Milagro

Hace años me enteré de un hecho, que hace realidad  el dicho “la fe mueve montañas” y que desconozco si alguna religión ha asumido como suyo. En una chacra del centro de nuestro país habitaba un matrimonio de mediana edad, en tiempos en que era extremadamente difícil desplazarse por la ausencia de medios de transporte, que en este caso se limitaba exclusivamente al caballo. En las cercanías no había vecinos a menos de diez kilómetros y las conversaciones de la pareja se limitaban a las mantenidas con un viejo peón de raza negra (perdón, ahora hay que decir afro-descendiente), que vivía en el galpón y se ocupaba de atender el jardín, además de colaborar en otras tareas que no requirieran demasiada vitalidad. El dueño de casa cuidaba del ganado y en algunas ocasiones debía viajar, pernoctando en el pueblo alejado a varias leguas. Durante más de veinte años la pareja había intentado concebir un hijo, pero la madre naturaleza había negado esa posibilidad a alguno de los dos, aunque nunca perdieron la confianza en conseguirlo. Dicen que quien la sigue la consigue y ya cerca de los cuarenta la mujer quedó embarazada, con la mayor alegría y felicidad de sus vidas. Esperaron nueve meses con la expectativa de haber logrado el mayor regalo del cielo y cuando llegó el momento, con la ayuda de una comadrona que llegó el día anterior a atender el parto, nació un robusto y hermoso varón que les dio la mayor sorpresa de su vida… su piel era como el ébano. Nuestro hombre no llegó siquiera a dudar un momento de su fiel peón viejo y achacoso; aceptando que Dios había tenido en cuenta sus sólidas creencias y les había enviado un hijo al que siempre amarían; recibiéndolo como una prueba más de los milagros que podemos alcanzar cuando tenemos fe sin limitaciones.