Mons, Bodeant presentó las «Fazendas de Esperanza», que buscan la recuperación de jóvenes adictos a las drogas

Monseñor Heriberto Bodeant, Obispo de Melo y Secretario General y Coordinador Pastoral de la Conferencia Episcopal del Uruguay, estuvo esta semana en nuestra ciudad para presentar las «Fazendas de Esperanza», comunidades terapéuticas que tienen el objetivo de recuperar a jóvenes adictos a las drogas.
- ¿Qué es la Fazenda de la Esperanza?
– Es una comunidad terapéutica que nace en Brasil hace 32 años en el Municipio de Guaratinguetá en San Pablo. MonsBodeantEmpieza como una búsqueda de respuesta a la realidad de jóvenes que se drogaban. Un joven de aquella época, Nelson Giovannelli, veía todos los días en una esquina cerca de su casa a un grupo de adictos. Inquieto por hacer algo por ellos y sin saber muy bien qué hacer, habló con su párroco, un franciscano, Hans Stapel, y entre los dos fueron pensando qué cosa podían hacer. Entonces, poquito a poco fueron configurando un método, una propuesta de recuperación que hoy está muy consolidada y que se propone en más de cien casas, las Fazendas de la Esperanza, la mayor parte masculina pero también hay una rama femenina. La propuesta está basada en tres pilares, convivencia, trabajo y espiritualidad.
Convivencia, porque los muchachos que están en recuperación se van ayudando unos a otros, van acompañándose en ese proceso de un año, al que se ingresa voluntariamente. Aquellos que ya han dado algunos pasos pueden realmente ayudar a los que empiezan para poder superar esas primeras etapas.
Trabajo, porque el trabajo reestructura la vida y además, apunta también a la responsabilidad por el propio sustento. Hacerse cargo de la propia vida significa ganarse el pan. Las Fazendas grandes que ya están establecidas hace muchos años son centros de producción donde verdaderamente se autosustentan. Las nuestras recién empiezan…
- ¿Hay dos en Uruguay?
– Así es. Las dos que están en Uruguay son la Fazenda Quo Vadis, que está en Cerro Chato, y la Fazenda femenina Betania, que está en Melo. Están en sus comienzos y van tendiendo de a poco a esa autosustentación.
- ¿Cuántos jóvenes estarían atendidos en estas Fazendas?
– En la Fazenda masculina, en este momento hay 12 muchachos, tiene la posibilidad de recibir algunos más en el futuro pero hoy la casa tiene esa capacidad. Las Fazendas son una red, de modo que muchas veces, aunque no haya lugar en una casa, el ingreso es posible porque o se hace lugar porque alguien que ya tiene un camino hecho va a otra casa, o a veces se le aconseja a alguien empezar en un lugar no muy cercano a su propio lugar. En este momento en la Fazenda femenina hay cuatro personas que están empezando la casa.
- Respecto a la recuperación de las adicciones, ¿en las Fazendas se brinda tratamiento médico o solo espiritual?
– Son estos tres pilares que explicaba. El de la convivencia, que no es simplemente un hecho de decidir adaptarse sino que la convivencia es parte de la recuperación y parte del método. El trabajo también. Y la espiritualidad es un factor generalmente muy importante porque no es simplemente decir «hay momentos que se reza, hay misa», no, la espiritualidad es algo articulador en la vida de las Fazendas. Incluso jóvenes que llegaron sin ninguna creencia van descubriendo allí que hay algo que los ayuda. Nadie está obligado a creer pero mucha gente va descubriendo y encontrando su propio camino.
No hay tratamiento médico, no se trabaja con medicación. El ingreso supone la aprobación de un psiquiatra, porque será un psiquiatra quien puede determinar si alguien puede hacer este tipo de tratamiento o no. En el caso de alguien que sea un paciente psiquiátrico dentro de algunas dolencias que puedan llevarse adentro de las Fazendas, hay un seguimiento externo del médico.
- ¿La experiencia que se trae desde Brasil demuestra que los jóvenes se recuperan de sus adicciones?
– Si. A ver, aquí hay tres cosas importantes. Primero, dejar de consumir, eso es algo que si alguien lo quiera hacer, con un poco de apoyo y con el ambiente adecuado, en tres meses puede dejar de consumir con cierto riesgo de recaer pero no fatal. Un año es el tiempo que la Fazenda propone para algo más, para un cambio y replanteo de su vida. «¿Por qué empecé a consumir? ¿Qué es lo que me falta? ¿Qué es el vacío que tengo? ¿Qué es lo que realmente le puede dar sentido a mi vida?», eso es lo que uno escucha cuando uno ve a los que tienen sus procesos ya encaminados a los siete u ocho meses, cuando se produce un cambio en la perspectiva de la vida. Hay un cambio de mirada sobre sí mismo.
Escuchaba el testimonio de Gastón que tiene siete meses (en la Fazenda de Cerro Chato), «yo antes era un personaje, vivía permanentemente representando lo que yo pretendía ser. Ahora me siento el que soy. No soy ningún genio pero tampoco soy un desastre como podía pensar. Me he encontrado conmigo mismo y ahora si soy dueño de mi vida y no cuando antes yo creía que era el que podía hacer lo que quería y no importaba nada».
El tercer aspecto -luego del cambio de vida, que es el segundo aspecto-, es el tema de permanecer en ese cambio de vida, es decir, la no reincidencia. Ese es el logro tal vez más importante de la Fazenda.
- ¿Qué papel juega la familia en la recuperación del joven? Le pregunto porque por lo general lo que empuja al joven a la adicción es el contexto, y si se recupera en la Fazenda y luego retorna a ese contexto o entorno que lo llevó a la adicción, puede caber la posibilidad de la reincidencia.
– Hay un trabajo paralelo con la familia, pero cada uno es una historia y cada familia es un mundo completamente distinto, pero puedo hablar de cosas que he visto, de experiencias puntuales. Hay familias que no cometieron errores notables que empujaran a que el joven consumiera, a veces está más en alguien que fue haciendo su propia vida, su propio camino aunque la familia fue siendo un poquito condescendiente, no era una familia que no amara a su hijo, que no le prestara atención o una familia descompuesta con vínculos rotos, porque es lo que uno podría llegar a pensar que es lo que provoca la adicción, y no, es misterioso por qué alguien se hace adicto. Lo que la familia tendría que revisar son algunas actitudes y cuál es la mejor forma de acompañar.
Entonces, si la familia ha acompañado el ingreso, hay un primer tiempo de trabajo con la familia antes que pueda haber un primer reencuentro. La familia se comunica por carta los primeros tres meses hasta que después de hecho ese camino del joven, que pasó los primeros tres meses, que es un tiempo bastante decisivo, porque si el joven decide seguir después de tres meses es porque ha entrado en la propuesta. Si no simplemente dejó de consumir y dice, «ya me puedo ir». Entonces, él decide seguir a los tres meses, la familia también ha hecho su camino y está preparada para ese encuentro para restablecer una confianza. Ese reencuentro es realmente muy fuerte, yo lo he visto. Y el reencuentro final, cuando lo reciben al término del año, todos quedamos siempre muy pero muy emocionados porque sentimos una cosa enormemente fuerte allí.
Me acuerdo de un muchacho de Cerrito de la Victoria de Montevideo que terminó en Cerro Chato, que cuando le di el diploma me dijo, «esta es la primera vez que yo termino algo en mi vida, es el primer diploma que recibo» (se emociona)…
- Es como una caricia…
– Un abrazo fuerte.
- En su carácter de secretario de la Conferencia Episcopal del Uruguay aprovecho para consultarle cómo se encuentra la Iglesia Católica con un Papa latinoamericano y que además tuviese el gesto de nombrar Cardenal a Monseñor Sturla.
– Hay muchas maneras en que uno puede mirar a la Iglesia en el Uruguay. Es cierto que todo esto nos ha dado cierto destaque que tiene que ver un poco también con esta manera del Uruguay de ir emergiendo en otros aspectos, aparecer más ante el mundo. Siendo nosotros un país donde la Iglesia no tiene particularmente una fuerza o una incidencia alta, desde luego para nosotros todas estas cosas son estimulantes, significativas. Sobre todo el Papa Francisco, como Papa latinoamericano, a los Obispos uruguayos nos ha hecho reencontrar con muchas cosas que para nosotros son familiares. A los Obispos, a los sacerdotes, a los fieles, nos ha hecho reencontrar con muchos aspectos de la Pastoral latinoamericana, pero también poniéndonos frente al desafío de una revitalización, de una vuelta a los orígenes, es decir, una vuelta al espíritu del Evangelio. Destaco sobre todo la insistencia del Papa Francisco en la misericordia como una clave fundamental para entender a Dios, al mundo y para entender a la Iglesia.
Este año de la misericordia que él ha convocado para comenzar el 8 de diciembre de este año, es un elemento como la tónica de su pontificado. Él dijo una vez, la misericordia cambia al mundo. Claro, uno de repente dice la palabra misericordia y suena a una cosa un poco descolgada, como una cuestión espiritual que eventualmente no tiene consecuencias prácticas, pero cuando uno se acerca al pensamiento del Papa Francisco, empieza a ver que todos sus planteos de vía espiritual son motores, son motivadores. Hace poco, el 1º de setiembre, el Papa convocó a una jornada mundial de oración por el cuidado de la Creación. Bueno, mucha gente podría haber dicho, «qué lindo que recen, y después, ¿qué pasa con eso?». En su carta el Papa decía, buscamos en la tradición espiritual de la Iglesia la fuerza motivadora para nuestro compromiso por el cuidado de la Creación. Es decir, la oración es vivir yendo a aquel que es la fuerza, la luz, la sabiduría, aquel que puede mover nuestra vida, que puede llevarnos a un cambio de vida. Cuando él habla del año de la misericordia nos recuerda las siete obras de misericordia espiritual y las siete obras de misericordia corporal, que son muy concretas -vestir al desnudo, alimentar al que tiene hambre, dar refugio al que está sin techo- y cómo nos comprometemos a esas cosas.
La Fazenda de la Esperanza de la que veníamos hablando, es una de esas expresiones de misericordia, y no simplemente de una misericordia un poquito paternalista de decir, «estos pobres muchachitos le damos un lugar donde ellos puedan cambiar un poco y dejar todo eso tan feo».
No, no. Esta es una propuesta fuerte de cambio de vida para quienes ingresan y también para quienes nos acercamos pensando que vamos a ayudar y descubrimos cuánta ayuda nosotros también necesitamos.