Los amores trágicos de Heathcliff y Catherine


Puede parecer raro, que una mujer que en su breve vida de solo treinta años haya escrito una sola novela, deje en la narrativa universal una obra maestra.

Sin embargo, eso aconteció con Emily Brontë, que aparte de un puñado de versos, escribió “Wuthering Heights”, que significa  “Las colinas donde el viento se enfurece”, y que  la primera traducción al español por Cipriano de Montoliú en 1921, consagró definitivamente como “Cumbres borrascosas”.

Nacida en 1818 en  la aldea de Thornton perteneciente al condado de Yorkshire en 1818, Emily escribió “Cumbres borrascosas” en 1847 y falleció al año siguiente.

Huérfana de madre a los tres años,  educada severamente por su padre, Patrick Brontë, pastor anglicano, apenas hay en la vida de Emily episodios dignos de atención.

“Cumbres Borrascosas” es una novela trágica, en donde el amor y el odio hieren y consumen por igual, porque están sublimados al grado de pasión incontenible que lleva en forma inevitable  a la destrucción.

Tiene algo de la tragedia griega, en ese destino de  Heathcliff y Catherine, atrapados en lo  insoportable que les resulta tanto la presencia como la ausencia del otro.

El personaje masculino es el eje alrededor del cual gira la novela. Su aparición en la granja “Cumbres Borrascosas” es un misterio, pues el viejo Earnshaw, lo encuentra en el camino y lo introduce en su casa. Nada se sabe de su origen, ni siguiera su nombre de pila. La nueva familia, le llama Heathcliff, nombre que une dos palabras: “Heath” (brezal, y también tierra inculta e improductiva) y “cliff” (acantilado, y metafóricamente dureza del alma que se imprime  en la cara). Que la autora haya tenido o no conciencia de ello poco importa. El nombre abarca su naturaleza, siempre impulsada  por  sus reacciones primarias.

Los personajes de Brontë son arrastrados en “la bufera infernal che mai non resta” como los  de Dante. Pero los de “La Divina Comedia” están juntos para siempre y aún entre las llamas el amor los une. Por eso Francesca puede referirse a su Paolo como “questi, che mai da me non fia diviso”. Aquellos, en cambio, sufren la separación irreparable, aunque mutuamente se reclaman sin esperanza..

En  “La Celestina”, Calisto exclama: “Melibeo soy y a Melibea adoro, y en Melibea creo y a Melibea amo”, como si se tratara de una consubstanciación  metafórica.

Por su parte Catherine en su desesperación grita: “Soy Heathcliff. Él estará siempre, siempre en mi espíritu”, pero añade: ” no como un placer, como yo no soy un placer para mí misma, sino como mi propio ser…sea cual sea la sustancia de nuestras almas, la suya y la mía son iguales…”  Iguales en la fuerza que los atrae y los repele.

No es la espada, ni la caída desde la escala, ni el veneno, lo que los separa, como ocurre en otros amores trágicos de la literatura.

Es un  destino interior que hace que Catherine expíe la traición a su sentimiento, y que  su amado experimente todo el odio que puede engendrar un amor fracasado.

Acerca de esta experiencia interior, Georges Bataille en “La Literatura y el Mal”, recuerda la proclama de André Breton en su  segundo Manifiesto del Surrealismo (1930):  “Todo lleva a creer  que existe un punto determinado del espíritu, donde la vida y la muerte, lo real y lo imaginario, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, dejan de ser  percibidos como contradictorios”.

Y continúa el ensayista: ” Yo añadiría: el Bien y el Mal, el dolor y la alegría…”

Y por qué no, el amor y el odio?

La estructura innovadora para su época, la fuerza de las pasiones que arrastran a los personajes, más allá de alguna desmesura muy propia de la época romántica, la precisión descriptiva, el ritmo narrativo, la luz esperanzadora que surge al final, entre tanta tormenta y pasión, como un arco iris que instaura el equilibrio y la mesura, a modo de “soprhosine”, hacen de la novela una de las grandes creaciones narrativas de la literatura universal.







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