No más niños en la cárcel

Los derechos humanos son algo inherente a la personalidad humana y deben ser respetados siempre. Desde que se nace hasta que se muere, en todos los aspectos. Para esto se necesita un país que respete el Estado de Derecho a cabalidad, no solo en algunos aspectos, donde hablar de derechos humanos refiere a alguna cosa en particular, como la violación de los derechos de las personas durante una dictadura y listo. Sino que éstos siempre están vigentes mientras la persona vive, respira, actúa y se desempeña.
Desde hace mucho tiempo y sin ánimo de ser reiterativo, he escrito en éstas páginas la gravísima situación de que 11 5 15 076haya niños pequeños conviviendo con sus madres en las cárceles, si bien los mismos están bajo el cuidado de éstas, aprenden y conviven con códigos carcelarios, porque respiran ese ambiente y los aprehenden en su mente, llevan consigo el resto de su vida lo aprehendido y es un peligro potencial para ellos mismos el hecho de tener el antecedente de haber convivido uno o más años en un centro de reclusión.
Es lastimoso como ese horror se exhibe públicamente y cuando uno cruza por la calle Defensa, detrás del estadio Vispo Mari y sigue por esa arteria hasta el final, pasa por la puerta del centro penitenciario local. Desde allí puede observar con claridad a las mujeres que están tras las rejas con sus hijos jugando en un patio, como si estuvieran en el jardín de infantes, solo que con medidas de seguridad que dan miedo, sobre todo a los niños claro está, los que viven su vida detrás de un cerco perimetral y a pocos metros en una caseta de seguridad, hay un guardia armado vigilándolos. Todo esto en pleno Siglo XXI y en un país que se jacta de estar a la vanguardia en los derechos sociales y en el respeto a los derechos humanos en el mundo.
Es lamentable que siendo Uruguay un país reconocido en el mundo entero por su democracia, su abultada y moderna legislación que comprende a todos los sectores de la sociedad, sus instituciones estables y sólidas, sus movimientos sociales libres e independientes, su prensa libre y sus relaciones humanas y de mercado con libertad y protección estatal, permita que exista la barbarie de que un niño de 1, 2, 3 ó 4 años de edad, que recién se está formando a la vida y que está empezando a ver el mundo, que aprende de todo su entorno y de todos los que tiene a su alrededor, deba convivir en una cárcel, detrás de un cerco perimetral y con un guardia con un arma que los vigila, no específicamente a ellos, pero sí que sus madres no se fuguen, algo que incluso no se ha dado hasta ahora, pero deben hacerlo porque están obligados por su función de guardias.
Entonces cuando uno pasa por la calle Defensa del barrio Williams, a plena luz del día y ve esas imágenes no dejan de ser impactantes. Ya las había visto tiempo atrás cuando incluso hice un informe periodístico denunciando esta situación y exigiéndole a quienes eran nuestros representantes en el parlamento, que dieran un revés definitivo a este asunto, que se pusieran de acuerdo para elaborar una ley que involucrara al organismo estatal encargado de velar por el Interés Superior del Niño y el Adolescente, que es el INAU, pero que también implicara el Ministerio de Desarrollo Social, al BPS, al Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, al Ministerio de Economía, al Ministerio de Educación y Cultura, a la Intendencia de Salto, a Salto Grande y a todos los organismos que quisieran recoger el guante para ayudar a terminar con esta situación, para darles protección a esos niños mientras sus madres están presas.
Porque en definitiva, se trata de nuestros niños, de los niños del Uruguay, de los que mañana serán adolescentes y que deberán cargar sobre sus hombros con la vida que les dieron y que nosotros en tanto uruguayos todos, permitimos que así sucediera, por pensar estúpidamente que “así es el sistema, que qué le vamos a hacer”, pensamiento pueril y trivial si los hay y que pinta de cuerpo entero a quienes lo repiten, y que además muestran su negligencia, omisión, ineptitud y holgazanería al no querer hacer nada para cambiar esa situación.
Esta situación me hace acordar a cuando una vez comprobé in situ que había una adolescente de 14 años de edad, a plena tarde, ejerciendo la prostitución en la calle y cuando consulté al jefe de Policía de la época, me dijo con total desparpajo que en Salto “no había casos de prostitución de menores porque a él no le había llegado ninguna denuncia”. Y así estamos, cuando uno habla con el INAU, te llora que no tiene recursos, ni tampoco cabeza como para hincarle el diente a estas cosas porque de tanta miseria humana que ve en los niños abandonados que junta y deposita en algunos lados, ya están hechos de hielo. Como si yo no me conmoviera cada vez que veo una desgracia y encima tengo que ir a cubrirla para narrar la crónica, algo que se hace a corazón partido cuando la misma es grande y sobre todo si involucra a niños.
Por esa misma razón hoy escribo estas líneas, volví a concurrir como lo hago desde el año 2000 en forma ininterrumpida a la cárcel local, hoy con varios cambios respecto a aquellas épocas, lo que no puedo afirmar que es mejor o peor, porque así como ha cambiado la política carcelaria en estos años, también ha cambiado la modalidad delictiva, los códigos carcelarios, el perfil de la población reclusa y los delitos que cometen, lo que viene de la mano con los cambios sustantivos que se han visto de los valores de la sociedad.
Cuando vi a esos niños abrazar a sus madres porque éstas salían llorando, lógicamente tristes, cuando los dos ministros de la Suprema Corte de Justicia, Ricardo Pérez Manrique y Felipe Hounié, les negaban la libertad en la instancia de la visita anual de cárceles, cumplida el lunes pasado en Salto, me rompió el alma y me hizo sentir que no estaba viviendo en Uruguay, sino que me retrotraje a un período dictatorial o a alguna época nauseabunda de la historia de la humanidad.
Es cierto que esa señora estaba presa por haber cometido un delito, pero puedo asegurar que estar más de un año presa por vender drogas para solventar el hogar, porque ese fue el “trabajo” en el que la dejó caer el imbécil del padre de la criatura, para poder borrarse y dejar que ella mantenga al niño solo, es suficiente castigo para ambos, sobre todo para el niño, en comparación con algunos despreciables que salieron ese mismo día en libertad luego de haber sido acusados de golpear ferozmente a sus respectivas mujeres.
Y por más que el denominado Centro de Rehabilitación haya cambiado su política y tenga a funcionarios civiles que le brindan contención y un trato adecuado a los internos, bajo una dirección que a ojos vista manifiesta interés en que la cosa funcione, el hecho de que no tengan el apoyo de las instituciones y organismos estatales para apoyar en serio a recuperar esas vidas, pero sobre todo a esos niños, es muy grave.
Porque luego, cuando crezcan, ojalá que no, pero si son protagonistas de alguna fechoría, seremos los primeros en criticarlos, hostigarlos y pedir la cabeza de ellos, cuando en definitiva los principales responsables de que ellos hayan crecido en la escuela del delito, hemos sido todos por no exigir a las autoridades que actúen ahora y eliminen ese perverso sistema vigente en Uruguay.
Ojalá que las autoridades se ocuparan del problema, algo que dudo mucho, pero de igual forma lo grito a los cuatro vientos, porque siento la responsabilidad de hacerlo y también de exigirle al gobierno que antes de jactarse de haber evolucionado tanto en derechos y libertades para la población, evolucione poniéndole fin a esta lamentable, triste y grave situación, como es no hacerse cargo de los niños cuyas madres están presas y que por no tener dónde vivir, terminan presos como ellas. Y encima nosotros después, andamos pidiendo que los lleven presos.

Hugo Lemos