«Los empresarios tenemos que pensar de otra manera. No estamos dispuestos a repartir nuestra ganancia con quienes nos pueden ayudar a crecer»

Entrevista a Washington Márquez Mena

Tras toda una vida de trabajo que comenzó a temprana edad, Washington Márquez hoy se encuentra en la tarea de brindar talleres de forma gratuita a jóvenes que se inician o buscan perfeccionarse en el terreno laboral, «estoy cumpliendo con el ciclo de un ciudadano», nos dijo, recordando que su formación cristiana lo lleva a sentir su compromiso de devolver a la sociedad parte de lo que la sociedad le ha dado.

Perfil de Washington  Márquez Mena Casado desde hace 42 años con Shirley Guglielmone. Tiene 5 hijos y 6 nietos. Es del signo de Sagitario. De chiquito quería ser mecánico. Es hincha de Peñarol. ¿Una asignatura pendiente? La estoy cumpliendo. ¿Una comida? Las pastas, tallarines con tuco.  ¿Un libro? El diario de Ana Frank.  ¿Una película? Rain Man.  ¿Un hobby? El fútbol.  ¿Qué música escucha? Durán Durán, Pink Floyd, la música de los 80.  ¿Qué le gusta de la gente? La sinceridad.  ¿Qué no le gusta de la gente? Que no sean sinceros.

Perfil de Washington Márquez Mena
Casado desde hace 42 años con Shirley Guglielmone. Tiene 5 hijos y 6 nietos. Es del signo de Sagitario. De chiquito quería ser mecánico. Es hincha de Peñarol.
¿Una asignatura pendiente? La estoy cumpliendo. ¿Una comida? Las pastas, tallarines con tuco.
¿Un libro? El diario de Ana Frank.
¿Una película? Rain Man.
¿Un hobby? El fútbol.
¿Qué música escucha? Durán Durán, Pink Floyd, la música de los 80.
¿Qué le gusta de la gente? La sinceridad.
¿Qué no le gusta de la gente? Que no sean sinceros.

- ¿Cuál es su idea de realizar estas charlas?
– Lo fundamental es dejarle a la sociedad, a los jóvenes, algunas de las experiencias que he adquirido en estos años de vida. Creo en la juventud, creo en la gente buena, creo que hay más gente buena que de las otras. No soy quien para calificar a los demás, pero hoy veo que la gente abiertamente está con una idea ciertamente negativa de que los jóvenes no sirven. Yo particularmente tuve la oportunidad, no sé si la suerte, de hacer un camino del cual me siento muy feliz, porque hice todo el proceso que tenía que haber hecho una persona en un estado civil, democrático, como el de nuestro país, si bien es cierto que también estudié algunas especialidades en el exterior, siempre fui muy observador. Uno debe comenzar por su familia, crecer, compartir con la gente, estudiar, aprender, dedicarse a trabajar, investigar, tomar experiencias y hoy con 64 años tengo una historia bastante larga.
Vengo de una familia muy pobre, arraigada en el campo, acompañada por mis abuelos, con un hombre que no puedo dejar de mencionar por lo significativo que fue en mi vida, mi abuelo, Irineo Márquez, que dejó en mí una huella muy importante, y Matilde Baldassari, mi abuela. Tenía una cuadra de diferencia de mi casa a lo de mis abuelos.

- ¿Qué le dejó el abuelo?
– Muchísimo, si nos ponemos a conversar… estoy escribiendo un libro, que cuando la gente pueda leerlo podrá observar que aparecen mucho más mis abuelos que mis padres.

- ¿De niño se aprende más por lo que observa de los mayores o por lo que le dicen sobre cómo debe comportarse?
– Totalmente, es así, uno aprende por lo que observa. Quizás peque de falsa modestia, pero no tengo empacho en decirlo, me siento muy orgulloso de mi abuelo, que resulta que no había ido a la escuela, y cuando estaba con él me hablaba de 10 mil cuadras de campo, de 15 mil cabezas de ganado, de 100 leguas. Estuvo además en la guerra de 1896 y en la de 1904, le cebó mate a Aparicio Saravia…

- ¿Cómo fue eso?
– Había ido de joven con 20 años a llevarle unos consumos a Paso del Parque del Daymán, donde fue la batalla, desde la Estancia Cerro Verde, mandado por don Adolfo Riet, y resulta que le dicen, «usted no se va ahora», y se puso a llorar, «tiene que quedarse a luchar por nosotros y por la patria». Como era muy joven lo dejaron ahí, sin saber que le estaba cebando mate al General, a Aparicio Saravia. La segunda noche que estuvo ahí, estaban todos durmiendo y de madrugada dicen que sintieron unos truenos, y él le dijo al segundo de Saravia, «se viene la tormenta», «no, no es la tormenta, son los cañonazos del clinudo», el «clinudo» era (el Coronel Pablo) Galarza. Y ese mismo día sucedió la batalla de Paso del Parque del Daymán.
Si bien fue un hombre que no fue a la escuela, realmente me emociona, porque tanto él como mi abuela, de descendencia italiana, me dejaron muchísimo (se emociona), muchísima cultura y una muy fuerte presencia cristiana.

- Supongo que será para usted un compromiso muy grande poder trasladar luego a sus hijos algo de lo que sus abuelos le enseñaron. ¿Le pesa esa responsabilidad?
– Esa responsabilidad me hace muy feliz, porque no sé si encontré el camino o Dios me puso el camino o yo también supe elegir el camino. Eso lo puede decir la gente, hay cosas que uno no las puede decir. Siempre le cuento a mis amigos, siempre les digo a mis hijos, que uno no puede poner carteles en los diarios sobre las cosas que uno hizo con amor y de corazón. Hay cosas que se ven y otras que no se ven. Estoy feliz porque a mi edad he llegado a cumplir todos mis sueños.
Mi madre fue una trabajadora, una limpiadora, que planchaba con aquella plancha a carbón desde las 5 de la mañana a las 8, de las 8 a las 10 dejaba la comida preparada para sus hijos, de las 10 a la una de la tarde iba a hacer limpiezas, y cuando volvía se ponía a planchar la ropa de donde ella trabajaba, las que previamente lavaba con almidón. Eso uno ya de chiquito lo va viendo y va aprendiendo. Entonces le digo a mucha gente, sobre todo a los padres jóvenes que me dicen, «tengo una duda con mis hijos, porque no sé si la escuela es en mi casa o en la calle», a lo que les respondo, «lo mejor que podés hacer es seguirlo orientando, criándolo y controlándolo en el colegio y en las cosas que hacen en el día a día, pero vos pensá que cuando estás en la mesa sentado con ellos, que hablás de que vas a pagar una cuenta, de que vas a ayudar a un amigo, de que tenés que ir a donar sangre, de que mañana tenés que levantarte una hora antes porque tenés que ir al trabajo porque te necesitan, los niños van aprendiendo eso».
A los 8 años me di cuenta que ya tenía que salir a luchar por mi futuro porque sabía que todo dependía de mí, debido a que éramos muy pobres. Terminamos siendo 7 hermanos, dormíamos de a 3 hermanos en una cama y en un piso de tierra. A los 8 años comencé a vender bizcochos en la calle, a los 9 vendía quiniela, yo tenía 8 manzanas y mi hermano, 2 años menor que yo, tenía 8 manzanas más. Aprendimos a laburar de esa época. Mi madre, los domingos hacía de postre una jarra de crema de naranja, con jugo de naranja y maicena, y yo no sabía por qué ella ponía copitas de plástico en la mesa y ponía a todos la crema de naranja hasta la mitad, y luego la empezaba a rellenar de vuelta. Eso lo hacía para que todos tuviéramos la misma porción, y arriba de todo el copito venía el huevo batido. Todo hecho en casa (se emociona)… todo con sacrificio…

- Pero hoy se profundiza el mito generado por un ex presidente que dijo que los uruguayos éramos vagos, ¿cómo ve hoy a nuestra sociedad?
– Mirándolo como empresario, también tuve una experiencia muy importante en aquellos años que estuve en la dirigencia del Centro Comercial e Industrial de Salto, así que personalmente, apuesto al trabajo. Esto lo estamos viendo en los talleres que hacemos, y mi satisfacción es ver que los muchachos están consustanciados. Para mí el trabajo es dignidad. Yo estudié, trabajé y me dediqué a mejorar, lo que la gente no sabe es que todo el tiempo que estuve trabajando preparando y concretando el proyecto de mis sueños, paralelo a eso siempre estuve estudiando.
También aprendí con gente que me ha enseñado desde su sencillez y humildad, que uno tiene que hablar de algo cuando uno sabe, cuando uno no sabe, tiene que saber decir no sé. Y respetando lo que dijo ese ex presidente, debo decir, primero, que cualquier persona se puede equivocar, y es muy probable que él haya tenido un lapsus o haya querido decir otra cosa y haya manifestado eso. Fue una expresión bastante importante en un contexto internacional y él siendo protagonista de esa instancia.
El trabajo es dignidad, nosotros para ser dignos necesitamos de un trabajo porque es un recurso, los recursos son los medios. Si tú no llegas a fin de mes y no tienes un recurso, no hace su trabajo, posiblemente tenga un desfasaje en su economía y necesitará recurrir a un crédito. Entonces, el trabajo es un medio, es dinero, es una oportunidad de desarrollar un estudio y un proyecto. No creo que los uruguayos sean vagos. Los uruguayos tenemos muchos valores jóvenes que se han especializado que han tenido que irse del país porque su país no les ha dado una oportunidad.
Y ahí tenemos otro problema o inconveniente, los empresarios no podemos permitir la fuga de cerebros. El año pasado vino el presidente de ADM (Asociación de Dirigente de Marketing, Jorge Abuchalja), quien dio una conferencia en el Hotel Salto, tendría que haberse abarrotado ese local pero lamentablemente habíamos 60 u 80 empresarios, solamente. Me hubiese gustado que escucharan su posición. Nos dijo que tuviéramos creatividad para que no se nos vayan los cerebros, pero nosotros no valoramos los cerebros.
Cuando tuve ganancias y plata en el bolsillo de una empresa que fue líder en el mercado, la compartí con mis empleados. He tenido la satisfacción de decir que el empleado que era mi segundo en la empresa, pudo tener su casa y ser feliz con su familia por tener un trabajo digno, y eso no es para poner carteles.
Eso lo cuento para darnos cuenta que los empresarios uruguayos tenemos que pensar de otra manera y reconocer, por lo menos, la realidad. Tenemos mucha gente capaz, pero está en un rincón porque justamente los capaces no son reconocidos porque a mucha gente no le conviene reconocerlos, porque cuestan plata, y no estamos dispuestos a repartir nuestra ganancia con quienes nos pueden ayudar a hacer crecer el país y la felicidad de la gente de un país tan chico como el nuestro.

- Para terminar esta charla con lo que comenzamos, ¿la juventud es el futuro o es el presente?
– Tiene que ser presente, es hoy, es ahora…

- ¿La sociedad le da espacios para que los jóvenes puedan ser presente?
– La sociedad es un poco reticente, sobre todo cuesta reconocerlo en Salto. La palabra reconocimiento es muy digna porque a veces uno reconoce con un mínimo. Siempre digo que no se necesita solo dinero para solucionar los problemas, hoy me lo dicen los jóvenes con los que trabajamos en los talleres, a quienes tenemos que darles herramientas para que puedan desarrollarse.
Y para eso tiene que haber una contrapartida de los empresarios, y me incluyo, porque tenemos que dar para recibir, y si estamos ganando un peso, con más razón tenemos que dar. Yo sé que tenemos una carga de impuestos y que el Estado nos ha cargado desde hace muchísimos años de un costo muy pesado. Cuando yo tenía 13 o 14 años ya estábamos hablando de estos problemas, y hoy tengo 64, o sea que hace 50 años que venimos hablando de estos problemas.

- ¿Aprendemos de nuestros errores?
– Si, totalmente…

- Menos en esto…
– ¿Cómo?

- Porque seguimos con estos mismos problemas desde hace 50 años…
– ¿Y tú qué piensas sobre eso?







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