Padre Mateo Méndez: Los violentos tienen cura

Luego de un fugaz paso por la función pública, el padre Mateo volvió a sus raíces y encabeza un proyecto con adolescentes en Las Piedras.
Tiene recuerdos vagos de su infancia en San Gregorio de Polanco junto a sus once hermanos. Pero lo primero que surge en su memoria es la imagen de una cocina muy grande en la que, a la hora del almuerzo, siempre había lugar para uno más. Le enseñaron desde muy chiquito que había que repartir la comida entre todos y que eso no era nada heroico, sino simplemente lo correcto.
Aquella idea lo marcó a fuego y con el correr de los años fue consolidando una vocación de dedicar su vida a los que él le llama «los abandonados». A sus 70 años, Mateo Méndez se levanta todos los días buscando hacer llegar algo de afecto a los jóvenes que nunca lo tuvieron. Lo ha hecho durante décadas. Espera de ese modo mostrarles una alternativa y evitar que caigan en la delincuencia.
Se le infla el pecho al hablar de los numerosos casos de adolescentes que lograron evitar la tentación del dinero fácil y se hicieron un camino trabajando o estudiando. Pero también cuenta las perdidas. Hay otros jóvenes a los que intentó ayudar junto a su equipo pero fracasó, y hoy están presos o muertos. Intenta analizar con sentido autocrítico qué fue lo que falló, pero a veces no encuentra respuesta. «Esto no es matemática», dice.
Entre 1988 y 2000, este cura salesiano estuvo al frente del Movimiento Tacurú, en Montevideo. Allí trabajó con jóvenes a los que guiaba a encaminar sus estudios y a obtener herramientas laborales. Un convenio con la Intendencia permitió a varios jóvenes trabajar en el barrido de calles y a Mateo le quedaron grabados algunos comentarios que escuchó de los vecinos. Valoraban verlos con escobillón y pala en mano, en vez del porro y la botella de vino. Cumplió una etapa en Tacurú, armó su bolso y se fue a Rivera. La forestación estaba creciendo en la zona y pensó que esa actividad podía dar oportunidades. Mantuvo reuniones con empresarios y ofreció trabajo a cambio de capacitación. Un total de 34 jóvenes participaron del proyecto laboral. La consigna era que ellos cobraban 50% del dinero acordado durante la tarea y recibían la mitad restante únicamente si completaban el ciclo. Sólo dos quedaron por el camino.
En 2008, Mateo recibió la oferta de pasar al otro lado del mostrador y llevar su experiencia en el ámbito público. El presidente Tabaré Vázquez le propuso asumir la dirección del Instituto Técnico de Rehabilitación Juvenil (Interj), la dependencia oficial de reclusión de delincuentes menores de edad. Ahora esa dependencia lleva como nombre Sistema de Responsabilidad Penal Adolescente (Sirpa) pero, aunque la sigla cambió, algunos problemas se mantienen o están peor.
Un cura al frente de una institución estatal sonaba removedor, pero luego de pensarlo mucho decidió aceptar. Duró apenas seis meses en el cargo. Al comunicar su renuncia habló de un sistema «perverso», con «mucho de enfermo» y de «corrupción».
«Uno se hacía la pregunta, y me la sigo haciendo hoy, si la preocupación de la institución son de veras los adolescentes privados de libertad», dijo a El Observador en la entrevista realizada el miércoles 5 de agosto, el mismo día en que se difundió un video en el que un grupo de funcionarios reducía con violencia a jóvenes presos en el INAU. La opinión de Mateo fue consultada por varios medios en los días siguientes. Subrayado, El País y El Espectador, entre otros, lo consultaron, y mostró su indignación. «Creemos que hay otros métodos, que deberían generar en el adolescente expectativas de cambio», declaró a canal 10.
A su juicio, es necesario un radical golpe de timón en el sistema de reclusión juvenil.
En el diálogo con El Observador, recordó algunos pilares de su proyecto, como por ejemplo que los adolescentes trabajaran en chacras en los enormes terrenos que tiene la Colonia Berro. Al momento de salir, si se comprobaba que había habido una mejora en el comportamiento, los reclusos recibirían dinero por el trabajo realizado plantando diferentes tipos de verduras.
El objetivo era que valoraran lo que podían recibir en buena ley. Pero, a su vez, la intención era evitar que delinquieran apenas salían, cuando se encontraban de nuevo en la calle sin dinero ni oportunidades, dijo.
El cura cuestiona las iniciativas de endurecimiento de penas que surgen en el sistema político y advierte que no conducen a nada.
A las raíces
Luego de su fugaz paso por la función pública, Mateo decidió volver al trabajo con jóvenes pero a nivel micro. Como párroco de la iglesia de Las Piedras, comenzó hace cinco años a recorrer la zona y observar las necesidades. Una rápida mirada por el centro de la ciudad canaria permitía ver a decenas de adolescentes de 14 ó 15 años en la calle hasta la madrugada, manoteando carteras o billeteras. La decisión fue buscar un espacio donde pudieran estar lejos de las tentaciones de la calle. Mateo visitó inmuebles para alquilar y el dueño de una casa se mostró interesado. Pero cuando se enteró que era para recibir a estos adolescentes cambió de planes. «Drogadictos y delincuentes, no», le dijo el propietario. Surgió la chance de un galpón con un gran portón hacia la calle.
«La gente cierra una puerta, pero Dios abre un portón», pensó Mateo. Así comenzó el proyecto Minga, una iniciativa con adolescentes de 14 años en adelante. Al principio eran nueve, hoy son 45. Allí se reúnen, hacen los deberes y preparan los exámenes junto a un grupo de docentes voluntarios y trabajadores sociales.
También juegan al fútbol, miran partidos por televisión y pasan el rato. Los más grandes están comenzando a tener alguna experiencia laboral, a través de un acuerdo con el municipio de Las Piedras. Se dedican a la recuperación de contenedores dañados.
El padre Mateo habla con orgullo del proyecto y dice que cada adolescente que ahora está intentando hacer los deberes en el Minga, es un delincuente menos en las calles.
«Hicimos lo posible para mostrar cosas diferentes»
El fugaz pasaje por la función pública le dejó el sabor amargo de no encontrar voluntad para innovar y dejar de repetir recetas que, a su juicio, no funcionan. «Creemos que hicimos todo lo posible para mostrar que hay cosas que pueden ser diferentes. La relación nuestra con los jóvenes era otra. No predominaba el grito ni el insulto, sino el tiempo para charlar. Ese tipo de cosas son posibles. Pero lo que se trata es que haya gente que quiera hacer esto y pensar con cabezas y miradas nuevas», dijo el padre Mateo a El Observador.
En materia de cambios, el cura opinó que es indispensable que la atención de los adolescentes quede por fuera del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU). Pero, a su vez, planteó que es necesario debatir la posibilidad de ir un paso más allá, y abandonar el monopolio estatal en la atención de los menores infractores y habilitar a privados a realizar esa tarea.
«Viene otra vez este». Esa era una frase que Mateo escuchaba con frecuencia por parte de los funcionarios cuando veían entrar a jóvenes que habían estado recluidos antes. Al párroco le llamaba la atención que nunca escuchaba una autocrítica por parte de los trabajadores. A su juicio, que el adolescente haya reincidido luego de estar recluido debía dar lugar a que el funcionario se preguntara qué es lo que hizo mal, por qué el sistema no logró mostrarle otra alternativa de vida a ese joven. Pero aquello brillaba por su ausencia.
Fuente: Observa.com.uy