Misionera de la Orden de la Madre Teresa que ejerció Voluntariado en Calcuta

“Puedo resumir mis experiencias en Calcuta,
como los momentos más plenos de mi existencia”

“Puedo resumir mis experiencias en Calcuta, como los momentos más plenos de mi existencia”

María Luciana Corbo Castro es una joven que tiene una rica historia de vida y recientemente estuvo brindando un taller en el Colegio y Liceo Sagrada Familia.

Representa a la orden de las Misioneras de la Caridad de la Madre Teresa de Calcuta y estuvo en aquella tierra ejerciendo el voluntariado… un testimonio que habla a gritos por sí mismo…

“Nací en San Carlos, Maldonado, el 15 de agosto del 85.

Tuve una infancia increíble, con una familia hermosa, mis padres y mis hermanos, Evangelina y Agustín, yo soy la menor.luciana001

Aunque en la actualidad tengo una hermana pequeña, Candela, hija de mi padre, ya que mis padres se divorciaron hace años.

A los 19 me vine a Montevideo a estudiar Licenciatura en Enfermería (Nurse), me recibí de enfermera en el 2007, pero un año antes de terminar la carrera dejé.

Tuve una vivencia personal que me paralizó y me hizo sentir que no podía ayudar o llegar a los demás por ese medio.

Ahí comencé un curso de Periodismo que culminé en 2012.

Mi objetivo (un poco soñador) era ayudar, comunicar y llegar a través de la difusión.

Y hoy en día continúo convencida de que se puede hacer.

También hice Realización audiovisual, para complementar” – nos cuenta Luciana en el comienzo de su historia personal.

-¿La religiosidad forma parte de su esencia?

-“En nuestra familia nos consideramos católicos, pero a nuestra manera, no somos de ir a misa o visitar muy seguido la iglesia, pero creo, sin duda alguna en mi Dios.

En cambio, por parte de familia paterna, mi abuela y mis tías abuelas siempre fueron muy católicas.

Tengo dos tías abuelas monjas, Luisa y Blanca.

Mi abuela no fue monja únicamente por el deseo de formar una familia, pero se dedicó hasta el día de su muerte a Dios, una capilla que fundó y a los más necesitados”.

-¿Y cómo influyeron esos

ejemplos en su vida?

-“Me crié viendo como ella corría para un lado y para otro intentando solucionar la vida de todos, juntando ropa, organizando ferias, recibiendo gente en su casa para darles de comer… era luminosa.

Y sin embargo siempre decíamos que como abuela era muy fría…hoy creo que tanto dar y tanto amor, no le permitían detenerse uno por uno”.

-¿Cómo se comenzó a gestar en usted el espíritu voluntario?

-“Un domingo almorzando todos juntos, en una mesa con no menos de 20 personas, estaba una de mis tías monjas y comenté, con 15 años que tenía en ese momento, que soñaba con estudiar medicina o enfermería para viajar a África con la Cruz Roja o Médicos Sin Fronteras. Charla va, charla viene, mi tía me dijo que podía viajar como Misionera.

-¿Y su decisión de ir a Calcuta?

-“Siempre he tenido un rincón en mi ser y en mi mente que me hace pensar constantemente en “cómo están en otro lugar del mundo, cómo sobreviven en sitios tan miserables como África, cómo puede ser que yo esté acá haciendo una cosa y otra, viviendo mi vida tranquilamente, mientras miles de niños mueren de hambre o de sed.

Es un cuestionamiento que me acompaña todos los días de mi vida.

Cuando decidí ir a Calcuta, pese al miedo que tenía por ir sola a un sitio tan complicado, sin conocer nada ni a nadie, la fuerza me la daba saber que estaba cumpliendo mi sueño de tantos años, sabía que era un viaje sin retorno”.

-¿Qué valores son esenciales en el ser humano?

-“Los valores son muchos y muy variados.

Los que para mí son fundamentales e inherentes al ser humano, si queremos un mundo mejor, podrían ser: la solidaridad, la generosidad, la honestidad, la bondad, la autenticidad, el respeto, el compromiso, la laboriosidad, la perseverancia, el desarraigo a lo material, el amor al prójimo.

Tal vez me olvidé alguno fundamental…son muchos los aspectos positivos que considero, podemos desarrollar en nosotros”.

LIDIANDO CON EL DOLOR Y RECIBIENDO LA GRATITUD AJENA

En su segundo viaje a Calcuta, le tocó trabajar como enfermera en un dispensario médico de Madre Teresa, el contacto con los enfermos de las calles de Calcuta, fue extremo y muy estrecho.

“Y no hablo de un enfermo como los que estamos habituados a ver, hablo de señores mayores que han vivido 60 años en la calle, desnutridos, sin acceso al agua potable, con sus miembros roídos por las ratas, con las que conviven en las aceras en las que duermen.

Señores a los que al quitarles los vendajes de sus pies, no lloran ni se quejan de dolor, mientras intentas quitarles cientos de gusanos que aparecen y desaparecen dentro de las cavernas que han formado en sus heridas.

Señores con heridas hasta el hueso, que debemos limpiar con esmero, no olvidemos la exposición continua a basurales y mugre que tienen, que sin embargo no emiten palabra y solo te agradecen con reverencia cuando se van.

Cuando vives esto 20 veces al día, todos los días, te das cuenta que hay mucho por hacer, mucho por cambiar”.

El vivir esta experiencia  cambia la cabeza y la vida.

Allá se carece de todo y sin embargo se tiene todo.

El calor que supera los 40º C, la falta de aire acondicionado, las ratas, las cucarachas, las camas incómodas, la mugre, los olores, los ruidos, la superpoblación, nada te quita la paz y la plenitud que brinda la entrega total.

Olvidarte de ti por un minuto y dedicarte sólo al otro, a lo que necesita, a lo que le hace bien.

Puedo resumir mis experiencias en Calcuta, como los momentos más Plenos de mi existencia”.

-Una anécdota especial…

-“Anécdotas hay muchísimas… resumiré alguna.

En el asentamiento donde trabajamos, un día nos invitaron a almorzar a varios voluntarios, como agradecimiento a nuestro trabajo ahí.

Ellos cocinan, lavan y se bañan con agua del río, pero ese día, como cocinaban para nosotros, juntaron dinero entre varias familias y compraron agua.

Además, comen con la mano derecha, no usan cubiertos.

Yo soy zurda, por lo que al intentar comer se me caía todo, la señora que nos cocinó, hizo gestos para auxiliarme, metió su mano en mi plato y comenzó a alimentarme con su mano derecha.

Otra, dos monjas con las que solía trabajar, estaban convencidas que debía ser monja e instalarme allá.

Viajamos tres enfermeros y siete monjas durante una hora en un camión destartalado de los años 60, perteneciente a la organización de Madre Teresa, para poder atender a más de 300 personas en el campo.

En todo el camino las monjas no pararon de rezar ni un minuto.

Cuando llegamos, las personas de las aldeas nos esperaban bajo el sol calcinante, a unos 44 grados con la felicidad con la que un niño abre un regalo de Navidad.

Definitivamente no se puede ser el mismo después de vivir algo así, jamás seré la misma y doy gracias a Dios por eso.

Tener la oportunidad de abrir los ojos de esta forma, de agradecer la vida y amar con total entrega”

-“Una reflexión…”

-“Creo que la realidad de cada uno, es su realidad, por lo tanto es claro que será la más importante.

Vivimos en un país y una realidad social, que nos permite abrir los ojos y nos da la oportunidad de preocuparnos por los demás, ayudar a los demás, no ser tan egoístas y dar un poco de nosotros.

Padecemos miserias que no son materiales, no nos morimos de hambre o sed como en África o India y sin embargo nuestro individualismo a veces muestra lo peor de nosotros.

“Ser Joven” para esta valerosa voluntaria es encontrarse en el momento exacto, perfecto para tomar aquellas decisiones que definen el futuro de cada ser humano. Es la etapa ideal para aprender de nuestras vivencias y sobre todo de nuestros errores.

“Momento perfecto para trabajar nuestra solidaridad…para cambiar el mundo”.

María Fernanda Ferreira







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