Me da mucha vergüenza

La situación de Venezuela es dramática. El pueblo pide a gritos libertad y democracia, dos elementos indispensables para la vida en paz y en sociedad, que son sustanciales para los pueblos y que nosotros afortunadamente conocemos desde hace más de 30 años en forma ininterrumpida, pero hay una casta de poder que se oculta detrás del poder, al que accedieron por el voto popular, pero al que ahora no escuchan y no solo le dan la espalda, sino que a su vez lo reprimen con una feroz violencia, con ataques a la libertad, con cárcel para los opositores y con censura para los periodistas y para todos aquellos ciudadanos que quieran manifestarse libremente en contra del autoritarismo del que están siendo objeto por parte del señor Maduro.venezuela
Ayer, el temor del régimen se hizo sentir cuando pese a que más de 7 millones de venezolanos le dijeran que no querían que se consumara la elección de una Asamblea Constituyente que buscar revocar el poder dado por el pueblo a la Asamblea Nacional de Venezuela (el parlamento de ese país), llevaron a cabo de la misma manera el acto eleccionario del cual participaron únicamente como candidatos miembros del oficialismo, es decir, operadores políticos del régimen de Maduro, con el fin de constituir un órgano que respalde las acciones de gobierno.
Es decir, imponen a la fuerza un órgano legislativo para avalar los atropellos contra el pueblo venezolano en un claro acto de autoritarismo y avasallamiento a la libertad y a los derechos de su población. Si es no es una dictadura díganme entonces qué es, cómo puede denominarse una situación de esa naturaleza.
Cuando en Uruguay, el dictador Juan María Bordaberry (porque todo el que se precie de demócrata no puede llamar de otra forma a una persona que si bien fue elegido en elecciones, al igual que lo fue Maduro, dio un golpe de Estado con la milicia), disolvió el parlamento la institucionalidad se vino abajo y la democracia se cayó. Nadie niega que eso haya pasado y que desde entonces comenzó a tejerse la oscura historia de nuestro país. Una dictadura que estuvo por 12 años de manera ilegítima en el poder, por más que quien la encabezó en sus primeros dos años, era el mismísimo presidente que había sido elegido democráticamente (más allá de que algunos sobrevivientes de la época hablan de que entonces hubo fraude).
Hoy en día todos condenamos eso. Los que vivieron esa época y los que no la vivimos. Sobre todo nosotros, que sin ser parte interesada en el asunto, porque tuvimos la suerte de nacer en el mejor de los casos en el ocaso del régimen, y como no estábamos ni de un lado ni del otro por no haber conocido ese momento de la historia, libremente elegimos condenar ese golpe contra la democracia cuando los libros de historia nos lo contaron.
También he escuchado que muchos uruguayos que se precian de izquierda, que aducen haber sido víctimas de ese régimen militar y que hoy se llenan la boca con libertad, con la misma que dicen que en su momento les fue mutilada por la dictadura, defienden en un acto paradójico y contradictorio, la dictadura cubana que tiene a la dinastía Castro en el poder desde hace 58 años, cuando el pueblo de ese país pide a gritos la salida del régimen y quiere elecciones libres.
Pero lo más triste es que ahora está pasando exactamente lo mismo con Venezuela. Los mismos detractores de la dictadura y declarados prácticamente como feroces enemigos, no dicen una sola palabra sobre lo que está pasando con el régimen de Nicolás Maduro. El mismo personaje que fue elegido en el 2013 por un muy escaso margen, tras la muerte del inventor de ese sistema de permanencia en el poder por 6 años con reelección indefinida el recordado Hugo Chávez, y que ahora, cuatro años después de un gobierno en el que no se necesita vivir allá para saberlo en carne propia sino que basta con creerle a los centenares de miles de ciudadanos de ese país que denuncian una crisis humanitaria insostenible, no se quiere ir del poder por el enanismo mental que lo caracteriza, el despotismo que lo pinta de cuerpo entero y el egocentrismo de querer decir que es el director de esa orquesta y que no va a ceder ante los opositores, por más que estos, sean prácticamente el 80 por ciento del pueblo que gobierna.
Los defensores de este tipo de cosas, son tan hemipléjicos, que fustigan por un lado las dictaduras latinoamericanas de los años setenta, pero aplauden la cubana y esta de Maduro, acusando al resto de los países de conspirar contra la izquierda, un razonamiento tan minúsculo como inentendible.
Lo que más duele, es que el gobierno uruguayo al que elegimos miles de nosotros, que es ejemplo para el mundo de democracia y respeto a las más caras libertades posicionándose para organismos internacionales como Reporteros Sin Fronteras como uno de los países donde existe un ejercicio pleno de la libertad de prensa, así como de respeto a la institucionalidad, no condene los atentados del régimen de Venezuela a la democracia y la represión a la libertad de su pueblo.
Como ciudadanos que crecimos con valores democráticos, queremos que el gobierno uruguayo actúe condenando esta situación y le garantice al país que en nuestro suelo, no vamos a tolerar este tipo de situaciones, que vamos a respetar el sentir de los pueblos y que ese país, que últimamente había sido muy cercano al Uruguay conocerá la enérgica condena del país en base al sentir de la inmensa mayoría de su pueblo, al golpe institucional que está ejerciendo el régimen venezolano, a la represión de los miles de ciudadanos de ese país que de manera valiente defienden su libertad en las calles, y que exige un cese a la represión que cada día causa más muertos y heridos.
Sin embargo, en este caso estamos escuchando el famoso PPS al que hizo alusión el presidente Tabaré Vázquez, (Profundo y Prolongado Silencio), algo que en lo personal luego que durante mucho tiempo marché para recordar a Liber Arce, Hugo de los Santos y Susana Pintos estudiantes muertos por la represión pachequista en el 68, que ahora mueran personas en las calles de Venezuela como moscas y que en este caso miremos para el costado, me da mucha vergüenza.

Hugo Lemos







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