Novedades editoriales

Dos libros ha publicado en estos días la Editorial Banda Oriental: “La mujer que se fue a caballo y otros relatos”, del inglés David Herbert Lawrence (1885-1930) y “Poemas escogidos”, del uruguayo Humberto Megget. El primero es parte ahora de la “Colección Lectores” y presenta el formato habitual de la misma, 21.5 x 13 cm., en tanto que el segundo pasa a integrar la “Biblioteca básica de autores uruguayos”, colección que en formato más pequeño, 19 x 11 cm, también ya es un clásico de esta editorial.

«La mujer que se fue a caballo», de D. H. Lawrence

En un total de 160 páginas, el libro contiene el relato “La mujer que se fue a caballo”, junto a “El oficial prusiano” y “El hombre que murió” (estos dos últimos de menor extensión que el primero), así como un prólogo a cargo de Jorge Albístur.
D.H. Lawrence es autor de una extensa obra, la que incluye no sólo narrativa (tanto cuentos como novelas) sino también poemas, obras teatrales, libros de viajes, crítica de arte, etc. La deshumanización a la que va siendo arrastrado el hombre en la modernidad (tema recurrente y con mucha fuerza en el arte del siglo XX) es uno de sus temas fundamentales, que lo lleva, al mismo tiempo, a la reflexión sobre asuntos tales como la salud y la sexualidad. Algunas de sus creaciones resultaron escandalosas para la época, y hasta fueron censuradas, sobre todo debido “a su valoración de la vida humana desde lo instintivo y lo erótico”, como explica Albístur.
“Las tres novelas breves reunidas en este volumen bastarán para revelar la complejidad de sus textos, mucho más ricos que la denuncia de una sociedad hipócrita o la proclamación de la libertad moral. Es cierto que el comienzo de La mujer que se fue a caballo (A woman who rode away) asoma a un matrimonio del que ya resta sólo un vínculo formal y vacío. Ella se casó soñando una aventura. Él, aunque la admiraba y hasta sentía pasión por ella, aunque era tan celoso de su mujer como de su mina de plata, siempre siguió siendo íntimamente soltero. Lo inquietaba y atraía cierta extraña inaccesibilidad de su mujer. La lejanía no era fruto de otra cosa sino de la exaltación que había en su pecho: un deseo de hallar la vida verdadera no demasiado diferente del que arrastra a otras mujeres de Lawrence a consumar el deseo sin medir consecuencias. El relato puede leerse como un buen ejemplo de la literatura sobre sitios y culturas exóticas, pues esta mujer insatisfecha se interna en una comunidad indígena de México. Pero se está muy lejos del libro de viajes del europeo sin ocupación precisa y más o menos curioso. Estas páginas ofrecen la imagen de un mundo mágico, ordenado en subordinación a fuerzas cósmicas. La socorrida y tranquilizadora razón de las sociedades occidentales deja paso al hechizo de un tiempo detenido en el misterio. Vida y muerte dialogan en un continuo que se instala en los seres, para trascenderlos de cualquier viveza limitada. El desnudo y el sexo cobran significaciones asombrosas y la pequeña novela muestra hasta dónde maneja Lawrence, con ejemplar habilidad, las tensiones internas del relato”.

En un total de 160 páginas, el libro contiene el relato “La mujer que se fue a caballo”, junto a “El oficial prusiano” y “El hombre que murió” (estos dos últimos de menor extensión que el primero), así como un prólogo a cargo de Jorge Albístur.

D.H. Lawrence es autor de una extensa obra, la que incluye no sólo narrativa (tanto cuentos como novelas) sino también poemas, obras teatrales, libros de viajes, crítica de arte, etc. La deshumanización a la que va siendo arrastrado el hombre en la modernidad (tema recurrente y con mucha fuerza en el arte del siglo XX) es uno de sus temas fundamentales, que lo lleva, al mismo tiempo, a la reflexión sobre asuntos tales como la salud y la sexualidad. Algunas de sus creaciones resultaron escandalosas para la época, y hasta fueron censuradas, sobre todo debido “a su valoración de la vida humana desde lo instintivo y lo erótico”, como explica Albístur.

“Las tres novelas breves reunidas en este volumen bastarán para revelar la complejidad de sus textos, mucho más ricos que la denuncia de una sociedad hipócrita o la proclamación de la libertad moral. Es cierto que el comienzo de La mujer que se fue a caballo (A woman who rode away) asoma a un matrimonio del que ya resta sólo un vínculo formal y vacío. Ella se casó soñando una aventura. Él, aunque la admiraba y hasta sentía pasión por ella, aunque era tan celoso de su mujer como de su mina de plata, siempre siguió siendo íntimamente soltero. Lo inquietaba y atraía cierta extraña inaccesibilidad de su mujer. La lejanía no era fruto de otra cosa sino de la exaltación que había en su pecho: un deseo de hallar la vida verdadera no demasiado diferente del que arrastra a otras mujeres de Lawrence a consumar el deseo sin medir consecuencias. El relato puede leerse como un buen ejemplo de la literatura sobre sitios y culturas exóticas, pues esta mujer insatisfecha se interna en una comunidad indígena de México. Pero se está muy lejos del libro de viajes del europeo sin ocupación precisa y más o menos curioso. Estas páginas ofrecen la imagen de un mundo mágico, ordenado en subordinación a fuerzas cósmicas. La socorrida y tranquilizadora razón de las sociedades occidentales deja paso al hechizo de un tiempo detenido en el misterio. Vida y muerte dialogan en un continuo que se instala en los seres, para trascenderlos de cualquier viveza limitada. El desnudo y el sexo cobran significaciones asombrosas y la pequeña novela muestra hasta dónde maneja Lawrence, con ejemplar habilidad, las tensiones internas del relato”.

Poemas escogidos de Humberto Megget
Treinta y seis poemas, más un texto en prosa titulado “Esquema para una conferencia”, integran el volumen – de 64 páginas- y fueron seleccionados por Pablo Rocca, quien además es autor del prólogo y de dos entrevistas que cierran el libro: a Juan Fló y a Manuel Aguiar Barrios, entrañables amigos de Humberto Megget.
Nacido en Paysandú en 1926, Megget vivió sólo 25 años. Pero dejó una obra poética perdurable, de notables valores líricos, que se fue reconociendo con el paso de los años, porque en vida fue un poeta completamente ignorado.
“En su breve vida Megget fue ignorado hasta por los de su edad. No obstante, como en el Novecientos Julio Herrera y Reissig, o en los veintes Juan Parra del Riego, Megget fue en la década del cuarenta uno de los principales responsables en la renovación de la poesía rioplatense. Por lo mismo, en Uruguay su literatura pasó de la periferia al centro. (…) Los intérpretes nacionales del llamado “canto popular” no han dejado de divulgar sus textos (Eduardo Darnauchans, Héctor Numa Moraes, Dino, Luis Trochón, entre otros). Su obra importa, además, como una firme correa de transmisión con la poesía de las nuevas generaciones, si bien fuera de fronteras no alcanzó aún la repercusión que merece. Un solo quinquenio fue suficiente para que Megget experimentara el vértigo de algunos deslumbramientos que marcarían los sesenta y tantos poemas escritos con entrega y pasión absolutas” (Fragmento del prólogo de Pablo Rocca).
Un poema, sin título, que integra el volumen recientemente publicado:
Poniendo el deseo de tu boca en los juncos
yo tendí mi balsa
la había hecho del madero más fino
la había unido con cuantos besos tú me habías dado
y la entregué al agua
la entregué sin antes poner mi cuerpo dentro
y entre los juncos viendo salir tus dedos
tomé de cada una de tus manos uno
y lo usé como remo
me llevaste a una velocidad de ave
y me recostaste en una gracia de bruma humedecida
yo navegué mucho tiempo en la laguna
navegué tiempo de mármol
y tiempo de arena
recosté mil veces mis espaldas en los maderos
acariciados por tus senos
y esperé rodeado
que mi balsa se convirtiera en tu cuerpo.
Humberto Megget