Piano, piano, si va lontano…

Cuando escribo estas líneas sé muy bien que probablemente tenga tantas personas que compartan la forma de pensar como tantos otros que la rechacen.
De todas formas, creo que lo mejor de una comunidad es el respeto a las ideas, es poner en práctica la tolerancia y la libertad de expresión y es por eso que me animo a volcar las mías hoy en estas columnas.
Es que me gustaría que en Salto no hubiera malabaristas en las esquinas, que no hubiera personas dedicadas a cuidar vehículos pasando el día entero en las calles muchas veces.
Que la juventud no optara por desfigurar su cuerpo, pinturrajéandose y realizándose tatuajes que honestamente hablan muy mal del concepto que se puede tener del cuerpo humano como templo del espíritu.
Sé que sobre todo, el mundo joven en buena parte piensa diferente, tengo muestras de ello en mi propia familia. Admito que piensan diferente en este sentido y creen que personalmente respondo a otros tiempos, a otra generación que hoy ya no tiene  mucha cabida porque ha quedado obsoleta.
No soy de los que creen que toda época anterior fue mejor. No, toda época tiene sus virtudes y defectos, sus ventajas y desventajas, porque quienes convierten en buena o mala a una época, a una comunidad incluso o un país, es la gente, las personas que la integran o conviven y en toda época han habido y probablemente seguirá habiendo buenos y malos, solidarios y de los otros…
No ignoro los adelantos en materia científica y tecnológica que hoy nos asombran. De todas maneras entiendo que cuando el hombre pierde el señorío sobre los objetos o los servicios incluso, deja de ser una persona para convertirse en una pieza más de una maquinaria a veces maquiavélica.
Este es el punto.
Cuando veo a las personas “metidas” en sus máquinas de alta tecnología, en sus computadoras portátiles, en sus celulares de última generación, aspirando a tener todo lo que les dé “estatus” y provoque admiración entre sus pares, nos causa una profunda pena.
¡Cuántas cosas han quedado de lado!
¡Cuánto de sano y de natural tenían el mundo de quienes hoy peinamos canas!
Por suerte sigue habiendo jóvenes que tienen las cosas claras, que no se dejan dominar por las tecnologías ni deslumbrar por las luces de colores que proliferan desde tantos lugares.
Cada vez admiramos más la sentencia escuchada de algunos curas italianos, que tanto han dado a nuestro terruño, quienes repetían hasta el cansancio “piano, piano, si va  lontano…”
Siempre y cuando se tenga claro el camino y la forma de caminar, agregaríamos.
Alberto Rodríguez Díaz
Cuando escribo estas líneas sé muy bien que probablemente tenga tantas personas que compartan la forma de pensar como tantos otros que la rechacen.
De todas formas, creo que lo mejor de una comunidad es el respeto a las ideas, es poner en práctica la tolerancia y la libertad de expresión y es por eso que me animo a volcar las mías hoy en estas columnas.
Es que me gustaría que en Salto no hubiera malabaristas en las esquinas, que no hubiera personas dedicadas a cuidar vehículos pasando el día entero en las calles muchas veces.
Que la juventud no optara por desfigurar su cuerpo, pinturrajéandose y realizándose tatuajes que honestamente hablan muy mal del concepto que se puede tener del cuerpo humano como templo del espíritu.
Sé que sobre todo, el mundo joven en buena parte piensa diferente, tengo muestras de ello en mi propia familia. Admito que piensan diferente en este sentido y creen que personalmente respondo a otros tiempos, a otra generación que hoy ya no tiene  mucha cabida porque ha quedado obsoleta.
No soy de los que creen que toda época anterior fue mejor. No, toda época tiene sus virtudes y defectos, sus ventajas y desventajas, porque quienes convierten en buena o mala a una época, a una comunidad incluso o un país, es la gente, las personas que la integran o conviven y en toda época han habido y probablemente seguirá habiendo buenos y malos, solidarios y de los otros…
No ignoro los adelantos en materia científica y tecnológica que hoy nos asombran. De todas maneras entiendo que cuando el hombre pierde el señorío sobre los objetos o los servicios incluso, deja de ser una persona para convertirse en una pieza más de una maquinaria a veces maquiavélica.
Este es el punto.
Cuando veo a las personas “metidas” en sus máquinas de alta tecnología, en sus computadoras portátiles, en sus celulares de última generación, aspirando a tener todo lo que les dé “estatus” y provoque admiración entre sus pares, nos causa una profunda pena.
¡Cuántas cosas han quedado de lado!
¡Cuánto de sano y de natural tenían el mundo de quienes hoy peinamos canas!
Por suerte sigue habiendo jóvenes que tienen las cosas claras, que no se dejan dominar por las tecnologías ni deslumbrar por las luces de colores que proliferan desde tantos lugares.
Cada vez admiramos más la sentencia escuchada de algunos curas italianos, que tanto han dado a nuestro terruño, quienes repetían hasta el cansancio “piano, piano, si va  lontano…”
Siempre y cuando se tenga claro el camino y la forma de caminar, agregaríamos.
Alberto Rodríguez Díaz