Miguel González: un promisorio futuro trágicamente trunco

Desde hace poco más de un mes, venimos realizando en esta página entrevistas a una serie de personas dedicadas a la creación literaria, como forma de dar a conocer a quienes, con mesura y silenciosamente, vienen gestando la literatura de Salto, y tienen en común, además, asistir al Taller Literario Horacio Quiroga, dependiente de la Intendencia. Lo pensamos como una forma de dar a conocer no sólo a la persona sino también parte de su creación, en tanto hemos incluido algunos textos de su autoría. En la lista de quienes aún nos faltaba entrevistar, figuraba Miguel González, a quien conocimos personalmente y sin embargo desconocíamos sus textos –aunque habíamos recibido varios comentarios sobre su buen nivel y permanente superación –.
Cuentan quienes compartieron esos momentos con él, que al presentarse el primer día en el taller, agregó a su nombre la frase: “soy un enfermo terminal”. Pero las fuerzas le alcanzaron igualmente para asistir con entusiasmo durante un buen tiempo, y su excelente calidad humana hizo que se ganara prontamente el cariño y el respeto de todos.
Humilde, amable y servicial para lo que significara ayudar a otro, Miguel González luchó, con igual pujanza, contra su enfermedad y a favor del Taller Horacio Quiroga. Quizás porque allí se sintió contenido y valorado, pero también porque imaginó y deseó, generosamente, lo mejor para sus compañeros.
Nació en Montevideo, el 17 de setiembre de 1955.  Fue alumno de la Escuela Joaquín Mestre y del Liceo Nº10 “Vaz Ferreira”. A los veinte años se casó con Olga Cabrera Méndez, también de Montevideo. Al año siguiente nació su hija Lucresia Poldy y después Mara Alfonsina, en el 83. En 1989 se radica en Bella Unión, para trabajar, como tantos uruguayos, en la industria azucarera. Al jubilarse, en 2008, pasa a residir junto a su esposa en la ciudad de Salto, donde falleció hace 24 días, el 7 de febrero de 2013.
“Sumario”, el cuento que compartimos a continuación, es una muestra de su notable capacidad inventiva y sus grandes condiciones para la narración; y también, que la tragedia truncó un promisorio futuro.
SUMARIO
A veces caen almas del cielo, eso algunos lo sabemos, ¿quizás la fuerza atractiva de la tierra?, dioses vencidos y ángeles caídos, lo confirma y si estos caen, las populares  almas con más razón.
Eso sucedió con Cipriano Casio, cuando en algún lugar del cielo perdió el equilibrio y sus 21 gramos de masa se precipitaron al suelo, viajar por la atmósfera desgasta, un gran asteroide por caer se hace piedra chiquita. Cipriano quedó impalpable, sin poder ser delatado por la luz, poseedor de dos capacidades, imaginar y recordar, temas muy tratados por la teología.
Con estas fortalezas anduvo un buen rato por el mundo hasta que se cansó de no ser nada, solo un ánima, intrascendente como tantas, así que decidió ocupar un cuerpo y ya que podía se daba un gustazo pendiente en vida.
El Comisario Alejandro Agüero, con su discurso de presentación al pueblo Paso Haragán, reciente destino de su carrera policial, subió junto con otras autoridades al escenario improvisado con una chata de camión. Comenzaba a leer cuando inesperadamente rompió las hojas, autoridades y público no notaron el incidente, Agüero que siempre leyó, en esta ocasión inconsciente al suceso habló y habló como nunca, con un original mensaje.
Se esperaba palabras concisas, de honor, de lealtad, para sorpresa de los asistentes, no fue así, con bellísima oratoria los cautivó. El gentío lo escuchaba en silencio, con gestos de aprobación y de felicidad, sus palabras los cubrió a todos como un manto de paz y esperanza.
Regresaron a casa sintiéndose mejores personas, hasta el cura que al principio celoso por el ilustrado lenguaje del policía, caminó lentamente a su parroquia fascinado con quien desde ese día era la máxima autoridad en el Paso.
Alejado del rigor y la austeridad de sentimientos, la noble autoridad de Agüero se impuso con tolerancia y comprensión hacia el prójimo. Por supuesto que tan singular comisario parió un nuevo concepto de comisaría, no sólo cuidaba del orden en la convivencia, sino que también fue aliento y consuelo para ilusiones y olvidos, hasta el edificio comenzó a trasmutar en el imaginario de la gente. Una mezcla: de iglesia, de meca, de sinagoga, fue lugar de reflexión para pobladores y viajeros.
De todo este encantamiento no zafó la selección de fútbol, que última en la tabla, había perdido toda esperanza de hacerse de la copa después de treinta campeonatos.  A solicitud de una comisión de desesperados vecinos y el apoyo unánime de todo el pueblo, el bendito comisario fue su director técnico. A partir de ese día el seleccionado Haragán puso boca  abajo a los otros equipos. La sorpresa fue de tal magnitud que terminó con la carrera de jugadores con futuro en el exterior. Fueron muchas y cumplidas las promesas de: – si ganan los Haraganes no toco más una pelota-.
Con el tiempo los logros de Paso Haragán se fueron apilando, los niños vacunados, ausencia de delitos, las puertas abiertas, ayuda al que no tiene techo, una changa para quien está en la mala. Estadio de felicidad que no pasó desapercibido para los semanarios de la capital con presencia en todo el país, “Iluminados” y “Los de siempre” enviaron a sus mejores periodistas en busca de la verdad. La prensa de opinión logró por primera vez coincidir en los titulares de tapa “El Comisario es un Ángel”. La vida en paz y bondad del pueblo Paso Haragán, alertó al elenco político, los oficialistas conocedores de los pobres recursos dispuestos, sospechaban  de un trabajo socavado de la oposición, estos a su vez, suponían un macro operativo del gobierno para distraer la atención sobre otros temas.
Arribaron expertos, encuestadores, comisiones ministeriales e informantes políticos, todos defensores del bien común, alimentados con ríos de viáticos y honorarios. La situación requería respuestas rápidas, durante días los habitantes respondieron preguntas y repreguntas. El informe final de tres carillas concluía en:
“El grado de satisfacción relevada está muy por encima del guarismo histórico del país. No se encuentran elementos tangibles que lo sustente y no está en concordancia con la felicidad proyectada. Se observa en la población la manifiesta influencia de…”
A Cipriano Casio no le gustó trabajar en una oficina sin ventanas, con compañeros desanimados,  así que abandonó el cuerpo y se fue a seguir recorriendo el mundo.
Miguel González
Salto, 6 de diciembre de 2012

Desde hace poco más de un mes, venimos realizando en esta página entrevistas a una serie de personas dedicadas a la creación literaria, como forma de dar a conocer a quienes, con mesura y silenciosamente, vienen gestando la literatura de Salto, y tienen en común, además, asistir al Taller Literario Horacio Quiroga, dependiente de la Intendencia. Lo pensamos como una forma de dar a conocer no sólo a la persona sino también parte de su creación, en tanto hemos incluido algunos textos de su autoría. En la lista de quienes aún nos faltaba entrevistar, figuraba Miguel González, a quien conocimos personalmente y sin embargo desconocíamos sus textos –aunque habíamos recibido varios comentarios sobre su buen nivel y permanente superación –.

Cuentan quienes compartieron esos momentos con él, que al presentarse el primer día en el taller, agregó a su nombre la frase: “soy un enfermo terminal”. Pero las fuerzas le alcanzaron igualmente para asistir con entusiasmo durante un buen tiempo, y su excelente calidad humana hizo que se ganara prontamente el cariño y el respeto de todos.

Humilde, amable y servicial para lo que significara ayudar a otro, Miguel González luchó, con igual pujanza, contra su enfermedad y a favor del Taller Horacio Quiroga. Quizás porque allí se sintió contenido y valorado, pero también porque imaginó y deseó, generosamente, lo mejor para sus compañeros.

Nació en Montevideo, el 17 de setiembre de 1955.  Fue alumno de la Escuela Joaquín Mestre y del Liceo Nº10 “Vaz Ferreira”. A los veinte años se casó con Olga Cabrera Méndez, también de Montevideo. Al año siguiente nació su hija Lucresia Poldy y después Mara Alfonsina, en el 83. En 1989 se radica en Bella Unión, para trabajar, como tantos uruguayos, en la industria azucarera. Al jubilarse, en 2008, pasa a residir junto a su esposa en la ciudad de Salto, donde falleció hace 24 días, el 7 de febrero de 2013.

“Sumario”, el cuento que compartimos a continuación, es una muestra de su notable capacidad inventiva y sus grandes condiciones para la narración; y también, que la tragedia truncó un promisorio futuro.

SUMARIO

A veces caen almas del cielo, eso algunos lo sabemos, ¿quizás la fuerza atractiva de la tierra?, dioses vencidos y ángeles caídos, lo confirma y si estos caen, las populares  almas con más razón.

Eso sucedió con Cipriano Casio, cuando en algún lugar del cielo perdió el equilibrio y sus 21 gramos de masa se precipitaron al suelo, viajar por la atmósfera desgasta, un gran asteroide por caer se hace piedra chiquita. Cipriano quedó impalpable, sin poder ser delatado por la luz, poseedor de dos capacidades, imaginar y recordar, temas muy tratados por la teología.

Con estas fortalezas anduvo un buen rato por el mundo hasta que se cansó de no ser nada, solo un ánima, intrascendente como tantas, así que decidió ocupar un cuerpo y ya que podía se daba un gustazo pendiente en vida.

El Comisario Alejandro Agüero, con su discurso de presentación al pueblo Paso Haragán, reciente destino de su carrera policial, subió junto con otras autoridades al escenario improvisado con una chata de camión. Comenzaba a leer cuando inesperadamente rompió las hojas, autoridades y público no notaron el incidente, Agüero que siempre leyó, en esta ocasión inconsciente al suceso habló y habló como nunca, con un original mensaje.

Se esperaba palabras concisas, de honor, de lealtad, para sorpresa de los asistentes, no fue así, con bellísima oratoria los cautivó. El gentío lo escuchaba en silencio, con gestos de aprobación y de felicidad, sus palabras los cubrió a todos como un manto de paz y esperanza.

Regresaron a casa sintiéndose mejores personas, hasta el cura que al principio celoso por el ilustrado lenguaje del policía, caminó lentamente a su parroquia fascinado con quien desde ese día era la máxima autoridad en el Paso.

Alejado del rigor y la austeridad de sentimientos, la noble autoridad de Agüero se impuso con tolerancia y comprensión hacia el prójimo. Por supuesto que tan singular comisario parió un nuevo concepto de comisaría, no sólo cuidaba del orden en la convivencia, sino que también fue aliento y consuelo para ilusiones y olvidos, hasta el edificio comenzó a trasmutar en el imaginario de la gente. Una mezcla: de iglesia, de meca, de sinagoga, fue lugar de reflexión para pobladores y viajeros.

De todo este encantamiento no zafó la selección de fútbol, que última en la tabla, había perdido toda esperanza de hacerse de la copa después de treinta campeonatos.  A solicitud de una comisión de desesperados vecinos y el apoyo unánime de todo el pueblo, el bendito comisario fue su director técnico. A partir de ese día el seleccionado Haragán puso boca  abajo a los otros equipos. La sorpresa fue de tal magnitud que terminó con la carrera de jugadores con futuro en el exterior. Fueron muchas y cumplidas las promesas de: – si ganan los Haraganes no toco más una pelota-.

Con el tiempo los logros de Paso Haragán se fueron apilando, los niños vacunados, ausencia de delitos, las puertas abiertas, ayuda al que no tiene techo, una changa para quien está en la mala. Estadio de felicidad que no pasó desapercibido para los semanarios de la capital con presencia en todo el país, “Iluminados” y “Los de siempre” enviaron a sus mejores periodistas en busca de la verdad. La prensa de opinión logró por primera vez coincidir en los titulares de tapa “El Comisario es un Ángel”. La vida en paz y bondad del pueblo Paso Haragán, alertó al elenco político, los oficialistas conocedores de los pobres recursos dispuestos, sospechaban  de un trabajo socavado de la oposición, estos a su vez, suponían un macro operativo del gobierno para distraer la atención sobre otros temas.

Arribaron expertos, encuestadores, comisiones ministeriales e informantes políticos, todos defensores del bien común, alimentados con ríos de viáticos y honorarios. La situación requería respuestas rápidas, durante días los habitantes respondieron preguntas y repreguntas. El informe final de tres carillas concluía en:

“El grado de satisfacción relevada está muy por encima del guarismo histórico del país. No se encuentran elementos tangibles que lo sustente y no está en concordancia con la felicidad proyectada. Se observa en la población la manifiesta influencia de…”

A Cipriano Casio no le gustó trabajar en una oficina sin ventanas, con compañeros desanimados,  así que abandonó el cuerpo y se fue a seguir recorriendo el mundo.

Miguel González

Salto, 6 de diciembre de 2012