica, y por tanto social, al nudo medular de su discurso lingüístico. Porque la situación hoy nos exige no un cambio de mirada en el enfoque verbal, sino una indignación que refuerce la ética, pero también la estética sonora, material del poema. Que uno de los máximos exponentes de la poesía novísima, tan caracterizada por ese virtuosismo del idioma en su lujo verbal, la implicación del cine y la pintura dentro de la poesía, pero también la historia, la filosofía, el mundo grecolatino o el decadentismo, haya declarado abiertamente que estamos ante su libro seguramente más social, no es sólo una reacción poemática de Pere Gimferrer ante la crisis —de valores, política, abusiva, económica y jurídica, como seguimos viendo con el crimen taimado de la ley hipotecaria y los desahucios—, sino también la respuesta del mundo cultural que representa, de una tradición que también se rebela, a través de Alma Venus, contra las sociedades desalmadas.

Seguramente no es el único camino, pero indudablemente es uno de ellos. El propio preciosismo del idioma ya nos hace mejores: ninguna poesía termina siendo tan social como la que se exige, sobre el tema, un trazo exquisito de la imagen, esa capacidad de la poesía de apuntar en nosotros su mejor expresión. Los poemas que más me han transformado, que más me acompañaron y me acompañan hoy, no son necesariamente los más comprometidos con una situación más o menos concreta, política o social, sino aquellos que me transformaron, que me hicieron mirar al hombre que ahora soy. Pienso en los libros de Claudio Rodríguez, en su celebración matinal de la vida, aunque también la sombra del dolor y su pérdida; pienso en el propio Pere Gimferrer, en la estación total de su poesía, que habita la poesía de Juan Ramón, de Rubén Darío y Góngora; y pienso, especialmente, en la de Pablo García Baena, que me ha hecho caminar por mi ciudad entendiendo que Córdoba es su propio poema andante, plástico y musical, mineral y romántico, pero también descarnado, preciosista y barroco, interminable.

Ninguno de estos autores es exactamente un poeta social; sin embargo, mi sentido moral del poema y la vida, de la escritura entendida como respiración de una realidad con su filtro sonoro, no podría entenderse sin haberlos leído. Algo parecido me sucede con Caballero Bonald: su libro más insurrecto es Manual de infractores, pero ninguno me ha transformado, seguramente, tanto como Entreguerras o Descrédito del héroe.

A veces los escritores llegan a donde pretendían por caminos inesperados. Quizá por eso creo que la literatura, frente a la crisis, ha de perseverar en su verdad más íntima. Inevitablemente, tendrá un sonido de época: no se puede escribir la misma historia en un clima de bonanza que con la gente en la calle, manifestándose contra el desmantelamiento del Estado Social y de Derecho. Pero ya tendremos tiempo de llorar, y acordarnos de Larra. Ahora, como siempre, escribimos para sobrevivir.

(EL PAIS DE MADRID)