Para una biografía intelectual

(Por Carina Blixen, publicado el viernes 28 de marzo en el suplemento Cultural de El País)

Leila Guerriero (1967), escritora y periodista, eligió los ensayos y el título del libro sin hacer ninguna aclaración de criterios y motivos. Hace una «operación» de intervención en el pensamiento de Sarlo: de la secuencia de artículos surge el diseño de una formación. Logra un libro compacto, que se lee muy bien como unidad aunque provenga de ensayos para la prensa, de textos preparados para una conferencia, un catálogo o un libro de homenaje. No sigue un orden cronológico sino que organiza el conjunto en torno a grandes figuras formadoras: Roland Barthes, Walter Benjamin, Jorge Luis Borges, Susan Sontag. Los trabajos de Sarlo, así dispuestos, trazan un mapa intelectual en el que esos nombres son los puntos fuertes que organizan a su vez constelaciones de otros escritores y pensadores, los problemas que los preocuparon y las maneras de enfrentarlos, su incidencia en circunstancias históricas que se precisan.
El título del libro también parece recortado de uno de los artículos de Sarlo sobre Barthes («Plan de operaciones para enamorados», Perfil, 2011) en el que se refiere a los seminarios realizados entre 1974 y 1976 sobre El discurso amoroso. El artículo es una pieza clave por su título, porque liga el discurso a lo secreto y porque establece la necesidad de tener en cuenta la «inscripción biográfica» no solo para los autores de ficción. Sarlo establece que «un hilo biográfico, cuyo misterio no se devela, une a Barthes con el discurso amoroso, como probablemente hubo líneas que lo unieron a casi todos sus textos». En espejo, lo mismo puede plantearse para Sarlo y sus ensayos que, sin abundar, no esconden su relación con el itinerario personal de la autora. Sarlo no se cuenta a sí misma, pero no niega la incidencia de su subjetividad y sus opciones en aquello que analiza.
La lectura del pensamiento de Sarlo a partir de textos, circunscritos en cada caso a un acontecimiento editorial o cultural, es fiel a una modalidad persistente en su desarrollo intelectual que tiene que ver con escribir para incidir en el presente (en la prensa o en otras formas disponibles) y con una opción de un orden diferente pero que alimenta muy bien esa disposición para lo actual: la pasión por el detalle, por precisar historias, coincidencias, desavenencias entre actores y acontecimientos del mundo cultural y del mundo a secas.
DERROTERO
En términos generales, Sarlo rescata fundamentalmente al Barthes de Mitologías, en lucha contra el sentido común (la Doxa) que percibe como naturales, y así inevitables, acontecimientos y caracteres que son producto de la historia y construidos por la cultura. Explica que la operación de colocar «a la lingüística como modelo de su empresa semiológica» implica «poner constantemente en duda la naturalidad del signo». Para Barthes la lengua no es instrumento de comunicación, es algo más, y es en ese plus en donde se juega la política del signo. Barthes desmonta también toda pretensión cientificista de la crítica al señalar que cada crítico construye su verosímil.
Desde uno de los títulos postula la imposibilidad de realizar una biografía de Barthes, pero traza algunos momentos importantes que anudan la peripecia vital y el descubrimiento intelectual. Recupera el deslumbramiento por Brecht que permite a Barthes, frente a la racionalidad francesa, entregarse a la «materialidad de las formas» y valorar «la importancia decisiva del espectáculo». Explica la importancia de su crítica en la década del setenta pues fue capaz de reunir «en un mismo acto la estrategia de las vanguardias con el proyecto de una liquidación intelectual del orden estético de la burguesía».
Sarlo dice que Barthes «es arborescente pero nunca enciclopédico» y que su genialidad reside en que método y escritura no se diferencian. Plantea algunos rasgos de su estilo: «Nada más lejos de Barthes que el movimiento de probar; nada más ajeno que el paso a paso de la demostración. Sin embargo, cada cita, cada comentario y cada observación lateral son intensamente persuasivos». El ensayismo de Sarlo no repite esa prescindencia de la estructura argumental del razonamiento; toma de Barthes el amor por lo concreto al mismo tiempo en que afila un discurso consistente y sostenido en una lógica de la prueba.
El tránsito de Barthes a Benjamin está planteado a través de la crítica al libro de Rolf Wiggershaus, La Escuela de Fráncfort (2010). El artículo «Un atlas de la teoría crítica» oficia de «atlas» de la asimilación teórica de Sarlo. Era necesario ese análisis de lo que considera una «gran biografía intelectual colectiva» porque es sustancial la impronta marxista y crítica en su pensamiento. Sarlo, siguiendo a Wiggershaus, traza los recorridos singulares de sus integrantes. Los francfortianos (Horkheimer, Adorno, Marcuse) «son un mosaico, pero los unía una tarea común que hoy ya podemos definir (sin olvidar, por supuesto, el proyecto de Sartre) como el último gran capítulo de la dialéctica, el último capítulo posible del marxismo filosófico».
Walter Benjamin «es el lado abierto de la Escuela de Frankfurt que mantuvo con él relaciones tensas»: escribe Sarlo en el ensayo siguiente («Apuntes e impresiones»). No lo señala, pero se podría decir de Benjamin, como dice de Barthes, que en él método y escritura son indiscernibles. Además de la influencia de Brecht y el interés por el tema de la moda, el francés y el alemán comparten la pasión por el detalle aunque la mirada de Benjamin sea tal vez «más microscópica». Sarlo puntualiza que «más que la celebración del fragmento, Benjamin experimenta la desdicha de lo inconcluso inevitable» y que «fue un buscador obsesivo de restos y de fuentes».
Abre la perspectiva al lado argentino y establece un paralelismo entre las notas de costumbres de Benjamin y las observaciones de viaje de Roberto Arlt. Encuentra en los dos «la férrea persuasión de la imagen» que actúa más allá del razonamiento. Resulta evidente la relación entre la percepción de este rasgo y la propia mirada de Sarlo en algunas de sus obras: Escena de la vida posmoderna (1994), Instantáneas (1996), La ciudad vista (2009).
Revisa la correspondencia entre Gretel Adorno y Walter Benjamin, publicada por Eterna Cadencia en 2011. Las cartas son la lectura ideal para descubrir los «gérmenes» de un pensamiento. Estas crean una situación de lectura emocionada al volver presentes los sueños de una comunidad de amigos proyectada en el trabajo juntos con el trasfondo de un aniquilamiento que entonces solo se esbozaba.
La bisagra entre Benjamin y Borges se realiza a través del análisis de la cuidad como territorio cultural y filosófico. Centrada en el libro de Carl E. Schorske, Fin-de-siècle Vienna. Politics and Culture (1980), Sarlo incorpora a su reflexión Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982), de Marshall Berman, para cartografiar el momento en que «la investigación o el ensayo literario consideraban ciudad y modernidad estética en un mismo movimiento». Puntualiza que en sentido contrario al presente, en los ochenta «la ciudad estaba de moda»: vivir en la ciudad era un derecho y una posibilidad.

Leila Guerriero (1967), escritora y periodista, eligió los ensayos y el título del libro sin hacer ninguna aclaración de criterios y motivos. Hace una «operación» de intervención en el pensamiento de Sarlo: de la secuencia de artículos surge el diseño de una formación. Logra un libro compacto, que se lee muy bien como unidad aunque provenga de ensayos para la prensa, de textosSarlo por Ombú preparados para una conferencia, un catálogo o un libro de homenaje. No sigue un orden cronológico sino que organiza el conjunto en torno a grandes figuras formadoras: Roland Barthes, Walter Benjamin, Jorge Luis Borges, Susan Sontag. Los trabajos de Sarlo, así dispuestos, trazan un mapa intelectual en el que esos nombres son los puntos fuertes que organizan a su vez constelaciones de otros escritores y pensadores, los problemas que los preocuparon y las maneras de enfrentarlos, su incidencia en circunstancias históricas que se precisan.

El título del libro también parece recortado de uno de los artículos de Sarlo sobre Barthes («Plan de operaciones para enamorados», Perfil, 2011) en el que se refiere a los seminarios realizados entre 1974 y 1976 sobre El discurso amoroso. El artículo es una pieza clave por su título, porque liga el discurso a lo secreto y porque establece la necesidad de tener en cuenta la «inscripción biográfica» no solo para los autores de ficción. Sarlo establece que «un hilo biográfico, cuyo misterio no se devela, une a Barthes con el discurso amoroso, como probablemente hubo líneas que lo unieron a casi todos sus textos». En espejo, lo mismo puede plantearse para Sarlo y sus ensayos que, sin abundar, no esconden su relación con el itinerario personal de la autora. Sarlo no se cuenta a sí misma, pero no niega la incidencia de su subjetividad y sus opciones en aquello que analiza.

La lectura del pensamiento de Sarlo a partir de textos, circunscritos en cada caso a un acontecimiento editorial o cultural, es fiel a una modalidad persistente en su desarrollo intelectual que tiene que ver con escribir para incidir en el presente (en la prensa o en otras formas disponibles) y con una opción de un orden diferente pero que alimenta muy bien esa disposición para lo actual: la pasión por el detalle, por precisar historias, coincidencias, desavenencias entre actores y acontecimientos del mundo cultural y del mundo a secas.

DERROTERO

En términos generales, Sarlo rescata fundamentalmente al Barthes de Mitologías, en lucha contra el sentido común (la Doxa) que percibe como naturales, y así inevitables, acontecimientos y caracteres que son producto de la historia y construidos por la cultura. Explica que la operación de colocar «a la lingüística como modelo de su empresa semiológica» implica «poner constantemente en duda la naturalidad del signo». Para Barthes la lengua no es instrumento de comunicación, es algo más, y es en ese plus en donde se juega la política del signo. Barthes desmonta también toda pretensión cientificista de la crítica al señalar que cada crítico construye su verosímil.

Desde uno de los títulos postula la imposibilidad de realizar una biografía de Barthes, pero traza algunos momentos importantes que anudan la peripecia vital y el descubrimiento intelectual. Recupera el deslumbramiento por Brecht que permite a Barthes, frente a la racionalidad francesa, entregarse a la «materialidad de las formas» y valorar «la importancia decisiva del espectáculo». Explica la importancia de su crítica en la década del setenta pues fue capaz de reunir «en un mismo acto la estrategia de las vanguardias con el proyecto de una liquidación intelectual del orden estético de la burguesía».

Sarlo dice que Barthes «es arborescente pero nunca enciclopédico» y que su genialidad reside en que método y escritura no se diferencian. Plantea algunos rasgos de su estilo: «Nada más lejos de Barthes que el movimiento de probar; nada más ajeno que el paso a paso de la demostración. Sin embargo, cada cita, cada comentario y cada observación lateral son intensamente persuasivos». El ensayismo de Sarlo no repite esa prescindencia de la estructura argumental del razonamiento; toma de Barthes el amor por lo concreto al mismo tiempo en que afila un discurso consistente y sostenido en una lógica de la prueba.

El tránsito de Barthes a Benjamin está planteado a través de la crítica al libro de Rolf Wiggershaus, La Escuela de Fráncfort (2010). El artículo «Un atlas de la teoría crítica» oficia de «atlas» de la asimilación teórica de Sarlo. Era necesario ese análisis de lo que considera una «gran biografía intelectual colectiva» porque es sustancial la impronta marxista y crítica en su pensamiento. Sarlo, siguiendo a Wiggershaus, traza los recorridos singulares de sus integrantes. Los francfortianos (Horkheimer, Adorno, Marcuse) «son un mosaico, pero los unía una tarea común que hoy ya podemos definir (sin olvidar, por supuesto, el proyecto de Sartre) como el último gran capítulo de la dialéctica, el último capítulo posible del marxismo filosófico».

Walter Benjamin «es el lado abierto de la Escuela de Frankfurt que mantuvo con él relaciones tensas»: escribe Sarlo en el ensayo siguiente («Apuntes e impresiones»). No lo señala, pero se podría decir de Benjamin, como dice de Barthes, que en él método y escritura son indiscernibles. Además de la influencia de Brecht y el interés por el tema de la moda, el francés y el alemán comparten la pasión por el detalle aunque la mirada de Benjamin sea tal vez «más microscópica». Sarlo puntualiza que «más que la celebración del fragmento, Benjamin experimenta la desdicha de lo inconcluso inevitable» y que «fue un buscador obsesivo de restos y de fuentes».

Abre la perspectiva al lado argentino y establece un paralelismo entre las notas de costumbres de Benjamin y las observaciones de viaje de Roberto Arlt. Encuentra en los dos «la férrea persuasión de la imagen» que actúa más allá del razonamiento. Resulta evidente la relación entre la percepción de este rasgo y la propia mirada de Sarlo en algunas de sus obras: Escena de la vida posmoderna (1994), Instantáneas (1996), La ciudad vista (2009).

Revisa la correspondencia entre Gretel Adorno y Walter Benjamin, publicada por Eterna Cadencia en 2011. Las cartas son la lectura ideal para descubrir los «gérmenes» de un pensamiento. Estas crean una situación de lectura emocionada al volver presentes los sueños de una comunidad de amigos proyectada en el trabajo juntos con el trasfondo de un aniquilamiento que entonces solo se esbozaba.

La bisagra entre Benjamin y Borges se realiza a través del análisis de la cuidad como territorio cultural y filosófico. Centrada en el libro de Carl E. Schorske, Fin-de-siècle Vienna. Politics and Culture (1980), Sarlo incorpora a su reflexión Todo lo sólido se desvanece en el aire (1982), de Marshall Berman, para cartografiar el momento en que «la investigación o el ensayo literario consideraban ciudad y modernidad estética en un mismo movimiento». Puntualiza que en sentido contrario al presente, en los ochenta «la ciudad estaba de moda»: vivir en la ciudad era un derecho y una posibilidad.







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