Nosotros somos el problema

Quizás sea más fácil mirar para el costado cuando él te habla, darle una moneda cuando la pide, tomarlo por una persona con desidia y pensar que por tener un trastorno no podemos tomar en serio todo lo que nos dice, o lisa y llanamente no darle pelota porque uno tiene sus problemas y también tiene que revolverse todos los días para lidiar con el mundo y poder soportar el chaparrón para salir adelante.
Es posible que eso sea mucho más fácil, como ponerse a pensar: ‘qué más da’, se trata de un tema más que este sistema no puede resolver. Pero ¿acaso él es una víctima más de la desidia del sistema que nosotros mismos amparamos con nuestro silencio? Posiblemente sí.  Pero cuando él está ahí, susurrando que su vida corre peligro, que se siente solo y desamparado porque después que murió su madre, nadie más en este mundo lo mira con cariño, pese a ser parte de una comunidad de la que se supone que muchos nos sentimos orgullosos de pertenecer porque ha sabido dar muestras de solidaridad cuando las papas queman, es casi una contradicción que su situación sea real.
Daniel es un hombre que debe andar por los treinta y pico de edad, pero su aspecto traduce quizás diez años más. Es bajo, con sobrepeso, una calvicie incipiente y anda deambulando por las calles hablando todo el tiempo del problema que tiene.
Lo conozco desde que éramos adolescentes, porque es contemporáneo de mi época liceal, por las diferencias con las que nació no estuvimos en la misma clase, pero sí se alistaba para correr en las clases de gimnasia junto a nosotros en los patios del Liceo Ipoll, y los profesores lo trataban como a uno más permitiéndole sumarse al grupo, enseñándonos a nosotros implícitamente valores claves como la inclusión y la igualdad.
Quien siempre estaba a su lado y lo buscaba era su madre, que andaba con él como su leal compañero, aunque todos sabíamos que ambos se cuidaban mutuamente. Estaban siempre juntos y que más allá de sus condiciones, él era su orgullo, por traer desde la cuna la bondad de hijo que muchas madres tienen la suerte de tener en los suyos.
Seguramente su realidad actual no era querida por esa mujer que tanto lo cuidó y bregó por él durante todas las horas que estuvo a su lado, hasta que la biología le dijo basta y terminó su tránsito por este mundo. Él siente su falta, su presencia y su compañía. Pero sobre todo su cariño, su regaño del bueno, su amor de madre, su abrazo, su mano al caminar por la calle, el orgullo de su mamá por tenerlo de hijo.
Daniel no tiene amigos, no tiene familia, no tiene a nadie que le preste un cuidado. No cuenta con una barra que lo espere a la salida del trabajo para ir a tomar una cerveza, una novia a la que le haga mimos en el zaguán, un tío que le pregunte qué comió hoy o alguien que le pregunte cómo estuvo su día. Sin dudas, que eso le gustaría y le hace falta. Él también tiene gustos y otras cosas de las que no quiere saber nada.
Pero en él la protección del Estado es un chiste. Una burla, o mejor dicho, una falta de respeto, un atropello a sus derechos humanos, ya que él también los tiene al igual que todos los desaparecidos de la última dictadura que son los únicos que reconoce este Gobierno con derechos humanos, porque parece que el resto de los ciudadanos que vivimos actualmente en este país de primera, podemos ser avasallados por el Estado, el mismo que se pasa por cualquier lado derechos tan caros como la presunción de inocencia y la necesidad de ser oídos por las instituciones que están para servirnos.
Él grita a los cuatro vientos que está en la calle porque desde que murió su madre, alguien muy cercano a él cobra la miserable pensión que el Estado le paga para sobrevivir por el despreciable concepto de “pensión por incapacidad”, y se la quita totalmente sin darle un solo peso, echándolo a la calle a revolverse como pueda, sin preocuparse por absolutamente nada de lo que pueda estar sucediéndole.
Cuando me lo contó me pidió por favor que hiciera algo. Se lo comenté a un jerarca policial de inmediato y éste me respondió muy burocráticamente, que ésta persona concurra a hacer una denuncia. Pero al contestarle que él teme por su vida, el funcionario volvió a decirme que solo con una denuncia podían actuar, de lo contrario no podían hacer nada.
Un día, cuando nos volvimos a cruzar con esta víctima de la vida y de la que todos nosotros nos hacemos cómplices por no mover un dedo, justo pasaba una de las juezas de Familia y Violencia Doméstica que actualmente reviste funciones en Salto. La paré, le planteo el problema, ella pensó, dudó, me dijo que hablara con el juez penal, luego volvió a decirme que en realidad era un “caso difícil” y que “no sabía darme una respuesta”.
Así las cosas, los días pasan, la situación subsiste, el drama aumenta, Daniel sigue sufriendo, el sistema lo sigue negando, mira para otro lado y no se hace cargo, y mantiene un silencio que lo hace cómplice de un problema que le pertenece en absoluto. Pero como no sabe qué hacer, deja que ésta víctima pueda llegar a ser una estadística más en las listas más lamentables que tenemos en el país, entonces harán una campaña publicitaria instando a la población a no hacer cosas como éstas, a no ejercer la violencia doméstica, a no golpear a nadie ni a robar, ni a matar, ¿pero cómo la gente va a tomar conciencia si el Estado no lo hace?
¿Cuánta gente como Daniel vive un drama a diario donde su vida corre peligro y el Estado hace oídos sordos, hasta que el drama se convierte en tragedia y aún así no da la respuesta correcta?
Esperemos que alguno de los que tenga que hacer las cosas como corresponde, tome cartas en el asunto y que luego de leer esto, ya no sea demasiado tarde para actuar, porque casos como éste ocurren a diario y si los uruguayos, con tanta institución pública creada y tantos funcionarios colocados para prestar servicios no ponen las barbas en remojo, no exigimos que trabajen y hagan las cosas que tienen que hacer para parar las injusticias y los dramas evitables, tenemos que darnos cuenta que entonces las cosas están mal porque nosotros, con nuestra desidia somos el problema.

Quizás sea más fácil mirar para el costado cuando él te habla, darle una moneda cuando la pide, tomarlo por una persona con desidia y pensar que por tener un trastorno no podemos tomar en serio todo lo que nos dice, o lisa y llanamente no darle pelota porque uno tiene sus problemas y también tiene que revolverse todos los días para lidiar con el mundo y poder soportar el chaparrón para salir adelante.

Es posible que eso sea mucho más fácil, como ponerse a pensar: ‘qué más da’, se trata de un tema más que este sistema nodesidia puede resolver. Pero ¿acaso él es una víctima más de la desidia del sistema que nosotros mismos amparamos con nuestro silencio? Posiblemente sí.  Pero cuando él está ahí, susurrando que su vida corre peligro, que se siente solo y desamparado porque después que murió su madre, nadie más en este mundo lo mira con cariño, pese a ser parte de una comunidad de la que se supone que muchos nos sentimos orgullosos de pertenecer porque ha sabido dar muestras de solidaridad cuando las papas queman, es casi una contradicción que su situación sea real.

Daniel es un hombre que debe andar por los treinta y pico de edad, pero su aspecto traduce quizás diez años más. Es bajo, con sobrepeso, una calvicie incipiente y anda deambulando por las calles hablando todo el tiempo del problema que tiene.

Lo conozco desde que éramos adolescentes, porque es contemporáneo de mi época liceal, por las diferencias con las que nació no estuvimos en la misma clase, pero sí se alistaba para correr en las clases de gimnasia junto a nosotros en los patios del Liceo Ipoll, y los profesores lo trataban como a uno más permitiéndole sumarse al grupo, enseñándonos a nosotros implícitamente valores claves como la inclusión y la igualdad.

Quien siempre estaba a su lado y lo buscaba era su madre, que andaba con él como su leal compañero, aunque todos sabíamos que ambos se cuidaban mutuamente. Estaban siempre juntos y que más allá de sus condiciones, él era su orgullo, por traer desde la cuna la bondad de hijo que muchas madres tienen la suerte de tener en los suyos.

Seguramente su realidad actual no era querida por esa mujer que tanto lo cuidó y bregó por él durante todas las horas que estuvo a su lado, hasta que la biología le dijo basta y terminó su tránsito por este mundo. Él siente su falta, su presencia y su compañía. Pero sobre todo su cariño, su regaño del bueno, su amor de madre, su abrazo, su mano al caminar por la calle, el orgullo de su mamá por tenerlo de hijo.

Daniel no tiene amigos, no tiene familia, no tiene a nadie que le preste un cuidado. No cuenta con una barra que lo espere a la salida del trabajo para ir a tomar una cerveza, una novia a la que le haga mimos en el zaguán, un tío que le pregunte qué comió hoy o alguien que le pregunte cómo estuvo su día. Sin dudas, que eso le gustaría y le hace falta. Él también tiene gustos y otras cosas de las que no quiere saber nada.

Pero en él la protección del Estado es un chiste. Una burla, o mejor dicho, una falta de respeto, un atropello a sus derechos humanos, ya que él también los tiene al igual que todos los desaparecidos de la última dictadura que son los únicos que reconoce este Gobierno con derechos humanos, porque parece que el resto de los ciudadanos que vivimos actualmente en este país de primera, podemos ser avasallados por el Estado, el mismo que se pasa por cualquier lado derechos tan caros como la presunción de inocencia y la necesidad de ser oídos por las instituciones que están para servirnos.

Él grita a los cuatro vientos que está en la calle porque desde que murió su madre, alguien muy cercano a él cobra la miserable pensión que el Estado le paga para sobrevivir por el despreciable concepto de “pensión por incapacidad”, y se la quita totalmente sin darle un solo peso, echándolo a la calle a revolverse como pueda, sin preocuparse por absolutamente nada de lo que pueda estar sucediéndole.

Cuando me lo contó me pidió por favor que hiciera algo. Se lo comenté a un jerarca policial de inmediato y éste me respondió muy burocráticamente, que ésta persona concurra a hacer una denuncia. Pero al contestarle que él teme por su vida, el funcionario volvió a decirme que solo con una denuncia podían actuar, de lo contrario no podían hacer nada.

Un día, cuando nos volvimos a cruzar con esta víctima de la vida y de la que todos nosotros nos hacemos cómplices por no mover un dedo, justo pasaba una de las juezas de Familia y Violencia Doméstica que actualmente reviste funciones en Salto. La paré, le planteo el problema, ella pensó, dudó, me dijo que hablara con el juez penal, luego volvió a decirme que en realidad era un “caso difícil” y que “no sabía darme una respuesta”.

Así las cosas, los días pasan, la situación subsiste, el drama aumenta, Daniel sigue sufriendo, el sistema lo sigue negando, mira para otro lado y no se hace cargo, y mantiene un silencio que lo hace cómplice de un problema que le pertenece en absoluto. Pero como no sabe qué hacer, deja que ésta víctima pueda llegar a ser una estadística más en las listas más lamentables que tenemos en el país, entonces harán una campaña publicitaria instando a la población a no hacer cosas como éstas, a no ejercer la violencia doméstica, a no golpear a nadie ni a robar, ni a matar, ¿pero cómo la gente va a tomar conciencia si el Estado no lo hace?

¿Cuánta gente como Daniel vive un drama a diario donde su vida corre peligro y el Estado hace oídos sordos, hasta que el drama se convierte en tragedia y aún así no da la respuesta correcta?

Esperemos que alguno de los que tenga que hacer las cosas como corresponde, tome cartas en el asunto y que luego de leer esto, ya no sea demasiado tarde para actuar, porque casos como éste ocurren a diario y si los uruguayos, con tanta institución pública creada y tantos funcionarios colocados para prestar servicios no ponen las barbas en remojo, no exigimos que trabajen y hagan las cosas que tienen que hacer para parar las injusticias y los dramas evitables, tenemos que darnos cuenta que entonces las cosas están mal porque nosotros, con nuestra desidia somos el problema.