Por fin se fue

Algo que todavía no pude superar, pese a que pasó todo un año y la cosa sigue, es tener que escuchar a la gente que habla por teléfono celular a los gritos. No solo porque te hacen saber de qué están hablando y encima con quién están hablando, sino que a veces tenés que escuchar cada cosa, que te dan ganas de hacerles gesto de no tengo porqué soportarte.
Era lunes por la mañana, ya por el hecho de serlo uno pone cara de pocos amigos porque tiene que empezar la semana. Más allá de que éstas dos últimas son semanas muy especiales, donde uno recuerda mucha gente, y siente el calor de la Navidad por donde realmente pasa, por el valor de la unidad familiar, y también por sentir al otro, al que no ve, pero que sabe que está cerca, por más que se pase cantando “lloran las rosas” porque le hacen recordarlo más allá de que esté acá o en el viejo mundo, como escuché a alguien hacerlo hace poco y vi que entre lágrimas mezclaba una sonrisa, y eso me hizo latir el corazón más rápido, porque las fiestas pasaban por el recuerdo, la emoción y ese sentimiento de amor que ayuda a opacar tanta vorágine consumista en la que estamos inmersos por esta época.
Pero allende los sentimentalismos, ese lunes me tuve que subir a un ómnibus repleto de gente casi hasta la puerta. El chofer, apenas miraba por el espejo retrovisor y ya ni pedía que se corrieran “un pasito más atrás”, porque entre el calor que comenzaba a anunciar los 42 grados de la tarde y el malhumor del uruguayo promedio por el mero hecho de tener que ir a trabajar un lunes previo a la Navidad, el conductor podía recibir una respuesta que seguramente no sería un movimiento hacia el lado que él solicitaba, sino alguna apreciación sobre su persona, que mejor no recibirla, porque para qué íbamos a romper con el espíritu navideño.
Entonces me paré al lado de una mujer, que me golpeaba con su cartera y me incrustaba el codo en la espalda y yo sacaba pecho como para evitar la tortura. Pero lo peor era que ese codo levantado era porque su mano llevaba un teléfono celular a su oído, que ella sí lo tendría sano, pero el resto de los que estábamos a su lado salimos taladrados, porque debimos soportar sus cuestionamientos hacia una hermana suya de nombre Giovana (o Yovana, por cómo la nombraba en forma reiterada haciendo énfasis en la ye) que al parecer tiene un bebé de pocos meses al que le preocupaba que hacía fiebre alta y el médico no le encontraba más que un malestar de época.
Está bien que la desconfianza en los médicos es algo que impera y que ha llegado a niveles donde, si bien en esta profesión pagan justos por pecadores, es muy usual que cuando uno va a la consulta y un galeno te dice que hay sol, mejor salir a asegurarnos que no es de noche, porque capaz después no la podemos arreglar con nada.
Aunque también está en la responsabilidad de cada uno de nosotros de saber cómo cuidamos a nuestros hijos, y de si sospechamos que algo anda mal, consultamos al toque, y si no nos quedamos conformes con los que no dijo el médico, seguimos preguntando y pedimos otras consultas. Pero es algo que prefiero que se converse entre las personas implicadas en el asunto y no con el resto de los pasajeros del coche, que no teníamos porqué enterarnos de qué color eran las heces del bebé, ni cuántas veces devolvió (por ser elegante) la comida que le daba la madre ni por dónde le colgaban las mucosas de la nariz, entre otras cosas que mejor ni acordarme porque mientras escribo esto, estoy tomando mate.
Cuando escucho ese tipo de cosas, en el transporte público, donde vamos apretados como borregos, yendo a trabajar, lunes, temprano, cerca de las fiestas, donde todo es color y alegría, me pregunto, en un mundo donde hay tanta tecnología y si los equipos que portan la misma vienen cada vez con mayor nivel de sofisticación, orientados obviamente a gente inteligente que sepa manejarlos, ¿por qué no emplean esa inteligencia para tener modales, ser más reservados, más discretos y comentar temas tan importantes y profundos como el tono del color de la materia fecal de un bebé (llamémosle caca) en un momento que ese tipo de cosas no lleguen a los oídos de los demás.
Porque encima de tener que enterarnos con lujo de detalles qué clase de ropa se iba a comprar para salir en Navidad, cuándo fue que percibió el aguinaldo y lo poco que le dieron de comer en la fiesta de despedida de su trabajo, tuve que enterarme con lujo de detalles de cada momento de descompensación de su pequeño sobrino. Que dicho sea de paso, ojalá haya mejorado y además no se entere que quien al parecer era su tía, ventiló todos los detalles de su intimidad con tan pocos meses de vida, sin mediar su consentimiento. Eso demuestra que a los chicos no los respetan.
Pero, “peor está Campiani”, es la nueva frase del momento, en referencia al ex director de Pluna que marchó preso por estafa, luego de mandarle a ANCAP varios cheques sin fondo para que le dieran combustible a los aviones y éstos pudieran volar, hasta que sus mismos directores se encargaron de hacerlos aterrizar sin destino próximo y con la incertidumbre de no saber qué harán con ellos.
Aunque este no es el mayor problema, sino que el tema está en que los trabajadores de Pluna siguen en seguro de paro, nosotros todos les seguimos solventando con nuestros impuestos el cobro de ese subsidio, mientras tanto la inflación trepa casi al 9 por ciento, la canasta básica termina el año en 53.449 pesos y la mayoría de los trabajadores de este país ganan menos de la mitad de eso. Pero para el gobierno los números son otros y dicen que cada uruguayo terminó el 2013 ganando 15.700 dólares (seguramente se confundieron y pensaron que salió el Gordo de Fin Año entre todos los res millones de habitantes) y que el nivel de empleo es estable y seguro, aunque no miden que en el bagashopping trabajan cientos de salteños de manera informal, por decir otro dato objetivo de la realidad.
Porque mientras terminamos siendo el “país del año” para la revista británica The Economist y el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, escribe en su columna en el El País de Madrid que somos “un ejemplo” por las reformas liberales que hizo un gobierno que se proclamó de izquierda pero cuyo sistema económico nunca dejó de ser neoliberal, pese a que tanto criticaron ese sistema, y esto con la aprobación de leyes como la del matrimonio homosexual y la regulación estatal del mercado de la marihuana, hay números de pobreza que todavía existen, hay gente sin trabajo o con trabajo precario, hay niños que no comen todos los días y eso queda en el margen del Debe para el gobierno en este 2013 que se va.
El hecho es que mientras pensaba en todo eso, llegamos a la parada que ésta buena mujer tenía como destino y entre que me terminó de pasar el codo por el resto de la espalda y apretarme con su bolso contra el asiento del lado sobre el que tuve que apoyarme y en el que las dos mujeres mayores que estaban sentadas allí, cuya conversación interrumpí con el movimiento abrupto por lo cual me miraron como para acordarse de mi madre y el resto de mi familia, se bajó aún sin quitarse del oído el pequeño aparato desde el cual se escuchaba claramente una voz chillona de alguien que le respondía (y que también tendría problemas de oídos por cómo gritaba), quien le decía que ahora sí la iba a cortar porque el nene se había hecho otra vez, y ahora era verde oscuro. Ojalá haya cosas mejores para el año que viene. Feliz 2014.

Algo que todavía no pude superar, pese a que pasó todo un año y la cosa sigue, es tener que escuchar a la gente que habla por teléfono celular a los gritos. No solo porque te hacen saber de qué están hablando y encima con quién están hablando, sino que a veces tenés que escuchar cada cosa, que te dan ganas de hacerles gesto de no tengo porqué soportarte.

Era lunes por la mañana, ya por el hecho de serlo uno pone cara de pocos amigos porque tiene que empezar la semana. Más allá de que éstas dos últimas son semanas muy especiales, donde uno recuerda mucha gente, y siente el calor de la Navidad por donde realmente pasa, por el valor de la unidad familiar, y también por sentir al otro, al que no ve, pero que sabe que está cerca, por más que se pase cantando “lloran las rosas” porque le hacen recordarlo más allá de que esté acá o en el viejo mundo, como escuché a alguien hacerlo hace poco y vi que entre lágrimas mezclaba una sonrisa, y eso me hizo latir el corazón más rápido, porque las fiestas pasaban por el recuerdo, la emoción y ese sentimiento de amor que ayuda a opacar tanta vorágine consumista en la que estamos inmersos por esta época.

Pero allende los sentimentalismos, ese lunes me tuve que subir a un ómnibus repleto de gente casi hasta la puerta. Elañochofer, apenas miraba por el espejo retrovisor y ya ni pedía que se corrieran “un pasito más atrás”, porque entre el calor que comenzaba a anunciar los 42 grados de la tarde y el malhumor del uruguayo promedio por el mero hecho de tener que ir a trabajar un lunes previo a la Navidad, el conductor podía recibir una respuesta que seguramente no sería un movimiento hacia el lado que él solicitaba, sino alguna apreciación sobre su persona, que mejor no recibirla, porque para qué íbamos a romper con el espíritu navideño.

Entonces me paré al lado de una mujer, que me golpeaba con su cartera y me incrustaba el codo en la espalda y yo sacaba pecho como para evitar la tortura. Pero lo peor era que ese codo levantado era porque su mano llevaba un teléfono celular a su oído, que ella sí lo tendría sano, pero el resto de los que estábamos a su lado salimos taladrados, porque debimos soportar sus cuestionamientos hacia una hermana suya de nombre Giovana (o Yovana, por cómo la nombraba en forma reiterada haciendo énfasis en la ye) que al parecer tiene un bebé de pocos meses al que le preocupaba que hacía fiebre alta y el médico no le encontraba más que un malestar de época.

Está bien que la desconfianza en los médicos es algo que impera y que ha llegado a niveles donde, si bien en esta profesión pagan justos por pecadores, es muy usual que cuando uno va a la consulta y un galeno te dice que hay sol, mejor salir a asegurarnos que no es de noche, porque capaz después no la podemos arreglar con nada.

Aunque también está en la responsabilidad de cada uno de nosotros de saber cómo cuidamos a nuestros hijos, y de si sospechamos que algo anda mal, consultamos al toque, y si no nos quedamos conformes con los que no dijo el médico, seguimos preguntando y pedimos otras consultas. Pero es algo que prefiero que se converse entre las personas implicadas en el asunto y no con el resto de los pasajeros del coche, que no teníamos porqué enterarnos de qué color eran las heces del bebé, ni cuántas veces devolvió (por ser elegante) la comida que le daba la madre ni por dónde le colgaban las mucosas de la nariz, entre otras cosas que mejor ni acordarme porque mientras escribo esto, estoy tomando mate.

Cuando escucho ese tipo de cosas, en el transporte público, donde vamos apretados como borregos, yendo a trabajar, lunes, temprano, cerca de las fiestas, donde todo es color y alegría, me pregunto, en un mundo donde hay tanta tecnología y si los equipos que portan la misma vienen cada vez con mayor nivel de sofisticación, orientados obviamente a gente inteligente que sepa manejarlos, ¿por qué no emplean esa inteligencia para tener modales, ser más reservados, más discretos y comentar temas tan importantes y profundos como el tono del color de la materia fecal de un bebé (llamémosle caca) en un momento que ese tipo de cosas no lleguen a los oídos de los demás.

Porque encima de tener que enterarnos con lujo de detalles qué clase de ropa se iba a comprar para salir en Navidad, cuándo fue que percibió el aguinaldo y lo poco que le dieron de comer en la fiesta de despedida de su trabajo, tuve que enterarme con lujo de detalles de cada momento de descompensación de su pequeño sobrino. Que dicho sea de paso, ojalá haya mejorado y además no se entere que quien al parecer era su tía, ventiló todos los detalles de su intimidad con tan pocos meses de vida, sin mediar su consentimiento. Eso demuestra que a los chicos no los respetan.

Pero, “peor está Campiani”, es la nueva frase del momento, en referencia al ex director de Pluna que marchó preso por estafa, luego de mandarle a ANCAP varios cheques sin fondo para que le dieran combustible a los aviones y éstos pudieran volar, hasta que sus mismos directores se encargaron de hacerlos aterrizar sin destino próximo y con la incertidumbre de no saber qué harán con ellos.

Aunque este no es el mayor problema, sino que el tema está en que los trabajadores de Pluna siguen en seguro de paro, nosotros todos les seguimos solventando con nuestros impuestos el cobro de ese subsidio, mientras tanto la inflación trepa casi al 9 por ciento, la canasta básica termina el año en 53.449 pesos y la mayoría de los trabajadores de este país ganan menos de la mitad de eso. Pero para el gobierno los números son otros y dicen que cada uruguayo terminó el 2013 ganando 15.700 dólares (seguramente se confundieron y pensaron que salió el Gordo de Fin Año entre todos los res millones de habitantes) y que el nivel de empleo es estable y seguro, aunque no miden que en el bagashopping trabajan cientos de salteños de manera informal, por decir otro dato objetivo de la realidad.

Porque mientras terminamos siendo el “país del año” para la revista británica The Economist y el Premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, escribe en su columna en el El País de Madrid que somos “un ejemplo” por las reformas liberales que hizo un gobierno que se proclamó de izquierda pero cuyo sistema económico nunca dejó de ser neoliberal, pese a que tanto criticaron ese sistema, y esto con la aprobación de leyes como la del matrimonio homosexual y la regulación estatal del mercado de la marihuana, hay números de pobreza que todavía existen, hay gente sin trabajo o con trabajo precario, hay niños que no comen todos los días y eso queda en el margen del Debe para el gobierno en este 2013 que se va.

El hecho es que mientras pensaba en todo eso, llegamos a la parada que ésta buena mujer tenía como destino y entre que me terminó de pasar el codo por el resto de la espalda y apretarme con su bolso contra el asiento del lado sobre el que tuve que apoyarme y en el que las dos mujeres mayores que estaban sentadas allí, cuya conversación interrumpí con el movimiento abrupto por lo cual me miraron como para acordarse de mi madre y el resto de mi familia, se bajó aún sin quitarse del oído el pequeño aparato desde el cual se escuchaba claramente una voz chillona de alguien que le respondía (y que también tendría problemas de oídos por cómo gritaba), quien le decía que ahora sí la iba a cortar porque el nene se había hecho otra vez, y ahora era verde oscuro. Ojalá haya cosas mejores para el año que viene. Feliz 2014.







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